La vida desobediente de Jesús Montiel

Reseñar un libro como Sucederá la flor, de Jesús Montiel, es un ejercicio complicado. El hecho de que conozca al autor no ayuda, pero no es eso; tratar de ofrecer unas líneas de las cuales se pueda desprender la decisión de comprar o no este libro no tiene mucho sentido. Esta obra no es literatura. Recordemos aquel aforismo que aparecía en Notas a pie de instante (2018): «Una ventana sin árboles se parece a un escritor que solo escribe literatura». Esta obra duele, como la vida misma. No evade ni adoctrina. Es un prisma trasparente; una ventana a la realidad de un hombre que vive como puede la enfermedad de su hijo. Es un libro bello, por supuesto, pero por lo que nos deja ver, no por lo que es. En él, hasta el lirismo y la profusión metafórica a la que acostumbra Montiel colaboran con la claridad: no emborronan ni escarchan sino que dilucidan, aclaran y ajustan la lente a las dioptrias del lector.

Decía que reseñar este libro es complejo puesto que hacer glosa de lo real, de la carne que palpita, como si fuera literatura tiene algo de frívolo, de absurdo. Sin embargo, haré un esfuerzo.

Jesús Montiel Sucederá la flor

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Lo que encontramos en este relato es un versión más contenida y ya matizada por el tiempo de aquella misma esencia que había en el poemario La puerta entornada (2015).  Así, Sucederá la flor es el susurro amable de un padre que le cuenta a su hijo, ya sano, ya recuperado de la leucemia, cómo aquel tiempo en el hospital le reordenó las entrañas y los sentires. Y a su vez, es también la oración de alguien que trata de hacerse tonto, de desbaratar las torres de la inteligencia para entender el dolor, la enfermedad en el inocente y el densísimo abismo de la muerte.

Este libro, aun con su delicadeza y sensibilidad, es la constatación de que la vida desobedece y camina indiferente a nuestras exigencias. Nada de lo que aparece en él es noticiable. Todo es pequeño y aparentemente insignificante. Es su mirada la que ilumina los rincones de la realidad y la que halla asideros en las grietas del dolor.

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Durante la presentación del libro en Madrid, Jesús Montiel contó cómo la experiencia de la enfermedad de su hijo había cambiado su sentir religioso, su manera de entender a Dios. Dejó de ver a Dios en el templo y en la ortodoxia para aprender a sentirlo en el coleteo de un gorrión, en la sonrisa de un niño enfermo. Dios como una presencia salvaje a la que hay que dar gracias y contra la que hay que combatir. «Sobre nosotros el cielo era una silla desocupada», escribe unas líneas después de enterarse de que su hijo tiene leucemia.

Aquellos comentarios me obligan a recordar la vida de León Felipe, concretamente el episodio en el que le llevan preso a Santander por unas deudas que tenía sin pagar. Allí, el camino por el que iba andando hacia Dios se torció. Sufrió una transformación del espíritu -así lo llama su biógrafo Luis Rius- en la que Dios se liberó de los grilletes del dogma para convertirse en un bien mostrenco, en una figura a la que se podía increpar, imprecar y también, de vez en cuando, alabar. Recuerdo esto y pienso que la enfermedad, la propia o la de un ser amado, también es una forma de encarcelamiento y que la experiencia del dolor lo desafía todo.

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En el libro se cuenta una anéctoda de la que el autor echa mano con cierta recurrencia en sus presentaciones y entrevistas. Se trata de la historia de un amigo suyo que se ordenó cartujo en Miraflores y con el que se reencontró después de que éste hubiera hecho el voto de silencio. Aquel tiempo sin hablar, le dijo cuando se vieron de nuevo, le había permitido darse cuenta de la cantidad de sandeces que decimos al día. La observación es tan obvia como rotunda y, sin embargo, las obras de Montiel parecen encontrar refugio en ella. Sus libros huyen del ruido, se desprenden de los cascotes y los ornamentos. Evitan la sandez. Quizá por ello sean tan delgados. Lo esencial ocupa poco; ninguno de sus poemarios supera el centenar de páginas y ésta, su obra más prosaica, más narrativa, trae un lomo que apenas abraza sesenta páginas.

Leer este libro es enfrentarse a la frase de aquel cartujo. Constatar, por oposición, cómo a diario contribuimos al ruido del mundo. Cómo se alargan conversaciones que no necesitaban existir, cómo se comenta la banalidad con la vacuidad y cómo, entre tanto, se espesa el miedo ya endémico al silencio, a que las palabras falten. Porque sin el velo de la algarabía, la soledad, tan desnuda, tan brutal, nos asusta. Sucederá la flor nos hace callar y mirar y, por tanto, es normal que nos de miedo.

Raúl E. Asencio Navarro

Estudié Periodismo en la UCM y, algún tiempo después, un Máster en Literatura Española.

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