2017 en diez películas. Segunda parte

Desde TEMBLOR continúo con un repaso a las películas de 2017. Hace unos cuantos días ya se indicó la presencia de filmes bélicos, psicológicos o de cinematografías no tan conocidas como la rumana. El top cinco seguramente no sea de lo más sorprendente, aunque la película número uno del año resulta una apuesta arriesgada: ha sido, por desgracia, uno de los grandes fiascos económicos de la filmografía de su director… Pero, silencio. Sin más demora, allez, allez:

5. Déjame salir (Get out), Jordan Peele
-Voté a Obama, créeme, pero porque Frank Underwood es una ficción, que si no te cagabas, chaval… -¿Y la criada negra? – Make America Great Again.

Jordan Peele ha creado un artefacto de mezcla provocadora. Déjame salir es una película que, al tomar por bandera el sentido del humor y los códigos de la serie B, apuesta por dar pie un conjunto desvergonzado, lo que permite que se desarrole sin ambages una fábula sobre la discriminación racial. Además, aunque no se haya señalado en otras críticas, esto se acompaña de una denuncia hacia la gran cantidad de ideas abracadabrantes que, por muy irracionales que sean, abrazan muchos americanos de diversa condición social.

El argumento es sencillo: una pareja interracial se dirige a la casa de la novia para que el novio, Chris -un entregado Daniel Kaluuya-, conozca a sus suegros, unos WASP de manual -recordemos, blancos, anglosajones y protestantes. Sin embargo, pronto se suceden una serie de acontecimientos que producen cierta intranquilidad en el protagonista, quien, incrédulo, se da cuenta de que algo macabro e increíble se desarrolla en la casa. El comportamiento extraño de los criados de la familia, los comentarios incisivos del padre de ella… Ahí está el mensaje de Peele con Déjame salir. El espectador asiste a una ficción genialmente diseñada: el batido que incluye terror, gore, comedia, se erige como un edificio cinematográfico sólido, pero lo importante es el mensaje del filme: Chris se ve superado por la realidad (de la ficción), y esa sensación es la que permanece en el espectador, como parece señalar el amigo de Chris -y desternillante alivio cómico- interpretado por Lil Rel Howery . Este personaje, con grandes dosis de paranoia, es la voz de la conciencia, el único personaje que sabe leer la terrible sátira que se está representando.

La película es imprescindible por su originalidad, y, porque, ante todo, cumple con la norma de oro: atraer la atención durante sus 103 minutos. Intérpretes entregados, guion ingenioso que, a pesar de su mensaje claro, logra respetar las claves de los géneros que inserta… planos estilizados. Queda saber, si su premisa ficcional, la más sorprendente, conseguirá soportar nuevos visionados.

4. La La Land, Damien Chazelle
Demasiado bonito para ser cierto… snifff.

Después de su éxito de público, crítica y taquilla, la moda imperante ha sido la de destrozar la segunda película de Damien Chazelle. Lenta, ñoña, repetitiva, poco original, lanzafotogramas de chichinabo… A todas luces, comentarios injustos que no deben cegarnos ante lo que es una obra monumental, dentro del género musical, y ante los cuales tampoco hemos de hacer un ejercicio de excesivas alabanzas. El justo medio, que ya dijo el estagirita -y más tarde el gaditano José de Cadalso en sus Cartas marruecas.

Podría decirse que sí, que a la mitad del metraje la historia presenta un bajón, que el personaje de Ryan Gosling podría tener un desarrollo algo más profundo. Que, de hecho, no hay grandes número musicales de baile y canto por parte de los protagonistas… pero da igual, porque el engranaje presenta una historia que aguanta sus lagunas, porque Chazelle ha conseguido reformular los principios del musical para fomentar la emoción estética a partir de la más sencilla de las premisas: una historia de amor. Esta revisión del género afecta tanto a los trucos como a la fábula, pero Chazelle sabe que el punto fuerte es mostrar el concepto de amor que corre por los tiempos modernos, y, para ello, es vital que los personajes vivan su amor como en los musicales de antaño, lo que produce un choque de trenes que  tiene por objetivo ofrecer distintos y cruzados puntos de vista hasta la última escena… Momento en que cae la ficción cinematográfica, ya que esa correspondencia entre los dos amantes cae en el desconcierto y se revela como auténtico uno de los puntos de vista. No sin antes haber viajado tanto con Stone como con Gosling por las múltiples y emocionantes posibilidades de una vida, algo así como las reflexiones de Ben-Beley  a Gazel en las Cartas, con las cuales se intenta reflexionar sobre la esencia de las cosas. La La Land, al fin y al cabo, habla también del justo medio, aunque aplicado al fervor del alma que busca otra alma, si recordamos a Platón. Quizás, la clave de todo esto esté en que La La Land es una película que nos habla sobre las emociones, la esperanza de que las cosas que hacemos, aunque tengan un final, siempre perduren.

Poco más que decir, salvo que Stone y Gosling seguramente jamás vuelvan a salir tan encantadores y que, para sorpresa de los detractores, la película es el triunfo de una estética. Solo eso.

3. El sacrificio de un ciervo sagrado (The killing of a sacred deer), Yorgos Lanthimos
Típicos pensamientos hieráticos de Colin: ‘Estaaaa yegua no es mi vieja yegua gris, no es mi vieja yegua gris, no es mi vieja yegua gris…’

La última película del griego Yorgos Lanthimos abunda en algunos rasgos típicos de su cine: la mezcla entre seriedad y humorismo, las situaciones de corte surrealista y la preponderancia de personajes lacónicos. Este cóctel parece reforzar la mirada al absurdo que lanza Lanthimos en El sacrificio de un ciervo sagrado. El absurdo o la incomprensión que todos tenemos ante lo inesperado, aquello que se podría denominar ‘la gracia de los dioses’, que en la película está encarnado por las ansias de venganza de un joven adolescente.

La película, una vez más, como sucedía en la excelente Langosta (2015), se beneficia del trabajo de Colin Farrel, quien interpreta con acierto a un cirujano que presenta una relación entre siniestra y desdoblada con el joven (Barry Keoghan), lo que pondrá en peligro el equilibrio de su familia. Esa es la punta sobre la que pivota el resto del argumento. El aroma de gran tragedia sobrevuela todo el metraje y el fatum helénico se manifiesta en la rigidez de plasmar los acontecimientos, acartonada, pero deudora de la frialdad e ironías de Luis Buñuel en El ángel exterminador (1962) y El discreto encanto de la burguesía (1972). Lanthimos logra así un efecto de extrañamiento genuino, al evitar que el espectador pueda identificarse con ninguno de los personajes cuando sobrevuelan las primeras consecuencias de la peste bíblica, de la enfermedad. Y así nos transporta a una ceremonia, una situación alejada de los recovecos más convencionales del cine, que oscila entre la fascinación y la vergüenza, y que no es apta para todos los públicos, pues lo que domina a los personajes es la impactante convicción de que lo siniestro triunfa, de que la fatalidad es inevitable y de que nadie se puede salvar de la soledad ante la dureza de cualquier acontecimiento.

2. Detroit, Kathryn Bigelow
Hay vida más allá de una galaxia muy muy lejana…

En los últimos años el cine de Kathryn Bigelow no ha sido debidamente alabado, cuando Zero Dark Thirty (2012) y Detroit son ejemplos de cómo se debe hacer una película con escenas de acción y vocación histórica. En el caso de la última, por lo general, se le ha achacado a la directora cierto maniqueísmo, con personajes planos que poco aportan  a la historia y que solo buscan vender una determinada interpretación de la crónica. Bigelow apuesta en esta ocasión con centrarse en uno de los hechos que ocurrieron en los disturbios raciales de la ciudad de Detroit en el estío de 1967, en concreto, en el terrible abuso policial que supuso el registro del hotel Algiers en busca de un supuesto francotirador.

Así, la cámara es movida con tranquilidad cuando debe estarlo, dando pie a que los personajes hablen por sus acciones, personajes de lo más variopinto: chulos, turistas, cantantes, un guarda de seguridad, agentes del orden con escrúpulos, racistas… La directora, por ello, decide seguir una trayectoria ascendente en la forma de contar la historia, en la que traslada al espectador del hecho histórico para llevarlo al drama personal, pero solo para potenciar la desazón e injusticia que provoca el observar los disturbios. De ahí, que la parte judicial del filme, aunque lastre el buen ritmo que se le exige a todo thriller, sea necesario: Bigelow acaba así de formular su síntesis -la tragedia que pasa de la comunidad al individuo y viceversa- y busca que la historia que aparece en pantalla no sea solo una nota a pie de página en la retina del espectador. El juicio, en sí mismo, no aporta gran cosa al conjunto, pero al ponerlo en consonancia con las demás partes de la sinfonía, mostradas con un buen pulso narrativo, nos enseña que la legalidad puede proteger el odio y el daño. Al final, la respuesta de hacer justicia está en nosotros mismos, en nuestra responsabilidad. Como el cine de la Bigelow.

Y la mejor película es…

Silencio (Silence), Martin Scorsese

 

Decía Elmer Gantry, el sinvergüenza interpretado por Burt Lancaster en El fuego y la palabra (1960, Richard Brooks), que él “siempre estaba en su camino”. La frase ilustra perfectamente el sentir religioso, siempre entre el abismo y la certeza, que, en la película sobre el charlatán que ve en la predicación una respuesta monetaria a su mundana supervivencia, no deja de ser sino una cuestión de amor. El personaje de Lancaster acaba encontrando el camino, más allá de dogmas y de oscuridades azarosas, en lo más cercano a Dios que tiene en su vida, la hermana Sharon (Jean Simmons, inmensa en su réplica). Para Rodrigues, el joven jesuita que anhela reencontrarse con su mentor en Silencio, la cuestión es idéntica, aunque enfocada de distinta forma: ¿estoy en el camino? Y, sin embargo, al formularse la angustiante pregunta, Rodrigues sabe que es necesaria la introspección porque todo gran amor es tal si se pone a prueba.

Esta vez no será como en Taken…

Scorsese adapta la novela Chinmoku (1966) de Shūsaku Endō, uno de los grandes novelistas japoneses del siglo XX, quien abordó la persecución contra los cristianos que se inició a fines del XVI y continuó a lo largo del XVII por parte del shogūnato. Los sacerdotes Rodrigues (un  excelente Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver, demostrando su talla de actor más allá de derroches insustanciales) deciden embarcarse en una empresa suicida: ir a Japón para encontrar a Ferreira (Liam Neeson), su maestro, y demostrar que los rumores sobre su apostasía son falsos. En seguida, el viaje se convierte en una tortura mística, en una alegoría sobre la naturaleza del hombre y del precio que se debe pagar por las creencias y por la dignidad, lo que podría permitirnos establecer paralelismos existencialistas con El corazón de las tinieblas de Conrad, y, por tanto, con Apocalypse Now (1979, Francis Ford Coppola). No obstante, si el canto coppoliano no deja de tener ecos griegos, de tono dionisíaco, en cuanto a la aceptación de un destino -de nuevo, el fatum-,  Scorsese, a través de una austeridad encomiable, se resiste a entregarse a la zozobra sin rumbo, pues intenta dar una respuesta a su esencia religiosa. Para llegar a tal objetivo,  Scorsese acierta al olvidarse de anacronismos historiográficos que no aportarían nada al relato, como el supuesto mal papel que tuvieron los viajes hispánicos alrededor del mundo -idea tan de moda y ridícula.

La película, por tanto, apuesta por el poder de la imagen, por significar a través de lo mostrado en pantalla, a modo de testimonio de un camino que no se encuentra. Este es el primer peligro que debe superar Silencio para conectar con el espectador, pues este, puede no llegar a sentir empatía con el dilema de Rodrigues. No obstante, aunque Scorsese haga una película de clara vocación cristiana, sabe que cualquier historia puede emocionar si se establece con mano firme las características primarias del conflicto. Cuando la cámara sigue las torturas a los kirishitán, a los primitivos cristianos japoneses, se consigue transmitir el sacrificio por un ideal, con lo que se establece una conexión sin ningún tipo de aditamentos. Esto es lo que da pie a que tanto forma y contenido sean un salto en el vacío, ya que Silencio se convierte en un maremágnum reflexivo, de puro sufrimiento,  lo que no quiere decir que la película sea plomiza, sino que va a lo que va, y que, desde luego, no tiene nada que ver con El lobo de Wall Street (2013). Así, el sentir de los personajes habita en el silencio de la duda, en la escena recreada a partir de la sencillez en el plano.

 

Sin duda estamos ante la mejor película de Scorsese en mucho tiempo, una película que será olvidada por varios motivos (temática no atractiva, fracaso comercial, relato árido, reflexión punzante), pero que conviene rescatar y alabar; una película que nos trasporta al Japón de los Siglos de Oro, que nos permite ahondar sobre uno de los grandes acontecimientos históricos (el aislamiento de Japón hasta la llegada del comodoro Perry en 1854) y que nos plantea preguntas sobre el sentido de las convicciones más íntimas, arrojándonos al oleaje de la duda. Así, Silencio es una pieza de melancolía irrefrenable, de corazón destrozado, pues su tema es la perpetua búsqueda de un camino, esa búsqueda en la que tanto el buscavidas Elmer Gantry como el beato Rodrigues son la cara y la cruz de una misma moneda.

Julio Salvador Salvador

Filólogo que le da vueltas a eso de la lengua y la literatura, que no tiene precio. Para todo lo demás mastercard (y Valle-Inclán).

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