4 3 2 1: suflé novelesco de una vida

Paul Auster Revista de crítica literaria

Me comentaron en una reunión de la revista que se ha cumplido el vaticinio que Roald Dahl lanzó en El gran gramatizador automático, aunque pasado por el filtro de nuestro tiempo y de nuestro avance tecnológico: inteligencias artificiales capaces de crear relatos de cualquier tipo, a partir del análisis de la estructura de toda la muestra de cuentos escogida. Que algunas grandes cadenas ya venden tales obritas, a precios baratos y no demasiada exigencia literaria. Un ejemplo más de la democratización de internet.

Más allá de las ventajas y peligros que un intelectualista moral podría comenzar a enumerar con semejante hazaña técnica, en mi cabeza comenzaron a arder los posos del pasado: el tránsito del scriptorium a la imprenta, los cambios que tal invento introdujo en el estatus del autor. De la más completa anonimia, del prestigio basado en la imitación (que no plagio, recordemos), la literatura abrazó un sistema en el que la figura del escritor se hizo patente, en el que había conciencia de autoría y, poco a poco, se iban resquebrajando los muros de la mímesis para dejar paso a la originalidad. Curiosamente, hoy observamos la cuadratura del círculo: un sistema es capaz de discernir cuáles son las estrategias más comunes a la hora de escribir en un determinado registro. Por tanto, en esta época de nebulosa informática, la figura del autor se hace perfectamente sustituible y vuelve a la anonimia, pues ¿qué le importa al lector tener en frente a un escritor u otro, si lo que nos mueve es el texto en sí?

Pero muchos nos cobijamos en la autoría para recibir con mayor o menor entusiasmo una obra. Las generaciones anteriores esperaban con ansia el nuevo libro de García Márquez, los sobresaltos de Cela, los poemarios póstumos de Whitman o los versos travestidos por la censura de tantos poetas. Sí, tal vez hayamos ingresado en una era en la que cualquier escrito será eterno materialmente, pues la nube ha traído el paraíso de la presencia indeleble a todo tipo de mensaje comunicativo, pero, en el campo de la literatura, donde sobrevive tanto forofo, maniático de la palabra, tantos amantes, ese es el término, la eternidad se ha de ganar a pulso. El autor, por tanto, debe actuar en contra del tiempo: escribir y escribir hasta lograr algo que deje confundido al lector, en éxtasis, con multitud de orientaciones posibles. El autor es necesario, no por su existencia en sí, sino porque es él quien puede dotar de humanidad a los textos.

Y la reflexión me sigue quemando mientras leo 4 3 2 1, la última novela de Paul Auster, novelista amado por estas latitudes, y no tan bien recibido por otras, cercanas y universitarias. Yo he de reconocer que me hallo entre las huestes de quienes han disfrutado con sus páginas, con todos aquellos locos que se lanzan a la aventura, entre detectivescas investigaciones y obsesiones que sacan de otras obsesiones, entre sueños que se cumplen volando y pesadillas que acaban en la nada absoluta. La electricidad que sus páginas me han metido por los poros de todo mi cuerpo hace que esté convencido de que, con el paso del tiempo, al neoyorquino de mirada penetrante se le reconozca como una figura vital de las letras americanas del siglo XX. La afirmación parece muy osada, pero portentos como La música del azar (1990), El palacio de la Luna (1989) o Mr. Vértigo (1994) son buenos argumentos para defender tal idea, ficciones que demuestran la pervivencia de una artesanía imaginativa que jamás defrauda. El bueno de Paul tal vez pueda recibir la acusación de ser un autor de best-sellers, pero al menos son novelas de éxito bien escritas y planificadas, con una clara vocación literaria.

4 3 2 1 narra la historia de Archie Ferguson o, más bien, las vidas posibles de Archie Ferguson, pues Auster decide construir una pieza descriptiva, memorialista, con cierto regusto decimonónico, jugando con la forma, dando lugar a cuatro tramas espaciales diferentes que toman como punto de partida las variaciones sobre un suceso relacionado con el próspero negocio que tiene Stanley, el padre de Archie, y que producirán pequeños cambios en la personalidad del niño protagonista, cambios que pondrán de manifiesto la complejidad de la toma de decisiones en la vida, a lo que se ha de sumar el azar, ente austeriano por excelencia, que se encargará de crear confluencias o casualidades entre los diferentes senderos diegéticos.

Una historia de comienzo brillante

El neoyorquino de mirada penetrante escribe una novela de iniciación, lo cual no debe extrañar teniendo en cuenta que en los últimos años ha publicado autobiografías como Diario de invierno (2012) o Informe del interior (2013). Su novelística jamás ha escapado de tal categoría: muchas son las obras que fijan su mirada en un pasado reciente, poniendo el foco en la infancia y la adolescencia, como las anteriormente citadas El palacio de la Luna o Mr. Vértigo, superiores a 4 3 2 1 en su desarrollo argumental y calidad narrativa.

La gran campaña de mercadotecnia ha intentado vender el libro como un bigger than life –me remito a la propia campaña de Seix Barral: “coming of age universal”, “conmovedor viaje”, “drama social”, “revelación”, etc.– sirviéndose de la monstruosa longitud de las 957 páginas para crear falsos axiomas: ¡el peso indica que estamos ante la novela más compleja de Auster, señores! Pero una cosa es el mundo de la publicidad, con actos muy interesantes como la entrevista que le hicieron al autor en la Fundación Telefónica, y otra distinta la lectura de un texto. Ante todo, hay que respetar la propia narración: ¿qué mejor que leer 4 3 2 1 para sacar conclusiones? Hacia el capítulo tres pude sacar las primeras acerca de la temática de 4 3 2 1, más allá de las obvias de saga familiar, recorrido histórico y cuestionamiento social, presentes, pero no tan sustanciosas en cuanto al contenido. Los dilemas existenciales del niño Ferguson, del adolescente Ferguson, simbolizan la relación del autor con el ente creativo. Es en la segunda trama donde más patente se hace esta relación pues la soledad del protagonista y su zozobra vital alcanza de lleno al lector. Auster se sirve de una especie de homónimo con el que escenifica los efectos de la escritura, que, es una actividad de carácter cuasi divino, pues tiene como cometido máximo la creación. De ahí que la negación de Dios que se produce en casi todos los Ferguson afecte a su relación con la escritura, capital en todo el desarrollo de nuestro personaje que se convertirá en escritor, periodista o crítico de cine en diferentes universos. La vida se confunde con la narración, y el autor deja claro que se plantea los posibles porqués de la imaginación, motor creativo de la novela.

Precisamente, sin excepción, en los cuatro marcos temporales, el dilema existencial pronto se fusiona con el testimonio socio cultural de una nación, decisión que al principio enriquece el ritmo y la acción novelesca. No es de extrañar que Auster decida dar arranque a la epopeya con una anécdota de tintes satíricos y míticos: la llegada del abuelo Isaac Reznikoff a la isla de Ellis, donde, tras diversas confusiones, le dan el apellido Ferguson. De esta manera, el autor neoyorquino asocia con energía e interés el origen de la familia con la aparición de los vigorosos Estados Unidos. La vida de la familia camina de la mano de la evolución del país, lo que da lugar en la primera mitad de la obra a los momentos más fascinantes: las preguntas existenciales, los hechos cotidianos, los escarceos amorosos que, por ejemplo, son marcados por sucesos varios, como las traducciones de documentos alemanes en la Segunda Guerra Mundial, el juicio a los Rosenberg o la triunfante campaña de Kennedy.

La historia de cómo se conocieron los padres de Archie y los primeros años de existencia del protagonista permiten establecer los ejes de la construcción de las vidas posibles: las relaciones familiares y la curiosidad infantil dan pie a todo tipo de anécdotas vitales que ocasionan que el lector se sienta cercano a los personajes, bien descritos aun con pocos detalles, como ocurre con la erudita tía Mildred. Es en los primeros compases donde se introduce una desazón de corte borgiano, esa desesperación por saber que la vida es el transcurso de una única senda que excluye todas los demás y que, aparentemente, no ofrece ningún tipo de asidero. Auster, con destreza, logra que notemos cómo el segundo niño Ferguson es consciente de la fatalidad, mediante un ágil uso del narrador omnisciente y el estilo indirecto:

No te preocupes, le dijo ella. Sólo estoy disgustada, nada más. Tu padre está asegurado contra incendios, y no va a pasarnos nada. Un desagradable golpe de mala suerte, pero es algo temporal, y al final todo acabará bien para nosotros. Lo sabes, ¿verdad, Archie?

Ferguson asintió con la cabeza, pero sólo porque no quería que su madre siguiera disgustada. Sí, puede que la cosa terminara bien, pensó, pero si Dios era tan cruel como ella decía, a lo mejor no. Nada era seguro. Por primera vez desde que había llegado al mundo, dos mil trescientos veinticinco días atrás, no había modo de saberlo.

No solo eso… sino ¿quién demonios era David Raskin?

Una pregunta más que se formula Ferguson, quien se irá convirtiendo en un personaje trágico, desquiciado, pues sucesos dispares como la amputación de los dedos de una mano, el descubrimiento de su homosexualidad o la incapacidad para estar solo tras una larga relación, fomentarán una mirada desesperada. Una visión del mundo que viene marcada por su madre, Rose, quizás el personaje secundario de mayor importancia de la novela junto a Amy Schneiderman, prima, amiga, novia y confidente. Precisamente, con la aparición de Amy, se hace mayor énfasis en la esquizofrenia de su país. Y esto, que prometía elevar aún más el conjunto, mejorar un comienzo sólido basado en la psicología de los personajes y la descripción de espacios, sin embargo, es la principal razón de que el relato se desinfle.

Las vidas múltiples que pierden el rumbo

En El Cartógrafo, obra teatral de Juan Mayorga, el viejo polaco que intenta enseñar a una niña el arte de la cartografía dice hacia la mitad de la pieza: negatio est definitio. Hemos de aplicarlo también a la prosa, pues el arte de la sugerencia hace volar alto la mente del lector, y también, por qué no decirlo, la del escritor. Paul Auster rara vez ha sido un maestro en las elipsis (el mecanismo más difícil de la escritura, según García Márquez), pero eso lo podía enmendar merced a una construcción narrativa sólida, en la que la acción nunca era gratuita, sino que enriquecía a los personajes y viceversa. No obstante, en 4 3 2 1 el neoyorquino se enamora demasiado de su cometido e incluso hace uso de fórmulas impropias de su novelística para, aparentemente, crear acciones. Acciones que no son tales, pues no tienen ningún tipo de gancho, de ritmo. Las fórmulas se resumen en dos puntos que fagocitan todo lo anteriormente presentado: el primero, la necesidad de recurrir con insistencia a la descripción sexual, lo que en muchas ocasiones debilita el trazo de la personalidad de Ferguson. Se convierte en un recurso constante y omnipresente que pierde su valor al aparecer en todas las tramas temporales. El segundo punto es la decisión de convertir en eje estructurador de la narración la historia americana. El problema, a nivel literario, no viene porque Auster pueda abrazar diferentes tendencias de la progresía, como indicaba Juan Manuel de Prada en su acertado artículo sobre la novela en XL Semanal, sino por la forma de hacerlo. El neoyorquino rompe con la descripción de los personajes para supeditarla al incesante sumario de hechos históricos. Además, cae en el error de hacerlo tanto a través del narrador como de los propios personajes, lo que da pie a un cansino “efecto Carlos Alcántara” (permítaseme la comparación cañí) al introducir a Ferguson en todo tipo de “algarabías”. Así, insisto, el desarrollo del personaje se resiente en todas las tramas temporales, echando por borda el interesante trabajo psicológico que había creado en la niñez y adolescencia.

La sensación de decepción se acentúa cuando pensamos en las posibilidades que ofrecía la (aparente) ruptura de la narración lineal. Y es que Auster nunca llega a experimentar con los resortes temporales y genéricos de la novela, aunque hemos de reconocer que el neoyorquino declaró en Página 2 que la estructura de su última obra era “muy simple”. Tan simple, que el  final del libro es un tanto impostado, como escrito a modo de bocado bien masticado que comunica al lector el santo y seña del escritor pretendidamente metaficcional. Un final que deja bien claro que 4 3 2 1 debe ser interpretada como un testimonio de la confusión entre la realidad y la fábula, pues nada hay seguro en esta existencia llena de múltiples caminos, incluso a la hora de escribir un libro. Pero de esta idea fascinante viene la gran losa del relato, pues se intentan abarcar múltiples asuntos, quizás para justificar la envergadura de la ficción. Negatio est definitio. Tal vez, si 4 3 2 1 hubiera sido una fusión de los distintos Paul Auster, habría logrado llegar a ese nivel de profundidad y fascinación que atesoran obras monumentales que realmente encierran otras en su interior. Una trama sucesora de Mr. Vértigo (con la que 4 3 2 1 guarda bastantes concomitancias) ya habría elevado el conjunto, ya solo por el juego de tratamiento de la realidad y la fantasía.

En definitiva, para el amante de la literatura austeriana, estamos ante una pequeña decepción: de la fascinante y a momentos tenebrosa adolescencia de Ferguson, pasamos a una juventud monótona, que repite los mismos esquemas y traumas de las primeras páginas y que asola al lector al renunciar a la historia individual de los cuatro Archies por una soflama social sobre la lucha de clases, aliñada con soporíferas dosis de trauma psicoanalítico. El suflé se desinfla. Y con él nuestra fe en la existencia de escritores que logren hacer cosas inesperadas, cosas que no estén al alcance de máquinas programadas. Y, sin embargo, sigue habiendo espacio para momentos deslumbrantes, para párrafos que se encuentran entre lo más lírico de Paul Auster, para descripciones que arrebatan el corazón al lector, como el reencuentro y la despedida de dos amantes o la llegada a una nueva ciudad. Todavía podemos decir que el esfuerzo de hacer una obra así es encomiable, aunque sea irregular. Y esa es la mayor manifestación de que hay que mantener la fe en el autor, porque, al menos, alguna vez llega al éxtasis.

Julio Salvador Salvador

Filólogo que le da vueltas a eso de la lengua y la literatura, que no tiene precio. Para todo lo demás mastercard (y Valle-Inclán).

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