Acercamiento a la teatralidad de ‘Amado monstruo’ de Javier Tomeo

Un escritor atípico

Javier Tomeo nació en 1932, en Huesca. Estudió Derecho y Criminología en la Universidad de Barcelona, aunque desde los años 50 se dedicó enteramente a la escritura.

Las teorías psicoanalistas de Sigmund Freud sobre el inconsciente fueron un tema que apasionó al escritor y en el que empezó a sumergirse a través de sus estudios. La atracción y el gran interés que tenía por la comprensión del alma humana y los conocimientos adquiridos en Criminología hacen que su escritura se centre en profundizar en los recovecos mentales de nuestra especie. Todas sus novelas están dotadas de una gran riqueza psicológica en cuanto a la caracterización de sus personajes. En ellas nos muestra un gran conocimiento, efectivamente, del alma humana y de sus impulsos más primarios.

Podríamos decir que la mayoría de la crítica, por no decir toda, describe a Javier Tomeo con los mismos adjetivos, los cuales se repiten una y otra vez: solitario, insólito, extraño, inclasificable, escritor al margen, atípico, grotesco… Esto se explica por la relación que mantiene con la literatura de su tiempo, la generación de los años 50-60: cuando él empieza a escribir imperaba el realismo y el neorrealismo, géneros de los que él queda totalmente desmarcado. Esta singularidad, este salirse de lo establecido, esta forma de escribir sus novelas, es lo que ha permitido que Tomeo sea uno de los escritores de novela más representados, sobre todo internacionalmente.

Precisamente, una de sus obras más llamativas dentro de su producción es Amado monstruo escrita en 1984 y estrenada, como pieza teatral, por primera vez, en el Teatro Nacional de la Colline, París, en 1989.

Esta nouvelle introduce al lector en una escena única que se extiende a lo largo de la narración. Nos presenta el escenario de una entrevista de trabajo que desencadenará en un diálogo atípico entre dos personajes, H. J. Krugger y Juan D, unos completos desconocidos que acaban compartiendo sus secretos más íntimos.

La novela está estructurada en seis partes numeradas, dispuestas a lo largo del texto, no a modo de capítulos —que separen temas— sino más bien a modo de pausa, como un silencio necesario que debe hacer el lector para digerir lo que ya se le ha contado hasta ahora y, así continuar con un tema más liviano que suavice la tensión creada durante el tramo anterior. Javier Tomeo va dosificando la información que nos ofrece de los personajes, creando una lucha entre ellos a través del diálogo que acabará por estallar —moderadamente— al final de la novela.

Amado monstruo y su interés teatral

Pero, ¿cuáles son los rasgos principales que hacen de esta novela un atractivo para los directores teatrales que deciden representarla? Me gustaría destacar que, en lo referente a este tema, hay un artículo de Diana Muela Bermejo titulado Versiones teatrales de las novelas de Javier Tomeo [1] en el que expone las claves básicas de la teatralidad de las obras de este autor: el juego dramático entre los protagonistas en un espacio corto de tiempo, el monólogo o novela monologada, el diálogo que se desprende de este monólogo, y el respeto a las tres unidades clásicas.

Amado monstruo nos presenta un narrador homodiegético que nos cuenta, a modo de monólogo interior, la situación que está viviendo en el presente. Dentro de este flujo de conciencia contemplaremos toda la narración desde el punto de vista, totalmente subjetivo, de Juan D., y será de ahí de donde parta el diálogo del que hablábamos antes. Este diálogo —o monodiálogo— es, en efecto, una parte fundamental de la teatralidad de la novela. Aparece como una estructura abierta donde interaccionan ambos personajes, pero lo más importante es que de él se deriva el gran interés de representación que tiene la obra, basado en la subjetividad del relato.

Para remarcar esta subjetividad y no perder la idea de que estamos sumergidos dentro de la mente del personaje, dentro de ese flujo de conciencia, el autor no utiliza las marcas formales del diálogo, como los guiones, si no que introduce las palabras que hacen referencia a dicho diálogo entre paréntesis o directamente insertado en el discurso de la narración: “Pues es una pena (le digo por fin, esperando que recoja mi ironía) que los vigilantes de este Banco no tengan bastante con un garrote.” / “Krugger me pregunta ahora qué es lo que preparó mi madre para cenar […]”. [2]

Que el texto esté íntegramente narrado por Juan D. es un dato que debemos tener en cuenta a la hora de analizar la novela. Aunque pueda parecer que las intervenciones de Krugger aparecen de manera explícita, no debemos olvidar que surge de la voz en primera persona, que será lo que impregne el texto de ese aire de subjetividad que motiva que el lector se plantee hasta qué punto la narración es real o está distorsionada. Es este un aspecto muy interesante a la hora de llevar el texto a escena, ya que puede condicionar totalmente la opinión del espectador al hacerle reflexionar sobre la situación que se plantea y la naturaleza de los personajes. Dependiendo de cómo lo presente el director teatral podemos tener una visión más o menos objetiva de la historia. La puesta en escena puede centrar su punto de vista en un rasgo específico y dar pie a que el interés y la mirada del espectador recaiga en varios puntos: en los temas que se tratan en la obra, en las historias personales de los protagonistas, o en enriquecer estas historias a través de un juego. De esta última forma, el espectador es el juez que establece qué es lo que forma parte de la realidad, qué es lo que está distorsionado por el protagonista.

Otro aspecto que se deriva de este diálogo es la incomunicación entre ambos personajes que, irónicamente, sucede a través del mismo. Lo lógico sería que a partir de las palabras, la conversación, la escucha y el afán de comprender al otro pudieran llegar a puntos comunes, pero lo cierto es que aunque Krugger pregunta y parece estar atento al relato de Juan D., a veces parece no escucharle. Más bien lo que le invade es un sentimiento egoísta de desahogo frente a un desconocido, a través del cual empieza a empatizar y a establecer un vínculo gracias a la relación similar que ambos han desarrollado con sus madres. Los personajes fingen una conversación como excusa para cumplir sus objetivos, que no son otros que la exposición de sus vidas y la imposición al otro, la necesidad imperante de control sobre su interlocutor.

Los personajes son, también, un elemento interesantísimo a la hora de convertir este texto en una pieza teatral. La fuerza dramática de estos reside en su complejidad psicológica, en la extrañeza de sus actos y de las circunstancias que rodean sus vidas, en las tensiones que se crean entre ambos por las diferentes maneras de concebir sus respectivas relaciones maternas, la naturaleza de éstas relaciones y los temas que derivan del diálogo que mantienen.

Nuestro protagonista, Juan D., es un hombre de treinta años que vive bajo el yugo y el control de su madre. No ha salido jamás de las fronteras de su barrio desde que era pequeño y su madre lo sacó del colegio para educarlo en su propia casa. De ahí que no tenga relación con otras personas que no sean su madre. La obra nos sitúa en el primer enfrentamiento materno-filial que se sintetiza en que él se presenta a una entrevista de trabajo sin su permiso. Cuenta poco de lo que realmente piensa, es pura máscara ante un desconocido al que debe agradar si quiere conseguir el puesto de trabajo. Esto cambia hacia el final de la novela, donde el objetivo para ambos personajes es la revelación o la confesión de sus secretos y pensamientos más profundos.

Krugger se nos presenta como el personaje de más poder, seguramente por ostentar el cargo de director del departamento: él decide si contrata al entrevistado o no, aspecto que le otorga cierta superioridad sobre Juan. En él reside el poder de dirigir e intervenir en el flujo del monólogo, es el que marca los tiempos y el que decide qué rumbo tomará la conversación en cada momento.

Así, desde el principio del encuentro el interés por la contratación queda en segundo plano, es una excusa para enfrentar en el texto dos mentes inquietantes y perturbadoras a la sombra de unas madres que, aunque no intervienen en el devenir de los acontecimientos, son una presencia constante desde el inicio de la novela. Son, en definitiva, unos personajes con una construcción psicológica y física muy atractiva de ver representada en las tablas.

En definitiva Amado monstruo es una novela que supone un reto muy interesante para cualquier profesional del teatro que se decida a afrontar una versión. Su hilo dramático y la complejidad y singularidad de sus personajes son el pilar fundamental que puede sustentar una posible representación teatral.

Notas:

[1] Diana Muela Bermejo, «Las versiones teatrales de las novelas de Tomeo», en José Luis Calvo Carilla (coord.), La obra narrativa de Javier Tomeo (1932-2013). Nuevos acercamientos críticos, Madrid, Instituto Fernando el Católico, 2015, págs. 167-192.

[2] Javier Tomeo. Amado monstruo. Barcelona. Anagrama, D.L. 1985.

Sara Belén

Estudió Arte Dramático. Pájaro sin rama en la que posarse. Actualmente, va como pollo sin cabeza a la búsqueda del impacto.

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