Asomos de mitología en el Viejo Testamento

En aras de una hiperventilación del espíritu navideño, después del materialismo absorbente con que practicamos el desahogo impuesto por el almanaque, hartos además de pesebres y mantecados, pastores y presentes, villancicos y festines, algunos hemos determinado dar un golpe en la mesa, desatendiendo el celebérrimo nacimiento, para enfrascarnos en historias increíbles y maravillosas, que tienen que ver con los libros sagrados, pero que trascienden del ámbito religioso. Esas historias a buen seguro fueron transmitidas de abuelos a nietos junto al fuego, en amor y compaña, mientras los zagales se quedaban boquiabiertos ante las proezas de criaturas asombrosas, cuyos nombres iban grabando en su mente desde muy temprano. Lo cual no es difícil de imaginarse. Robert Graves y Raphael Patai han desempeñado una excelente labor con sus conexiones entre los textos bíblicos y otras manifestaciones de Grecia, Mesopotamia, Persia o Egipto, rastreando las huellas que ni el tiempo ni la ortodoxia han podido borrar. Los mitos hebreos, más que un libro, es el puente que invita a caminar fuera de las convicciones propias, hasta enfangarse bien las botas en la ribera de una mitología perdida.

Hebe Revista de poesía TemblorEl principal problema para el mitógrafo quizá sea que los documentos en hebreo anteriores a la Biblia dejaron de existir hace muchos siglos, por lo que no dispone de ellos para registrar los estadios que desembocan en las historias bíblicas ‘oficiales’, es decir, se diluyó el politeísmo que fue mudando la piel hasta que todo acabó dominado por un solo Dios universal. Tan pronto como Judea vio su independencia política amenazada, urgió la reelaboración de ciertos mitos, en aras de un fortalecimiento civil. Judea era un punto estratégico y apetitoso entre Egipto y Asiria. Así las cosas, había que armar al pueblo e instruirlo frente a los inminentes ataques de sus vecinos. El presuroso adoctrinamiento implicó un abandono del transigente culto cananeo, donde el protagonismo se lo llevaban las deidades femeninas, generalmente, en unión conyugal con los reyes. Un grupo israelita, con los profetas a la cabeza, salía a las calles a protestar con su indumentaria de pastor en nombre de Yahveh, un Dios autoritario y poco misericordioso. En poco tiempo, una ola de moralismo arrasó las costas de la pluralidad deífica, expulsando de la memoria colectiva a Baal, Astarté y Anat. Algunas modificaciones nos sonarán de oídas: se descartó a Lilit, predecesora de Eva, del gran proyecto del jefe sin ninguna consideración hacia ella,  cuando al parecer había sido tenida por una especie de diosa de la fertilidad, encontrada como Lillake en un escrito sumerio, Gilgamesh y el sauce. Eva, antes de protagonizar el Génesis en su papel de femme fatale, fue la diosa Heba, casada con un tempestuoso dios hitita. En cueros, Heba se soltaba la melena a lomos de un león; transformada, por cierto, en la esposa de Heracles por los griegos, la diosa Hebe. Ocurre otro tanto cuando vamos tras la pista del ángel Samael, más conocido como Satán, y nos detenemos en el dios patrono de Samal, un reino hitita-arameo.

A estas alturas, solo los fundamentalistas niegan la influencia de textos precedentes en la composición del Génesis; antes bien, parece que se obcecan al señalar de buenas a primeras a Dios como única fuente de inspiración. Ciertamente cualquiera se pone a disputarle los derechos de autor con unos abogados tan acérrimos. Sería injusto colgarse todas las medallas por un trabajo tan fatigoso como la creación del mundo. Los hallazgos arqueológicos desde 1876 contribuyen a que pensemos lo contrario. El Enuma Elish (o sea Cuando en lo alto) es un poema acadio, de cuatro milenios de antigüedad, escrito sobre siete tablillas cuneiformes que comienza de esta guisa: “cuando en lo alto el cielo aún no había sido nombrado”. La cópula entre Apsu el Procreador y la Madre Tiamat en medio del caos da como fruto una progenie monstruosa de dragones. Habría que esperar una eternidad para ver otra generación de dioses. El dios de la sabiduría, Ea, dio muerte a Apsu, de manera que Tiamat, clamando venganza, engendró monstruos con su propio hijo Kingu. Finalmente, Marduk, vástago de Ea, retó a Tiamat, le pisó la cabeza y la atravesó con sus saetas. Una vez encarcelados los once monstruos, desde entonces dioses del infierno, Marduk separó el cadáver de Tiamat por la mitad, valiéndose de una parte para evitar que las aguas superiores (cielo) se virtiesen sobre la tierra. Creó así el firmamento. A continuación, “echó un cerrojo y apostó vigilantes para impedir que Tiamat dejara escapar sus aguas”. Esta idea de cerrazón del Enuma Elish arroja luz sobre algunas descripciones de Leviatán (Job 26,13; Isaías 27,1), en las que el sintagma nahash bariah llega a desconcertar a primera vista. La clave nos la da el adjetivo bariah, que, bajo acepciones como ‘encerrada, confinada’ o ‘huidiza’, acorta distancias entre Tiamat y el monstruo marino. Por otro lado, con la mitad restante de Tiamat Marduk hizo una estructura rocosa con la que logró contener el mar y la tierra, desde entonces beneficiarios de ese equilibrio tan curioso. No conformándose con esto, creó los astros y trajo a la vida al hombre con la sangre de Kingu, ajusticiado en calidad de conspirador. En la Biblia de King James encontramos escrito:

And God said, Let there be a firmament in the midst of the waters, and let it divide the waters from the waters.

And God made the firmament, and divided the waters which were under the firmament from the waters which were above the firmament: and it was so.

Para las antiguas culturas mediterráneas y de Oriente Próximo, la oscuridad antecede a la Creación sin considerarse antagónicamente la inexistencia de la luz, sino que se imaginaba como un ente real (hoshekh). Los helénicos la denominaban como “Madre Noche”, y para los hebreos era su “Príncipe de las Tinieblas”, que se puede parangonar fácilmente con Tohu, un monstruo marino que formaba dúo con Bohu, de condición terrestre. Ambas entidades deben entenderse como representaciones del caos o del vacío. Desde un punto de vista etimológico, se ha planteado el paso de thw a thwm, Tehom, o su forma plural thwmwt, Tehomot, designación que se corresponde con el Leviatán. Por motivos claramente doctrinales, el vínculo de parentesco terminó difuminándose. Una pérdida lamentable.

Este sorprendente trasvase también tuvo lugar con el mismísimo Yahveh Elohim, en la Biblia convertido en responsable de numerosos actos achacados a una diosa carnicera llamada Anat. Un retrato ugarítico nos da una idea de su desaforada crueldad:

[…]las rodillas hundía en la sangre de los guerreros, los miembros, en el mondongo de los combatientes. Hasta la saciedad se peleó en su casa […]

En la segunda visión, cuando Isaías narra el castigo divino a los enemigos de Israel, da cuenta de furiosos pisotones y patadas y de las manchas de sangre que impregnaban su ropa:

I have trodden the winepress alone; and of the people there was none with me: for I will tread in mine anger, and trample them in my fury; and their blood shall be sprinkled upon my garments, and I will stain all my raiment.

Desde luego, el Génesis es una caja de sorpresas, y nunca deja de impresionar a los investigadores la riqueza de las fuentes y la originalidad de algunas narraciones no incluidas en el canon. Los mitógrafos han barajado una hipótesis con buenas dosis de surrealismo: la concepción de un humano bifacial en el origen del mundo, cuyo cuerpo abarcara tanto el sexo masculino como el femenino, uno en el anverso y otro en el reverso (aunque puede tener una base realista en unos gemelos siameses). Por suerte Dios se retractó a tiempo de semejante monstruosidad, separando a Adán y a Eva en dos organismos independientes. La androginia de Adán esconde semejanzas con los rasgos mixtos de Enkidu en el Poema de Gilgamesh, cuya melena se parecía a la de una diosa llamada Nibasa. Recordemos que para Filón de Alejandría el hombre era originariamente bisexual. Con respecto al nacimiento a partir de la costilla, este otro es un relato alternativo que trasluce la artística e inevitable bifurcación de los mitos. Una posible contaminación desde Roma también explicaría muchas cosas, pues Jano, deidad del Año Nuevo, se representaba con dos caras en las monedas y los bustos.

La riqueza y diversidad de los mitos nos permiten decir que Lilit fue la primera pareja de Adán. Según otra versión divergente del relato oficial, relacionada con el culto a Anat de las mujeres cananeas, Lilit huyó al mar Rojo tras negarse a practicar sexo con Adán estando recostada. Las nigromantes griegas que idolatraban a Hécate estaban a favor de que la mujer yaciera encima del varón. Las mujeres cananeas se caracterizaban, entre otras cosas, por la lascivia prematrimonial, conducta afeada por los profetas en las mujeres israelitas que las imitaban. La desobediencia de Lilit reside hasta en el nombre, de origen asirio-babilónico, que significa “espíritu del viento”. Su reputación hacía recomendable poner a salvo a los más pequeños con una serie de rituales protectores. San Jerónimo la comparó con la Lamia: Hera raptó a sus hijos una vez enterada de su idilio con Zeus, por lo que esta reina libia se desquitó robando los de otras madres.

Concluimos la incursión de hoy con el Diluvio del Génesis. Dos mitos milenarios, uno acadio y otro griego, se aproximan a la proeza del bueno de Noé. Del primero la referencia se halla en el Poema de Gilgamesh, en el momento en que Ea, una especie de Atenea para el héroe Utnapishtim, le advierte de la necesidad de construir un arca ante la inminencia de un diluvio universal, pues Enlil, con ayuda de otros dioses, ha planeado el exterminio de la humanidad. Al séptimo día la embarcación ya está terminada, de manera que el héroe se monta con su familia, los colaboradores y un sinfín de animales. Esperan dentro durante una semana torrencial, hasta que la lluvia cesa y llegan al monte Nisir. Cuando Ea pone al corriente a Enlil de la supervivencia de Utnapishtim, primero se enfurece pero a poco que recobra la calma, visita el arca, bendiciendo al héroe y a su esposa, que quedan convertidos ipso facto en dioses, ascendiendo al Paraíso, donde ya les espera Gilgamesh para festejarles.

La variante griega tiene como protagonistas a Deucalión y Pirra. Zeus se sintió ofendido por el canibalismo de los pelasgos, de modo que desató un tremendo diluvio para destruir la humanidad. Gracias a una profecía del titán Prometeo, padre de Deucalión, este consiguió construir un arca a tiempo. Al menguar el agua, la embarcación se detuvo en el monte Parnaso (hay quienes sostienen que en el Etna), y los dos supervivientes entraron al templo de la diosa Temis, implorando el perdón y el resurgimiento del género humano. La misma Temis hizo acto de presencia y les dijo: “¡Cubrid con un velo vuestras cabezas y arrojad detrás de vosotros los huesos de vuestra madre!”. Pero cada uno tenía una madre diferente, y difuntas desde hacía tiempo. Al caer en la cuenta de que Temis había hablado en sentido figurado, salieron a recoger los huesos de la Madre Tierra. Milagrosamente, las piedras arrojadas hacia atrás iban convirtiéndose en hombres y mujeres a medida que caían.

Francisco Sánchez

Nacido en Almería en 1992, cursó el Bachillerato en Santo Domingo (El Ejido, ojalá se tratase de América). De adolescente, recorrió las tediosas e inacabables carreteras de Marruecos, impelido por el embrujo de las chabolas de sus poblados y la aridez delirante del clima. Beneficiario de una beca para estudiar un año en Varsovia. Después del frío, volvió a Almería a terminar de graduarse en Filología Hispánica (2015). A menudo su vida es equiparable a un paseo a caballo por La Rambla de Tabernas: aunque no ocurra nada espectacular en ella, el paisaje dignifica el pedregoso camino. Madrid ha sido el último paradero: un Máster de Literatura Española. el futuro está por escribir, sólo se puede imaginar; el pasado, también.

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