Carta a una humanidad sin norte. Reseña de «La llama doble» de Octavio Paz. El erotismo (I)

Salí a aliviarme con la dicha de un espacio inventado, el consuelo de un día de olvido tras los telefonazos de cuatro imbéciles impresentables. Ya no hay motivos para mostrarse condescendiente con nadie, porque el acomodo es la muerte, el asentimiento incondicional no consigue arrancar esa mascarilla de oxígeno ni nos libra de los cirujanos que operan el cuerpo mútilo de nuestros planes.

¿Y qué nos queda? Por la acera arrastrar los pies y dejarse caer, caer donde menos se me solicite, caer por el gusto de la caída, en alguna atávica taberna cuyo ambiente exacerbe esta sensación de impotencia y debilidad. Perder el tiempo, con la palma abierta y la arena susurrando lo perecederos que somos; lo transitorio que se nos presenta todo, como si mañana todo se fuera a derrumbar para erigirse un palacio frente a nuestras cabezas. Y tal vez sea así. Lo que parece indudable es que la sensibilidad social ha sufrido últimamente un cambio drástico en todos los estratos.

Me di de narices con la esquina más familiar de El Ejido, de una calle paralela a la que concentraba auditorio y biblioteca en un mismo edificio. Había personas, de carne y hueso juraría; aún podía sentir la sombra de sus miradas buscando la mía, más allá del tiempo y de la muerte biológica, antes de que fuesen encarceladas tras los cristales de sus dispositivos móviles. No tardé en advertir algo extraño, un pequeño comercio que albergaba muebles indeseados, de aspecto rancio e intransitable, a juzgar por el angosto pasillo entre el mostrador y la tarima. Sin embargo, quién iba a negar el magnetismo, cómo explicar aquel influjo de vetusto embeleso que dirigía mis pies hacia el tendero, y sin apenas darme cuenta me hacía dar las buenas tardes. Por encima de las lámparas oscuras y un tresillo con pinta de caro, vi una estantería con una docena de libros. Cautelosamente, sorteé los obstáculos y mi mano se detuvo en un libro pardusco en muy mal estado, con algunas de sus páginas echadas a perder por la humedad. “A ese es para echarle de comer aparte”, dijo el señor con voz cavernosa. Llegué a percibir un ligero tono de emoción, como si su garganta acabara de despertar a la primera visita del día.

OCTAVIO PAZ
LA LLAMA DOBLE
AMOR Y EROTISMO

Era un ensayo de doscientas páginas. Enseguida quise saber qué era eso de la doble llama; Paz apela en el prólogo al Diccionario de Autoridades: “parte más sutil del fuego, que se eleva y levanta a lo alto en figura piramidal”. El toque original del mexicano consiste en
identificar la llama roja con el erotismo y la azul, endeble y misteriosa, con el amor. Dejé de leer, pagué quince euros por la obra (aquel señor no quiso aceptar más ni yo, todo sea dicho, insistir) y me fui a casa como alma que lleva el diablo.

De no ser por este ensayo, jamás habría reparado en los parecidos que guardan erotismo y poesía. ¿No os parece fascinante pensar en la poesía como una erótica verbal y ver en el erotismo toda una poética del cuerpo? El erotismo, a diferencia de la sexualidad, es un fin en sí mismo, niega a la procreación, y el placer se coloca cual eje en una estructura que somete al sexo, a través de representaciones, ceremonias, ritos y un sinfín de mutaciones; nada que ver con la mecánica monotonía del sexo, pues lo erótico no es sino la sed de otredad. La poesía siempre quiere convertirse en la otra voz, un puente entre el ver y el creer, entre la apariencia y la creencia, en una cristalización verbal en donde el lenguaje se aparta de su función natural, esto es comunicar. Eso explica que cada “poema ya no aspira a decir sino a ser”. Los significados llegan a anularse, dispersos o congelados cual carámbanos que deslumbrarán a quien se atreva a contemplarlos, y no pretenden la linealidad que sí se alcanza con la prosa: no veremos el prospecto de un medicamento escrito en lenguaje poético por más que alucinemos de fiebre. De ahí que el poeta precise una contención hercúlea, una pulcritud aterradora a ojos del hombre práctico, que para mañana necesita ese dichoso informe en su despacho, y si es para hoy mejor que mejor.

El poeta vuelve a su casa despedido, voluptuoso y despedido, más sediento de otredad que nunca, dispuesto a pasarse cincuenta años atesorando borradores en un cajón, alimentándose de una oscuridad ofuscadora, a sabiendas de que sunt lacrimae rerum, y de qué manera dañina. Al sexo, que pasa por encima de jerarquías y clases como en una hecatombe (creación y destrucción: anverso y reverso de la moneda), lo encarna una fuerza subvertidora, el dios Pan, cuyo desbocamiento conviene que no sea lanzado en forma de maleficio a ninguna civilización:

Lo mismo en las ciudades modernas que en las ruinas de la Antigüedad, a veces en las piedras de los altares y otras en las paredes de las letrinas, aparecen las figuras del falo y la vulva. Príapo en erección perpetua y Astarté en jadeante y sempiterno celo acompañan a los hombres en todas sus peregrinaciones y aventuras. Por esto hemos tenido que inventar reglas que, a un tiempo, canalicen el instinto sexual y protejan a la sociedad de sus desbordamientos. En todas las sociedades hay un conjunto de prohibiciones y tabúes –
también de estímulos e incentivos- destinados a regular y controlar el instinto sexual.

Las riendas de la cultura son sujetas con determinación para evitar males mayores, racionalizando una serie de comportamientos de orden instintivo. Hay dos figuras emblemáticas para Paz que, con su anhelo de negar la reproducción, se interesan por las vías sobrenaturales que induzcan a liberarse definitivamente: el religioso solitario por un lado, o sea el célibe, y el libertino por otro, los extremos de un mismo acero incandescente. Siempre han tenido lugar intentos de salvación, redenciones de carácter personal que hicieran posible una aproximación con las divinidades a fin de desodorizar el
asfixiante tufo de la turba. El culto a la castidad (cuán hondo ha calado en la tradición occidental) da por supuesto que el alma es la prisión de un cuerpo imperfecto, una metáfora platónica, asimismo delatora de nuestro irreprimible anhelo de inmortalidad, un afán de emanciparnos de la naturaleza o de nuestra condición perecedera. Así, bajo la firme convicción de que evadiendo derramar semen ahorrábamos vida (la vitalidad se fuga en cada descarga seminal o en cada orgasmo femenino), en Oriente los tántricos y los taoístas lograron exaltar tales prácticas constringentes como algo necesario para trascender espiritualmente y alcanzar estados de conciencia insospechados por
una persona de a pie. Por consecuencia, casi insoslayablemente, aparece el personaje antitético del libertino, contrario al conjunto de creencias religiosas con que se menosprecia el cuerpo con fines ‘superiores’ (porque ¿no es comparable el placer sexual al éxtasis religioso?), cuestionador incansable de costumbres y legislaciones.
Bastará recordar a Théophile de Viau y a Cyrano de Bergerac.

En cuanto a la otra llama, el amor, es preciso que os escriba en otra ocasión, generosos lectores, pues me gustaría agradecer al señor que me vendió el libro aquel encuentro fortuito del otro día y cambiar impresiones acerca de la lectura.

P.D. La tienda de muebles ha desaparecido. En su lugar han levantado una pared, y al parecer ningún vecino se acuerda del anciano.

Francisco Sánchez

Nacido en Almería en 1992, cursó el Bachillerato en Santo Domingo (El Ejido, ojalá se tratase de América). De adolescente, recorrió las tediosas e inacabables carreteras de Marruecos, impelido por el embrujo de las chabolas de sus poblados y la aridez delirante del clima. Beneficiario de una beca para estudiar un año en Varsovia. Después del frío, volvió a Almería a terminar de graduarse en Filología Hispánica (2015). A menudo su vida es equiparable a un paseo a caballo por La Rambla de Tabernas: aunque no ocurra nada espectacular en ella, el paisaje dignifica el pedregoso camino. Madrid ha sido el último paradero: un Máster de Literatura Española. el futuro está por escribir, sólo se puede imaginar; el pasado, también.

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