Cinco poemas y un inédito de Alberto Beceiro

BIOGRAFÍA DE ALBERTO BECEIRO

Alberto Beceiro nació en Ferrol en 1982.Es licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad de Santiago de Compostela. En 2006 se traslada a Madrid, donde reside desde entonces. Desde 2018 publica regularmente en varios blogs literarios, como Salto al reverso y Letras & Poesía.

En 2019 publica su primer poemario, Crónicas del último videoclub (Sr. Scott Libros).

POÉTICA

El proceso de escritura poética, en mi caso, resulta caótico. A meses de escritura compulsiva sigue un largo periodo en blanco, encontrándome a la vuelta con poemas prácticamente desconocidos. Esto me lleva a tener que reescribirlos continuamente, llegando a resultados irreconocibles respecto al poema original. Cada poema es el producto de su propio metamorfismo, sumándose distintos estratos a la composición original.

No siento, por tanto, miedo a la página en blanco porque apenas las hay. Todo lo contrario, me resulta estimulante comenzar un poema desde cero. Parto, en estos casos, de una anécdota o de un recuerdo para intuir la idea del poema que, por lo general, tardo en encararla. Comienzo apuntando unos versos y los aparco. Los esquivo, digamos, y me olvido de ellos hasta que algo inesperado −a menudo una canción− los despierta y me aporta el discurrir del poema que iré reescribiendo una y otra vez. Por lo tanto, la poesía no es autónoma en mi caso, se soporta en otras composiciones para que pueda darles forma.

El contenido de mis poemas es sencillo, el estilo también. Son narraciones en primera persona de situaciones corrientes para llegar con claridad a los sentimientos del narrador. El lector debe poder convertirse en sustituto del narrador y sentirse el protagonista de unos versos que podrían ser los suyos. Diría también que son poemas pesimistas, grises. Poemas de invierno. Es el tono que me sale, aunque no lo pretenda el poema termina adquiriendo siempre un trasfondo nostálgico y entristecido.

POEMAS

EL REGALO
La última vez que me dijiste 
que me odiabas
fue el día de tu cumpleaños.
Coincidió con una tarde azul,
o una mañana azul,
o azul era; tal vez, el color de tu jersey
o la goma con que te sujetabas el pelo
haciéndote una coleta
mientras me decías eso,
que me odiabas.

Pero el azul estaba allí mismo, lo recuerdo,
instalado en el salón mientras el regalo
que te había comprado
permanecía a medio abrir sobre la mesa.
Estático, casi atónito.
Como si pensara en su regreso
a la tienda de regalos,
a cambio de otro artículo inútil
que se le parezca.

UN POEMA DE AMOR
Esta mañana no preparé un zumo de naranjas  
que llevarte a la cama al despertarte.
Ayer se terminaron y no salí a por más.
Se me olvidó.

Tampoco he bajado esta mañana
a la tienda veinticuatro horas cuando recordé
que ayer me había quedado sin naranjas.
Ni al salir paré en el bar de la esquina,
como te prometí, para traerte
un zumo de naranjas en un vaso de cartón.

En cambio,
te dije que el del bar
también se había quedado sin naranjas.

AZUL
Fija la RAE  
que es el color del cielo sin nubes
o del mar en un día soleado.
Pero azul sería también la foto
que me enviaste de Copenhague.
Y en ella, las grúas
en aparente movimiento
seccionando una niebla
que entorpece el amanecer,
pero no impide la incipiente claridad
granulada y azul,
como si un papel de lija azul
o una tormenta de arena azul
se sostuvieran en el cielo.

Y azul sería el color del puente
sobre el canal azuloso,
donde un autobús casi vacío
circula a punto de salirse de la foto
que te imagino tomando de repente, detenida,
porque la marabunta de edificios azules
cimentada frente a ti
te haya recordado el amanecer
que nos sorprendió en la calle
y me preguntaste:
si lo que ocurre con los pájaros
es que se acostumbran a huir
o dedican su vida a encontrar un hogar.


EL DIÁLOGO IMPRESCINDIBLE
Pienso en ti, mamá, y me viene a la cabeza 
el color amarillo.
Un vasto amarillo estático
esparcido sobre ti como un manto,
que te penetra la piel y rellena tus uñas
endurecidas como estacas.
Un amarillo que te rebosa tantísimo
y apenas nos deja espacio.

Y amarillos son cada vez más tus ojos, mamá,
y el recuerdo inmenso que tengo ahora de tu voz
que se ha detenido y encogido tanto.
Porque tus sentidos lucen tan pálidos,
bajo ese tono tuyo cobrizo
que te cubre como una mancha
de sudor en el colchón,
que presagian sábanas, cuerpos
y mañanas heridas de muerte.

Qué puedo hacer si me resisto
—te lo prometo mamá—
pero el pecho se me da la vuelta
y despide un viento
que te reseca y amarillea tanto. Ya ves,
este niño tuyo mata despiadadamente
como un cazador;
primero te corta el paso
y, por último, te arrebata la coloración.


HASTA EN EL INFIERNO
Tienen razón quienes afirman 
que un amigo es para toda la vida.
No se refieren al mengano
que hizo con nosotros la escuela
y al tropezárnoslo en la calle
paramos a por un café
para ponernos al día.
Hablan, por el contrario,
de un vínculo más recio
y un afecto más honesto
que el de las familias.

Un amigo es exigente.
Reclama sinceridad, perdón y lealtad.
Por eso es muy difícil
que una persona, extrovertida o no,
arisca o cordial da lo mismo,
alcance en su vida
más de uno o dos amigos
de verdad.
Pueden contarse
con los dedos de una mano.

Bien.

Solo espero
que alguien
me presente a los míos
alguna vez.

EL FRÍO PUDO CON LA FERIA
Nunca mencionamos el amor. 
Resignados a dudar
de nuestra inocencia,
preferíamos otras palabras
para nombrarlo.
Tú utilizabas, por ejemplo,
compromiso
y decías a menudo
que las flores
no mueren de viejas,
más bien se pudren al encharcarlas.
No nombrábamos el amor
aunque nos refiriésemos a él
con insistencia.
La última vez este verano,
cuando dijiste
que en algún lugar del norte
cavan siete tumbas en agosto
que llenarán durante el invierno,
cuando el hielo haga imposible
abrir una sola zanja.
Y a continuación me abrazaste,
a espaldas de un cristal
que reflejaba un cielo a punto
de desaparecer, desmaquillándose
en borrones violetas
como tus lágrimas
de las que ya no pudimos escapar.

(Inédito)

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