Cuatro poemas inéditos de Julio Salvador Salvador

Nacido en Cádiz en 1994, de orígenes granadinos y gallegos, recientemente se ha graduado en lengua y literatura española. Lleva cinco años viviendo en Madrid. Una pequeña muestra de sus poemas ha aparecido en la antología Tintos y tinta (2016). Está preparando un proyecto sobre ciclismo y literatura. Todavía no “tiene” mucho más, pero no hay prisa por publicar. Defiende la vigencia poética de voces tan dispares como las de Antonio Colinas, Fernando Merlo, Blas de Otero o Alfonsina Storni.

 

POÉTICA

Imposible una definición de poética: ¿Deje posmoderno? No creo. Ciñéndome al diccionario hablaría de la naturaleza y de las reglas que habitan en una literatura. Ahora bien, es básico para el poeta la mezcla de la artesanía y el duende, que el poema cuenta cosas y es un ente estético, aunque sin perder de vista la misión: incrustar la imagen en el ser del que la recibe, poesía como orvallo del pensamiento. La palabra es sentido literal y sentido figurado; por ello conforma un mensaje que ase nuestra mirada y desvela una doble reverencia: equivócate, pero nunca tengas miedo a explorar con el Verbo.

 

AGONIZANTE JUVENTUD

Y se alza el alma en las alas del tiempo
y se muere, se muere,
un niño blanco tan mortal y rosa,
silente ante la muerte
como eterno a la historia.
Es él, el niño, símbolo del vientre
y grito de las madres
por la generación de luz ausente
que entregó su inocencia.
Como un ángel mustio de ánimo fuerte,
solo frente a la luna,
saca sus alas y agita la suerte,
agita su semblante
porque el niño no juega a esconderse.
Y así, sin vida, lucha,
porque el niño nunca busca esconderse,
porque en silencio vive,
vive, y no es otro muerto viviente.
Llevaba una duda para nosotros,
agonizante juventud sin gente,
para los que no creen:
¿hacia dónde se alza un alma valiente?

 

ORFEO

Cuando ruja la culebra del alba
junto al silencio quieto de las charcas,
no mires hacia atrás:
la realidad y los nombres están
delante, siempre delante.
Pero el momento se dilata
y es demasiado tarde:
tarde al ver los guijarros
convertidos en rocas,
y a ti, amor, tras el espejo
metamorfoseado
en un declinar de musgo
recubierto
como flor de cacto
como realidad de giro truncado,
como idea       que     se

evapora.

TODAS LAS ROSAS SON LA MISMA

Palabras reservadas para grandes
asaltos, para humanos
sentires de distinto signo como
el llorar o el reír; para lo bajo,
para encerrar el tiempo,
para hablar del soldado
que sostiene unos labios entre el polvo
mientras agoniza recordando
una rosa naciente
surcada por la marca del disparo
que impactó en su pecho.
Para inhalar riñas y actos profanos
propios de nuestros veinte.
Para poder nombrar lo sospechado
y lo desconocido.
Para, sin sobresaltos,
tener la elección de no decir nada.
Para adorar el tamo
de la letra en la luz de la agonía…
Pero es de insensato
desear acotar
todas las perspectivas en un vaso
de papel y cristal,
entre esquilas fieras como tornados,
pues qué nace en tu lengua
sino un juego de magos
donde todas las rosas son la misma
pero dan desigual significado.

A UNA MUJER, A LA MUJER

Una epopeya vive entre esos seres
que son hierro forjado y luz dormida,
juventud entre oleadas de fuerza,
cimas de piedra sin azul vejez.
Dan la voz de la sangre
cuyo cuerpo o canción nace en su seno,
aquella que revienta la canícula
avivando el secreto.
Mujer, dueña del tiempo,
ríe hasta que se inunde tu cabeza
en las quimeras de la realidad
y entonces, solo entonces,
sal allá afuera y roba,
tú, ya tan libre, tan dura y tan tierna,
a la tierra del mando sempiterno
esa palabra de hoy
que a tu fiebre hace refulgir de vida
(que creíste perdida
pero estaba al alcance de la mano).
Y reíd, por favor,
luz, hierro… seres, porque así será
la vida

una epopeya.

(Para S. e I.)

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