Cuatro poemas inéditos de Francisco Sánchez

Nacido en Almería en 1992, cursó el bachillerato en Santo Domingo (El Ejido, ojalá se tratase de América). De adolescente, recorrió las tediosas e inacabables carreteras de Marruecos, impelido por el embrujo de las chabolas de sus poblados y la aridez delirante del clima. Beneficiario de una beca para estudiar un año en Varsovia, beneficiario también de abruptos besos y de pacientes corazones. Después del frío, volvió a Almería a terminar de graduarse en filología hispánica (2015). A menudo su vida es equiparable a un paseo a caballo por la rambla de Tabernas: aunque no ocurra nada espectacular en ella, el paisaje dignifica el pedregoso camino. Madrid ha sido el último paradero: un máster de literatura española. El futuro está por escribir, sólo se puede imaginar; el pasado, también.

POÉTICA

Primero es necesario aclarar que la poesía coletea dentro de la esencia. ¿Cristalina, oscura? ¿Profundidades, superficie? Según y cómo. De todas formas, es un ejercicio de expurgación, de ir a la médula, entendiendo tal dirección como dichten o condensare . Por más que lo neguemos, el trasunto de aquellas permanencias es la relación entre el hombre y la naturaleza. Los elementos no cambian: tierra, fuego, aire y agua, manifiestos en sus múltiples formas. Incluso la tecnología que testimonia el progreso puede pensarse en tanto que una adaptación exitosa (?) a las cláusulas de la naturaleza. ¿Por qué no calificar de (energía) natural la imaginación del hombre, encardinada en los procesos naturales de un proyecto mayor? Allí donde se oculta el germen del mito y del poema; esas criaturas de la imaginación, que, en palabras de Bécquer, «se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse al beso del sol en flores y frutos.»

 

A LA IDEA DE MONUMENTO                                                 

Querer el cielo preso,

limar la roca hasta el endiosamiento

sobre la columnata. Amén de imanes,

el duende nos guiaba

hacia pórticos nuevos

cual águilas al sol, desafiantes.

Crear a imitación de la Gran Sabia;

teñidos de fracaso,

faltarnos el vocablo, la palmeta,

el broche, el fin, la Idea,

la flecha que sacó de su quehacer

a Febo, entrándole otro fuego.

Soñar palacios nublos

de agua llameante,

de aire y de vacío;

domar a la materia a golpes áureos.

Pecado de Babel, ay letra-dura,

sin lengua que te exprese,

sin cinto que te oprima,

sin cátedras que mengüen

tamaña sensación de abierta herida.

 

 

VOLVÍ A ESA PLAYA

Quiero llegar al mar, que es donde amé

su forma de acunar las pesadumbres,

quietas, puestas al sol por si las ve

y adopta un compasivo transeúnte.

Yo, que te huí al término del día,

volví en otra semana a suplicarte

que juntos viéramos la tarde pinta,

enterrando un puñal de viento y sangre.

Gaviotas, me avisáis de la escasez

de los momentos, fustas de las nubes,

relámpagos de imágenes al bies

clamor de risas traen como resumen.

¿Pude intentar más de lo que solía?

¿Alguien podrá sacarme de este aparte?

¿Qué me depara el viento a la otra orilla?

Puede que nada más que ardiente carne.

Ante el clavel y su pose aguerrida,

temí a las huestes y a los ataúdes;

ante los besos y las mil caricias,

destilé sigiloso unos perfumes.

Unos perfumes que según se cree

enloquecen a pobres comerciantes,

o a quien sea capaz de ahogar su piel

en revesas de labios imborrables.

 

ODA AL VERDERÓN

 

Duermen lápidas sin gente

donde el ciprés se vistió

de música y festival.

¡Canta, canta, verderón!

¡Oh rey de las soledades!

Ángel de musgo te llamas,

y en las sombras ya te posas

a dar voz a la mañana.

Se le arrima el verdecillo

a la copa a beber són,

de color y cielo hermanos.

¡Canta con el verderón!

Devoraste las semillas

más recónditas del tiempo.

Ya germinan como astros

en el erial de tu pecho.

Un jardín lleva de plumas,

los secretos del amor.

Nuncio de la primavera.

¡Canta, canta, verderón!

 

PROFECÍA ANTEDILUVIANA

 

Retened airosos los pequeños bienes:

   será cuestión de poco tiempo el irse

      a dormitar en nidos de tiniebla

         sin modelable orilla,

            a la caída de un telón

                de osamenta y espumaje.

De la cárcel que salve nuestras vidas,

     tras nueve soles, la novena

          luna al fin disipada,

              saldremos, dulce Pirra;

                  del viejo mundo aplaude

                      que sea una pesadilla,

                          en el olvido hundida.

                                La tierra cubrirás

                                     de enjambres de esperanza.

Yo arrojaré de piedra una cascada

     que llenará el lugar de vida;

           arriesgaré todo a una tirada:

               Los dados reptan espejeantes.

                   ¿Puedes ver a los dioses

                         trémulos como estrellas?

                              Palpita tan sediento

                                  de mañana este monte,

                                      desde hoy nuevo corazón de Tesalia.

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