Cuatro poemas y la poética de Daniel Aceña

La Revista TEMBLOR tiene el placer de presentarles a un epicentro prometedor y de calidad, el poeta madrileño Daniel Aceña, que ha publicado en nuestro quinto número en papel.

Daniel Aceña Caballero nació en Madrid en 1989. Desarrolló su gusto por la lectura desde niño, con los cómics, para después pasar por la literatura infantil y juvenil hasta llegar a la literatura adulta comercial. Sólo más tarde descubrió su interés por los clásicos literarios y el Arte. Estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid. En la actualidad, ejerce felizmente como profesor de Lengua Castellana y Literatura en ESO y Bachillerato. Ha publicado varios poemas y relatos breves en las antologías de Diversidad Literaria, así como una antología de poesía-relato breve-amistad-vino llamada Tintos y tinta . Actualmente está finalizando lo que sería su primer poemario en solitario.

POÉTICA

Su primer contacto serio con la lírica puede resumirse en: amalgama de versos y estrofas clásicas y mal medidas cargadas de ingenuos ripios y el orgullo desenfrenado que dan los diecitantos. Poco después, influido por distintos cantautores, vio su estilo virar hacia algo parecido a una poesía de la experiencia de ínfima calidad. Tras pasar por la Facultad de Filología ese estilo no podía quedar intacto: a lo largo de una crisis estética aún hoy vigente sus versos se fueron cargando de símbolos e imágenes que oscilan entre lo fugaz del aquí y el ahora, El Madrid del siglo XXI, y lo eterno, los elementos y la naturaleza.

 

Poemas

ASÍ PASEN LOS AÑOS 
Hemos perdido muchas cosas por el camino.
Pero
aún queda cariño
en las raíces de un naranjo.
Aún queda bondad
en los neumáticos de los camiones.
Aún quedan palabras
en las gargantas de los muertos.
Y las manos. Aún quedan las manos.

(Inédito)

PALABRAS PARA VOSOTROS
Para aquellos de corazón inerte
que no supieron nunca alzar el vuelo:
Poema de amor y muerte.
Los que domaron el caballo de Hambre
y guardaron el cariño con celo:
Canción de barro y sangre.
Para los que no pudieron dar más
que el sudor de su frente y de su pecho:
Poema de orgullo y paz.
Para la pluma del poeta amigo
que jamás ha buscado tocar techo:
Canción de sueño y trigo.
A los que pare orgullosa la tierra
y ve después regresar a su seno:
Poema de polvo y guerra.
Para los que infames mueren de pena
Y confunden la vida con veneno:
Canción de fuego y arena.

(Inédito)

PEQUEÑAS COSAS QUE NOS HACEN HUMANOS 
Fuego que araña mis venas,
que me arranca a dentelladas
las ganas de morir;
viento púrpura que se empeña en sufragar
el desarrollo de mis manos
y el desgaste de mis uñas;
cepillo de cepillar
las hebras duras
entre los dientes del olvido,
quiebra
ramas
del
  olivo
para hacerme suplicar.
(Los sentidos pierden su nombre
o lo dejan tirado por cualquier esquina)
El caso es tener siempre razón.
(O perderla)
Habemus anima,
y al final
hasta las zarzamoras dan su brazo a torcer
y acompañan esta danza negra
con sus pies delicados y valientes.
Son los vientres apagados
los que nos hacen cuestionarnos el pasado,
mas nunca, nunca, el presente;
porque el presente no tiene nombre.

(Inédito)

SONETO: EDUVIGES DYADA A JUAN PRECIADO
No debiste venir a este lugar
Al viajero no espera más que muerte.
Por él viniste, mas no hallarás suerte:
hace años que le tocó descansar.
Murió esta tierra. Sin vida. Sin mar.
Yermo este suelo que un día fue fuerte,
árido, seco, despoblado, inerte.
De él los fantasmas han hecho su hogar.
Ha tiempo a esto dio vida el amor,
cuando no había moral corrompida.
Y después solo locura y dolor.
Revolución, patria, gente perdida,
olvidados por un Dios estertor.
Seca de sangre quedó hasta la herida.

(Inédito)

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