Cuatro poemas y la poética de Sesi García

BIOGRAFÍA DE SESI GARCÍA

Sesi García nació en San Sebastián de los Reyes, en 1992. Se graduó en Estudios Hispánicos por la Universidad Autónoma de Madrid, donde también realizó un Máster en Literaturas Hispánicas. Ha participado en numerosos recitales y proyectos poéticos, como ‘De verso en pueblo’, y cuenta con cuatro poemarios publicados: Tabaco de liar (Canalla Ediciones, 2012), Otro perfume de hablar (Eirene Editorial, 2014), ¿Quién me compra este misterio? (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2017) y El octavo día de la semana (Baile del Sol, 2018), aunque sus poemas también forman parte de antologías como Antología poética Bukowski Club (Canalla Ediciones, 2011) o En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis (Bartleby Editores, 2014). En 2014 ganó el XV Concurso de Poesía de la UAM. En la actualidad combina sus actividades poéticas con un doctorado sobre la poesía de Manuel Vázquez Montalbán.

POÉTICA

Si yo escribo poesía, es porque en ella encuentro la única forma válida de expresión que me permite entender, explicar y gestionar aquello que existe entre mi mirada y la realidad, ya sea esta una realidad ‘real’ o una realidad perteneciente al plano del deseo. Y sin olvidar que la poesía es una manifestación literaria —la vida, en este sentido, no puede ser poesía—, un texto, al fin y al cabo; por lo tanto, este ejercicio requiere y siempre requerirá de un trabajo y de una técnica rítmica previos a su resultado, una suerte de taller sin la cual la veracidad poética de lo expresado quedaría
completamente vacía.

POEMAS

Eres bonita. Cuatro días y el tiempo detenido
en una pausa monstruosa. La pausa engaña, pero eso es grande.
En este piso los tres juntos
hacemos de un elenco de sucesiones blancas
una pared abierta, un cuadro circular en común:
almorzamos hoteles mentirosos
con balcones pequeños que muestran un Madriz imaginado,
comemos en la Calle Daoiz alguna batallita de abuelos, me mostráis la vieja casa,
fumamos en el patio
y más tarde beber, beber y beber como apagados músicos de rock,
primero en este sitio, luego en aquel otro,
y así el día acaba
hasta que llega el punto en que os echo de menos.
Qué dulzura, y la luz segoviana, aquella del periplo en autobús:
turistas, esgrafiados, acueducto, alcázar, cochinillo, leyendas, nuestra historia de
          España,
pero al fondo y cubriéndolo todo
el descanso que traen los amigos,
la soledad individual,
la imaginación propia.
Y resulta que el semen de mi tiempo
fue una nada de cruces sabrosas.
Sentí la vida entonces.
Sentí ojos generales.
Sentí aquella ciudad ajena acariciándome la cara,
y a su lado un café con leche y el aire de una buena amiga, cercano, sin quimeras, ahí.
Sentí la vida entonces,
el color extranjero,
sus dibujos delante del cuerpo tan míos de repente.
(Otro perfume de hablar, 2014)

 

EL TALLER

A Hanníbal Bécquer

Ay, amigo, en las calles lo tenemos:
el dibujo del hambre; las dos fuentes
—porque siempre hay otra— goteando,
bien cerradas, deseo y calendarios
por un tronco, un pasaje roto, un tanto
que se nos va, pero del que algo queda.
En las calles, ya sea en las pantallas
de la ficción o en nuestra Periferia,
encontramos esa callada noche
de verdad que nos mueve la mirada
para hacer del trapo, de la prenda,
de la semilla algo eterno.

Pero
—y esto nunca lo olvidaremos— es
el techo del trabajo quien nos limpia
las gafas cuando regresamos serios
y pergeñando acentos de la imberbe
sombra de las farolas, y arropamos
con música la voz de los zapatos
hasta encontrar el puente más perfecto
que haga un cuerpo común de todas esas
palabras y palabras y palabras.

(¿Quién me compra este misterio?, 2017)

 

 

Por la noche esa vela,
que en lugar de iluminar apaga,
de mis ojos la tela,
siempre haga lo que haga,
rasga y me enseña del tesón la llaga.

(Funny games, 2016)

 

 

Mil agostos te he visto, frutecida

                Ciudad.

                             Ciudad de hojas caducas

                             como mujer en rústica

y he cedido tu acera a la luna descalza

Juan Larrea

 

Aquellas fueron las noches más largas.

Siempre hubo una respuesta invisible
para nuestras miradas altas,
altas, muy altas
hacia la infinitud fuera del tiempo
de la catedral.

Sobre el camino abierto
de vino y musgo, fuentes de orina
frente a las escaleras de nuestra rutinaria
canción de libros y aulas.

Aún no sabíamos quién era Franco
Battiato, ni tampoco habíamos
cansado los senderos de Madrid
—salvo un par de jornadas de pensión
entre la casa y los estudios—,
pero dichoso catálogo el nuestro
que sabía de puentes, ranas y lazarillos.

Aquellas noches fueron
el fuego de la intensidad,
gritándonos latines con la boca
ardiendo, jóvenes de provincia
en provincia sin sueño
y sin sellos en donde comprar un
sillón.

De todas las ventanas negras
elegíamos una para desear un cuerpo,
abotonando y corriendo chaquetas,
pensando en los ojales
que cerrarían el amanecer.

(Inédito)


 
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