El placer de las mentiras basadas en hechos reales

Philippe Besson vuelve a su adolescencia en «Deja de decir mentiras» (La Caja Books) para echar cuentas con la herida que abrió la garra de un amor iniciático y homosexual en una Francia rural que nada favorecía ni una cosa ni la otra. Este es un libro que he sentido cercano, tanto que me ha obligado a pensar sobre la ilusión de cercanía que ofrecen algunas novelas. Y digo ilusión porque, a no ser que conozcamos al autor, la intimidad que se nos regala es siempre la de un extraño, la de alguien que, muchas veces, ni vive en nuestro país ni pertenece a nuestra generación o a nuestro siglo. Entonces, ¿cómo puede ser que historias de vidas tan dispares a las nuestras nos hablen desde lugares tan cercanos? Si alguien lee hoy El licenciado vidriera quizá hasta se pregunte si Cervantes no se está riendo de la hipersensibilidad tuitera al poner sobre la mesa la fragilidad de aquel Tomás Rodaja al que le gustaba opinar de todo. Desde luego, lo que acabo de escribir es una idiotez, pero por lo menos espero que sirva para señalar la capacidad que algunos escritores tienen para construir esa cercanía, en definitiva, de codificar en clave universal sus particularísimas intuiciones sobre la condición humana.

Esta sensación de cercanía se ve generosamente acrecentada si el lector parte del conocimiento del carácter biográfico de la obra porque, reconozcámoslo, hay algo de un morbo que nos atrae en las historias basadas en hechos reales. Un morbo que nace de la ilusión de que la ficción brota directamente de la realidad, que las heridas y las alegrías que se cuentan han operado sobre la carne y la piel de otro, como tú y como yo, y no sobre la demiurga imaginación del novelista de turno. Se tiende a tener la sensación de que son menos mentira, como si se estuviera recibiendo una dosis de realidad menos cortada, menos adulterada; real stuff, a fin de cuentas. Recuerdo los créditos de inicio de la película Fargo, en los que se avisaba de que todo lo que iba a ocurrir a continuación estaba basado en hechos reales. Era falso, pero el espectador que entrara al estreno allá por el 1996 no tenía forma de saberlo e inevitablemente se preguntaría al salir de la sala: «¿Cómo es posible?». Este tipo de narraciones biográficas o históricas son morbosas porque ponen en marcha en nosotros un mecanismo según el cual lo real nos parece exagerado e hiperbólico. Hacen que veamos la realidad reflejada en el azogue de la ficción y nos mueven al asombro.

Pero que la vida de otro palpite bajo las palabras no suele ser suficiente. Pensemos en la más ininteresante autobiografía escrita en lo que llevamos de milenio y todos coincidiremos en que, efectivamente, ninguna cercanía podrá hallarse en Justin Bieber: mi historia. Es necesario un artificio en el lenguaje para crear esa sensación de proximidad. Besson lo logra con una prosa llanísima y una manera de construir escenas y evocar espacios y recuerdos de lo más refrescante. A lo largo de todo el texto, el narrador nos va explicando los ardides con los que arma sus novelas, y en uno de estos fragmentos metaliterarios, nos desvela el truco del almendruco:

«A esos lectores, en general, les explico que la verosimilitud es más importante que la verdad, que la precisión cuenta más que la exactitud y, sobre todo, que un lugar no es una topografía sino la manera de narrarlo, que no es una fotografía sino una sensación».

El narrador habla aquí de su capacidad de aproximarse a lugares en los que nunca ha estado, pero lo mismo podría decirse de personas a las que nunca ha conocido. Su manera de narrar es aparentemente desordenada: va y viene en el tiempo, salta de un personaje a otro y sus descripciones son deslavazadas e impresionistas, pero conforme uno avanza en la lectura, comienza a ver los trazos de un retrato cubista, se insinúan los perfiles de Philippe Besson y de su amante de juventud, Thomas Andrieu y, finalmente, los haces de sensaciones que parecían fragmentarios dan lugar a una narración compleja y demoledora. De este modo, «Deja de decir mentiras» obra la hazaña de hacer verosímil y creíble la mentira que es siempre la ficción, por muy biográfica que sea. Cualquiera con dos gramos de sensibilidad podrá encontrar en esta novela el dolor y la inquietud de un hombre que asiste a una realidad que le corroe el alma y que se postra ante la certeza de que la persona a la que ama no le corresponde porque es incapaz de hacerlo, porque no sabe y no porque no quiere.

 

 

Raúl E. Asencio Navarro

Estudié Periodismo en la UCM y, algún tiempo después, un Máster en Literatura Española.

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