Recuperar lo real

Baudelaire, el más visible abanderado de «el arte por el arte», incurría en una fascinante contradicción. Mientras escribía lo siguiente: «La poesía […] no tiene por objeto la verdad, sólo se tiene a Ella misma. Los modos para demostrar la verdad son otros y están en otra parte. La Verdad nada tiene que ver con los cantos», aplaudía la capacidad del artista y de su obra para penetrar en la naturaleza y en el misterio del hombre y apuntaba la idea opuesta: «La imaginación es la reina de lo verdadero». Este mismo drama era vivido por otros autores que abrazaban la idea del «el arte por el arte», como Wilde o Flaubert, aunque dicha tensión acabaría por extraviarse en los lodazales de la modernidad.

A raíz de las tesis nietzscheanas y los presupuestos científicos de Ernst Mach, comienza a conformarse la idea de que la realidad no existe más allá de la interpretación que le da el individuo y que la percepción del mundo no es otra cosa que un cúmulo de sensaciones poco fiables. Dicho de otro modo: la realidad comienza a desvanecerse, a transmutarse en un reflejo engañoso o un espejismo. Y así, es sencillo que nos veamos atrapados en la misma trampa que Augusto Pérez, el protagonista de la unamuniana nivola, Niebla, es decir, que las preguntas esenciales se desbaraten frente a la densidad de una incertidumbre imposible de salvar. ¿Quién puede preguntarse sobre su identidad o sobre el sentido sin la confrontación con lo otro, con lo ajeno? Algunas ramas de la crítica literaria ya han asumido la trampa unamuniana y sus estudios parten de la premisa de que hemos perdido irremediablemente la realidad.

La realidad se ha visto sustituida por un subjetivismo cuyo axioma es “el todo vale”, lo cual acaba por anular cualquier posibilidad de profundizar tanto en temas individuales como colectivos. Es un ataque sin paliativos contra la posibilidad, el deber, que tenemos, como seres humanos y como sociedad, de reflexionar. Nuestro mundo ya no quiere que contestemos a ciertas preguntas. No molestan las respuestas, sino el proceso de cuestionamiento, urbi et orbi , incómodo para la velocidad de vértigo que ha tomado el vivir presente. Estas frases son lapidarias pero nos ayudan a entender la geografía por la que discurren los caminos de la contemporaneidad. Si rasgar lo real para abrirse a lo ajeno ya no es una preocupación, es sencillo entender los ejercicios de solipsismo y de absurda reducción del yo que lleva a cabo la nueva poesía que se vende masivamente o que post-truth (posverdad, en castellano) sea la palabra del año según el Diccionario Oxford . La poesía, si quiere serlo, no puede negar la búsqueda de lo verdadero, de lo ajeno, de lo real. Para ello, quizá sea de ayuda no perder de vista aquellos versos de Keats:

Beauty is truth, truth beauty,—that is all

Ye know on earth, and all ye need to know.

Editorial publicado en el segundo número de TEMBLOR.

No Comments Yet

Leave a Reply

Your email address will not be published.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.