El Tour como ficción (I). Introito: sobre Borges, la leyenda de Ossian y Chris Froome

En el comienzo del Tour de Francia, evento que para nuestros lectores se identifica con multitud de epítetos e ideas de lo más dispar -aburrido, siesta, dopaje, heroico, desinterés, esfuerzo, ¡poesía!, etc.-, resulta difícil no pensar en la interpretación de las vivencias. Todos los meses de julio asistimos a ese extraño ritual de corredores de diferentes estilos que suben y bajan colinas por toda la geografía francesa: desde el ligero escalador hasta el esprínter trotón, pasando por aquel sospechoso corredor multiherramienta capaz de obrar todo tipo de hazañas hercúleas y cuya fisonomía es variable en claro homenaje a las infinitas combinaciones de las bases nitrogenadas del ADN –o del ARN, si queremos aún más posibilidades y un colorido festival a lo Jurassic Park. Hasta la llegada de cada Tour, verano tras verano, nuestra mente ha vivido multitud de inéditos momentos, o si se prefiere, ha interpretado todo tipo de novedosas narraciones. Cada año que pasa llega un nuevo Tour y transitan por nuestra mente los recuerdos que hemos ido atesorando a lo largo de los doce meses anteriores, al estilo de los barcos que vienen y van del puerto mediante su movimiento horizontal o de las rosas que crecen, siempre, sensibles al paso del tiempo.

Un paso del tiempo que nosotros notamos, pero que, sin embargo, solemos no considerar como un rasgo definitorio en las ficciones. Desde una perspectiva literaria, tal vez esto se origine porque el lector, en su ingenuidad, identifique la historia que cuenta la ficción con la verdad, como si las palabras no pudieran esconder una vocación de engañifa y artimañas camaleónicas. El lector obvia la temporalidad del relato y prefiere adherirse al hecho ficcional tal y como está escrito, porque el relato es en cuanto a recreación presente,  olvidándose de que el discurso literario es lingüístico y posibilita todo tipo de recreaciones, tanto de interpretación literal como de índole contextual. No obstante, seguramente no nos planteemos esto en las ficciones porque asumimos que tienen una naturaleza travestida: parecen realidad, pero no dejan de ser sino una farsa, algo que no es.

Para el caso que nos interesa, el ciclismo estaba a medio camino entre ficción y realidad. Un evento en presente que, sin embargo, se abre con naturalidad a todo tipo de reescrituras. Como bien ha señalado el ya veterano y curtido en estas lides, Sergio Palomonte, “el ciclismo vive en el eterno retorno”, lo que podríamos enraizar con las posibilidades de una exégesis que varía con el paso del tiempo –de ahí la ingenuidad del lector, pues normalmente no nos damos cuenta de que los hechos narrados en una ficción han de pasar por la paradoja de la temporalidad ya que nosotros somos seres temporales y, si me apuran, hasta aspectuales- y que puede acabar llevando a que no se distinga lo que es verdad de lo que no lo es, y, por tanto, a confundir realidad y ficción, y que una y otra se coaliguen o con el engaño o con la verdad, para desesperación de los seguidores de este deporte. Sin embargo, en los últimos tiempos la ficción ha tomado la delantera. Esto, en definitiva, es lo que ha conseguido Chris Froome, el gentleman keniata que presenta unos números de leyenda (cuatro Tours, un Giro y una Vuelta).

Ya se sabe: el típico ciclista que va a pie. Un claro ejemplo de reinterpretación y ficcionalidad.

Pero, antes de profundizar en esa tesis, hay que ponerla en perspectiva. Por lo general, en el caso del ciclismo, se ha de relacionar la interpretación de sus hechos con el curso de la historia, con el paso del tiempo: pensemos en el cambio de prisma de muchos artículos y reseñas del mass media tras el caso Armstrong; el ciclista norteamericano pasó de ser considerado un ejemplo de lucha y admiración, tras superar un cáncer testicular y, posteriormente, ganar durante siete años seguidos el Tour (1999-2005), a ser visto como un personaje mafioso que se dopaba sin ningún tipo de escrúpulos y que, si era menester, usaba los medios a su disposición para vencer y derrotar –en toda la amplitud del verbo- a sus adversarios. Actualmente Lance se ha convertido en “Low Cost Lance” (genial apodo surgido de los foros de internet) y no deja de ser un pobre diablo que hace podcast en su caravana. Pero no le den por muerto, tiene pinta de resurgir al modo de Jordan Belfort (Leonardo Di Caprio) en El lobo de Wall Street.

Incluso en nuestro país tenemos un caso de interés: el tratamiento que se le dispensó al último gran estandarte del ciclismo patrio, Alberto Contador, varió de forma considerable tras el esperpento de su positivo explicado por las mortaledadas de una carnicería de Irún o por el conjuro de un sabio Frestón, terriblemente poderoso y malvado. No obstante, Contador tuvo la inteligencia suficiente para reconvertirse de tiburón tigre dominador a una mezcla en bicicleta del Che Guevara y el Cid Campeador, lo que garantizaba sesiones de ataques lejanos a 100 km. de meta, de parafernalia épica y, hay que reconocerlo, de diversión para el espectador, pero, a pesar de ello, hasta los medios patrios tuvieron cuidado de encumbrarle como a Miguel Induráin, quizás porque eran conscientes de que el corredor madrileño tuvo que reformarse mediante cierto postureo. Los grandes periódicos deportivos le rindieron homenaje tras la Vuelta 2017, al retirarse, aunque en sus notas de prensa asumieron el historial que la U.C.I. (Unión Ciclista Internacional) le atribuye al ciclista de Pinto (Madrid): 2 Tour, 2 Giro, 3 Vueltas, frente al 3 + 3 + 3  que todos vimos en su momento y que Contador defiende atesorar. ¿Reescritura de la ¿ficción??.

Estas reinterpretaciones son propias de algunas farsas literarias de larga trayectoria. Comparte muchos rasgos con las múltiples exégesis que nos ofrece el ciclismo moderno la leyenda de Ossian. Este bardo caledonio fue considerado como uno de los grandes poetas de Irlanda y origen de gran parte de la mitología gaélica. Su fecha de nacimiento se data en el siglo III. El redescubrimiento del mito de Ossian se dio durante el prerromanticismo y su influencia fue notable en el movimiento romántico: Goethe, Walter Scott, Lord Byron, José de Espronceda… En el caso de Espronceda se aprecia en el poema Óscar y Malvina (1831) que lleva el revelador subtítulo “imitación del estilo de Ossián”.

Este boom de la figura de Ossian se debió a uno de los poetas de cementerio del prerromanticismo inglés, James Macpherson (1736-1796). En 1791 este señor afirmó haber descubierto una serie de manuscritos en gaélico que en 1765 darían lugar a una edición completa de toda la saga de Ossian. Años más tarde, los estudios concluyeron que esta saga de Ossian había sido una mezcolanza de baladas gaélicas recogidas por Macpherson, manuscritos medievales y la propia genialidad creativa de este poeta más dado a meditaciones sobre la eternidad, lo sublime y una catarata de ataúdes y gusanos. Esto no quita que Ossian, quien al parecer existió, influenciase, a través de una mutación como heterónimo de Macpherson, a muchos de los grandes autores del XIX, y que posibilitase el abandono de las áridas formas neoclásicas y el descubrimiento de un yo subjetivo y popular, cuya esencia estuviese imbricada en la naturaleza.

Macpherson troleando al personal. Fíjense en su cara tranquila. Igualito que Froome. E igual que yo, querido lector.

De esta forma, como se comentaba párrafos más arriba, este tipo de reescrituras parecen haber evolucionado gracias a un nuevo artista: Chris Froome. Hasta los paganos contrarios al credo de la bicicleta han oído algo de esa sustancia conocida como “salbutamol”, sustancia que apareció en una cantidad nada desdeñable en el cuerpo de Froome en la etapa 18 de la pasada edición de la Vuelta Ciclista a España con final en Santo Toribio de Liébana. La telenovela se ha prolongado durante algo más de nueve meses y, finalmente, de manera un tanto increíble, hasta la A.M.A. (Agencia Mundial Antidopaje) se ha rendido a unos 8.000 folios de estudios científicos, que, desde luego, añaden más sabor a la ficcionalidad ciclista. Los trucos demiúrgicos de Froome y su todopoderosa escuadra, en definitiva.  Durante todo este tiempo Froome ha conseguido aumentar su palmarés: una medalla de bronce en los mundiales de ciclismo y el Giro de Italia de 2018.

Escena daliniana titulada “Composición con tres figuras (Academia neo-realista)” o “El ventolín es más dulce que la sangre”. Pregunta: ¿realidad o ficción?

El proceso de investigación acabó acorde a las leyes del bucle infinito: al día siguiente de que el Tour anunciase su veto a Froome, este era absuelto del caso de dopaje. Esta cuestión, unido al desarrollo del Giro, con una remontada inspirada en la tradición hispánica de la Reconquista o, para los incrédulos, en las “salsas” de Panoramix, y al oscurantismo en la resolución del proceso, ha provocado que el ciclismo se convierta definitivamente en un círculo laberíntico (permítaseme la hipérbole) en el que no se puedan diferenciar unas ficciones de otras. No es descabellado, por tanto, pensar que el homenaje de Froome a Macpherson, involuntario o no, de pie a que el ciclismo se pueda interpretar como un libro en perpetua escritura y reescritura (¿por qué no?), del que es imposible saber qué fue primero: si la realidad o la ficción. Sabemos que ambas cohabitan en él, pero tal vez estemos ante una ficción que contenga otra ficción. Un Ossian que contenga a otro Ossian.

¿Realidad o ficción? Parece más creíble que muchas de las cosas expuestas en este artículo…

Esta constitución de la realidad como ficción, o como resultado de la mezcla de ficciones, se entiende mejor con una pequeña mención a Borges, de vital importancia. El poema “Instantes”, del poeta argentino, apareció en la revista Plural, fundada por Octavio Paz, en el número de mayo de 1989. Citemos el poema, para los curiosos:

Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría
más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería
más helados y menos habas, tendría más problemas
reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente
cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener
solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos;
no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin termómetro,
una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas;
Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres
y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya tengo 85 años y sé que me estoy muriendo

En 1976, en una entrevista la escritora mexicana Elena Poniatowska recitó dicho poema borgiano a Borges, al querer tratar con el maestro el tema de la felicidad y de la temporalidad de las vivencias. Sabemos que fue el año 1976 porque dicha entrevista aparece en el libro Todo México de 1990. Sin embargo, en 1976, Borges tenía 77 años, lo que choca con lo enunciado en el último verso, aunque podríamos asumir esa frase como una licencia poética, porque, además, parece absurdo equiparar de facto lo dicho por el poema con la verdad absoluta.

María Kodama, viuda de Borges, siempre ha defendido que “Instantes” es un apócrifo borgiano, cuya autoría habría que otorgar a una tal Nadine Stair.

Además, para terminar de configurar otro bucle, la entrevista de Poniatowska editada en 1990, había sido publicada en ¡1973! en la revista Novedades. Publicada, como es natural, sin el fragmento en el que se recita “Instantes”. La reinterpretación de lo vivido, que, al fin y al cabo, se suele dejar seducir por las características de la ficción cuando se transforma en escritura, se impuso y creó nuevas ficciones, realidades, verdades y cosas que no eran tan verdad. La cuestión es que Poniatowska pensaba que la autoría de Borges era real. Quien quiera conocer más sobre este fabuloso caso de superposiciones de la ficción, debería consultar el ameno artículo de Iván Almeida, Jorge Luis Borges, autor del poema “Instantes”.

En conclusión, en medio de toda esta ficcionalidad un tanto caótica y exasperante, el Tour ha llegado. Como siempre. Y, una vez más, con multitud de candidatos: el francés Bardet, cual héroe carolingio en estado de gracia; el italiano Nibali, capaz de lo mejor y de lo peor como Marinetti; el holandés Dumoulin, derrotado en el Giro, pero que busca incidir en su resistencia como sus antepasados ante el Gran Capitán; el español Landa, ahogado en el lago de la veneración y el escepticismo de los aficionados, al uso de su paisano Unamuno; y Nairo Quintana, colombiano cuyas aventuras podrían incluirse en El coronel no tiene quien le escriba o en cualquier novela escrita por García Márquez, más si tenemos en cuenta el desarrollo de la primera etapa, en la que ya ha perdido un minuto por culpa de los devenires de la Fortuna, en un lance disfrazado de doble pinchazo a falta de 3’3 km. del final de etapa en Fontenay-le-Comte, en Bretaña, zona celta y, por tanto, de ascendente ossiánico…

Pero todos estarán supeditados al creador de la confusión, al individuo que es realidad y ficción al mismo tiempo, al individuo de cuyo palmarés no podremos conocer su veracidad o falsedad. A pesar de que se haya caído -una vez más- y haya perdido 50 segundos, todos dependen de Froome. O de Macpherson. O de los “Instantes” de Borges.

Con esta primera entrega, durante las próximas tres semanas, coincidiendo con La Grande Boucle, y tras convencer a mis pobres y pacientes colegas de TEMBLOR, mi compañero Luis Fernández Mosquera y este servidor les ofrecerán una pequeña serie de artículos en los que relacionaremos el ciclismo con la literatura (o cualquier tipo de expresión artística que se nos antoje).

El Tour como ficción, querido lector.

*La imagen que encabeza este artículo en la página principal de TEMBLOR es de la ilustradora Virginia Herrera, autora de la serie “Escritores en bicicleta”.

Julio Salvador Salvador

Filólogo que le da vueltas a eso de la lengua y la literatura, que no tiene precio. Para todo lo demás mastercard (y Valle-Inclán).

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