El Tour como ficción (II). Esperando a Godot

Yo soy muy madridista y sigo por igual al equipo de fútbol y al de baloncesto, de modo que este año he visto a mi equipo ganar dos Copas de Europa. Esto no tiene mucho que ver con el Tour, pero me gusta recordarlo siempre que puedo. El caso es que la primera de las Copas de Europa, la de baloncesto, fue algo incompleta. Suelo invitar a ver todos los partidos de la Euroliga a un amigo (pongamos que se llama Luis) y resulta que la final le coincidió con un viaje de estudios a Comala, creo recordar. Como romper la tradición es algo doloroso, no me quedó más remedio que invitarle a ver el partido grabado. Viéndolo por segunda vez, se me ocurrió una idea inquietante que bien podría ser el argumento de un cuento de Cortázar. De pronto, poco antes del descanso, una jugada señalada (un triple importante, por ejemplo) terminaba de forma distinta a como yo la recordaba; me engañaría la memoria, no era cosa de prestarle más atención. A la vuelta, sin embargo, volvía a ocurrir, y cada vez con mayor frecuencia: el Madrid fallaba canastas que había metido la primera vez y al Fenerbahçe, nuestro rival, le entraban los tiros que se le habían salido en directo. El desarrollo del partido era cada vez más sorprendente y terminaba, ay, dolor, con la inesperada derrota. Aunque con un estremecimiento, pude restablecerme de la siniestra ocurrencia. No se me ocurrió en ese momento que era muy fácil empeorarla. Imaginemos que, viendo un partido diferente, todas las jugadas fueran idénticas, una por una, a las del día anterior: un delirio obsesivo y orwelliano del eterno retorno.

Eterno retorno. No duden que esta imagen la volveremos a ver… y que la volveremos a reutilizar ad infinitum en este especial, faltaría más.

Pues bien, algo así nos ocurre todos los años a los impenitentes seguidores del ciclismo. La pesadilla que entonces no recordé, por usar el verbo correcto, ha vuelto a repetirse otro julio en el Tour de Francia. Desde que tengo memoria, la primera semana del Tour ha sido una tortura soporífera destinada con toda seguridad a “escoger sus lectores”, esa frase que a veces se utiliza para referirse a las malas primeras cien páginas de una buena novela de quinientas y a enseñar todos los castillos y las llanuras más verdes de Francia. De vez en cuando, se cae un ciclista y esa es toda la emoción. De los espectadores se espera que, haciendo honor a nuestro nombre, soportemos estoicamente la propuesta (llamémosla así) con la esperanza de que las etapas alpinas y pirenaicas den sentido, aunque sea en cuatro ráfagas, a las tres semanas de fidelidad televisiva.

Ocurre, no obstante, que desde hace algunos años es imposible encontrarle sentido ninguno a la carrera, que parece haberse instalado resueltamente en el absurdo más redondo. Donde antes había ataques, contraataques, demarrajes, escapadas, toda suerte de lances épicos, en una palabra, ahora tenemos el chucuchú del tren del Sky, el equipo todopoderoso que, como el caballo de Atila, impide que crezca el ciclismo por donde pisa. En el último vagón de dicho tren suele ir cómodamente sentado Chris Froome, un extraño corredor al que en algún momento habrá que dedicar el espacio que merece. Ciñámonos de momento a sus brillantes orígenes, que entroncan directamente con las más respetables tradiciones literarias y conformémonos con señalar que en el prodigioso verano de 2011, como si se hubiese caído en la marmita de Panorámix, se convirtió de Jesús Hernández en Miguel Induráin (o en términos literarios: de Ideáfix en Julio César). Desde esta metamorfosis contrakafkiana en la que pasó súbitamente de escarabajo a caballo de carreras, Froome es el mejor ciclista del mundo y gana el Tour siempre que quiere (en 2012 se lo regaló a su inefable compañero Wiggins, a la postre Caballero del Imperio Británico, y en 2014 abandonó porque no le apetecía correr con lluvia), además de diversas hazañas que ya habrá tiempo de comentar.

Ejemplo gráfico de la destrucción del ciclismo. Solo que Atila se iba de colegueo con el Papa León I. Aquí ni eso.

Desde 2013, por tanto, y salvo ausencia, el guión del Tour se mantiene inalterable: la primera semana es aburrida, la segunda también y la tercera también; finalmente gana Froome sin que nadie le inquiete. De los espectadores ya es imposible saber qué se espera, pero algunos empezamos a sospechar que todo es una amplia maniobra didáctica para hacernos entender el sinsentido del ciclismo y de la vida. Como Vladimir y Estragón, nos sentamos en una cuneta (en el sofá, pero debido a la cercanía de la carretera televisor mediante viene a ser lo mismo) a esperar un Godot que nos redima de nuestro aburrimiento. Por supuesto, en realidad no esperamos que llegue: tampoco este año.

Queda claro, pues, lo que va a pasar en lo que queda de Tour: nada, en una palabra. Pero, ¿qué ha pasado hasta ahora? La sola pregunta me recuerda a una profesora de mi instituto que dio algunos años Literatura Universal en 2º de Bachillerato y tenía que explicar, en consecuencia, Esperando a Godot. La pobre decía: “Es una obra en la que no pasa nada, pero todos los años tengo que leerla para recordar lo que no pasa”. Era exacto, desde luego: lo fundamental de la obra de Beckett es lo que no pasa, y como no pasa nada, lo fundamental es la nada. Así es también en el Tour, que nació como epopeya y se adentra en la vejez como obra vanguardista-existencialista. Hagamos recuento, pues, de todo lo que no ha pasado esta semana.

En las primeras etapas no ha habido escapadas. O, para mayor precisión, sí las ha habido: escapadas unipersonales en su mayor parte que han permitido al pelotón llegar a meta en un par de ocasiones con más de media hora de retraso. Sopló un poco de viento, pero nadie quiso formar abanicos, uno de los lances más apasionantes del ciclismo: abrieron la carretera para que todo el mundo fuese bien protegido y punto. Ha habido caídas y pinchazos, eso sí, cómo no. Dumoulin, Quintana y el local Bardet salieron perjudicados; este último ha quedado prácticamente eliminado, teniendo en cuenta que parece incapaz de descolgar a nadie en la montaña.

A Nairo Quintana le imaginaba mi compañero Julio en El coronel no tiene quien le escriba, que bien puede entenderse como la versión colombiana de Esperando a Godot. Julio tenía toda la razón. El colombiano suele pasar tres semanas deshojando la margarita a rueda de Froome para, cada año con más dramatismo, terminar en París diciendo: “Mierda”. Este año ya lo ha dicho, así que es posible que veamos por una vez el famoso “ataque de Quintana”, una especie de criatura mitológica que vieron nuestros antepasados y cuyo advenimiento esperamos con una mezcla de admiración y escepticismo. Su desventaja se debe en buena medida a su timorato equipo, el Movistar, que, con Froome descolgado en la etapa del pavés y seis corredores en el grupo de cabeza, fue incapaz de acelerar. Froome entró el pelotón y la justicia poética se la devolvió al Movistar con una caída de Mikel Landa, que pasó el resto de la etapa persiguiendo. Por supuesto, como en el Tour no pasa nada, tampoco perdió tiempo porque terminó recuperando el terreno perdido en el último kilómetro.

Por desgracia, a Quintana le ha ocurrido con Froome lo mismo que a Moctezuma con Cortés: pasar de ser la criatura divina (Tlatoani) a ser ventolizado (Quetzalcóatl). El pájaro tiene el tono azul del asmático.

De esta etapa algún espectador incauto o demasiado optimista podía haber esperado mucho, porque el pavés o adoquinado es un terreno imprevisible y completamente incontrolable… a no ser que esté incluido en una etapa del Tour de Francia. Por el contrario, salvo los consabidos pinchazos y caídas, no hubo nada de particular y pudimos ver el tren del Sky en marcha sobre el adoquín y hasta un ataque de Froome en la parte final. Era la primera vez, pero, vaya, por qué no. Quizás el año que viene gane la París-Roubaix si se lo propone. Por lo demás, todos los favoritos llegan igualados a la montaña, lo que por lo menos permite mantener una cierta sensación de igualdad e incertidumbre.

La tensión competitiva de una competición que ansía plasmar el concepto de la nada absoluta

Pero como decimos, es ilusorio. Aquí no ha pasado nada y no va a pasar nada. Nosotros seguimos en la cuneta como Vladimir y Estragón, esperando para contarles lo que suceda, pero nuestra espera es absurda. ¿Por qué no nos ahorcamos, entonces? Pues porque se nos pondría dura, sencillamente.

Anteriormente en TEMBLOR:

1. El Tour como ficción (I). Introito. Sobre Borges, la leyenda de Ossian y Chris Froome.

Luis Fernández Mosquera

Madrileño o segoviano según el momento, estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense. Animal pacífico y de buenas costumbres.

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