El Tour como ficción (III). Nudo: sobre Bowie, la línea de sombra y Tom Dumoulin

A pesar de que el verano está siendo mucho más benigno que en años anteriores, este Tour sigue caracterizándose por su esencia estática y pesadillesca, al menos, en términos tangibles y objetivos. Quizás esto se deba porque el seguidor de ciclismo continúa buscando algún tipo de motivación para esperar a Godot, como señalaba mi compañero Luis Fernández, algún tipo de estímulo que todavía no se haya marchitado en nuestro particular libro de las ilusiones. El Tour ha superado su ecuador y el presumible dominio del equipo Sky frente a rivales como Tom Dumoulin o Nairo Quintana, el equipo del patrón Chris Froome, segundo en la general, se ha visto confirmado y reafirmado con el liderazgo en la carrera del galés Geraint Thomas. El novedoso portento británico tiene 32 años, una edad vetusta en el imaginario ciclista, que suele marcar la caída y decadencia de los grandes corredores: Bernard Hinault, Miguel Induráin o Alberto Contador entre otros. Peccata minuta.

En su juventud Thomas fue un coco del velódromo –nada menos que doble medallista de oro en los Juegos Olímpicos- y apuntaba maneras en la contrarreloj y el pavés, aunque es cierto que en los últimos años ya fue amenazando con butrones como el actual. Merece la pena hacer un pequeño repaso: en 2015 ganó la Vuelta al Algarve -una prueba de cinco días de duración de pequeña entidad- y pululó por el podio del Tour durante las dos primeras semanas de la Grande Boucle hasta que Mesié Masó –el Tío del Mazo, para más información pinche acá– apareció para evitar un esperpento precipitado en forma de pájara y le mandó a una llamativa decimoquinta posición; en 2016 repitió en el Algarve y añadió a su tournée por Portugal una pieza mayor a su ecléctico palmarés, la prestigiosa París-Niza, sometiendo en ambas competiciones a Contador, aunque en el Tour no terminó de carburar jamás, lo que, ironías del destino, le otorgó el mismo decimoquinto puesto del 2015; en 2017 ganó el Tour de los Alpes y exigió la capitanía en el Giro de Italia: los hados volvieron a asomar y una moto de la organización le tiró en la primera subida exigente, lo que días después provocó su abandono. A pesar de ello, el galés continuó dando rienda suelta a su apetito y su imaginación elástica le conminó a interpretar la vida como un sortilegio: ganó el prólogo del Tour de 2017, llevó el maillot amarillo y, seguramente, hubiera seguido robando el amor besucón de las azafatas francesas si no hubiera sido por un homenaje encubierto a la canción de David Bowie As The World Falls Down: su inclinación por el suelo supuso otro abandono.

Nuestra teoría sobre la ficccionalización llegó a una de sus mayores cotas con el vergonzoso show de las bengalas en Alpe D’Huez… metáfora de la realidad y origen de coñas como este montaje de Parlamento Ciclista con publicidad de ventolín galáctico incluida.

Durante este Tour que nos ocupa, Thomas ha sido capaz de ganar dos etapas seguidas (11ª y 12ª) en los Alpes, en las estaciones de La Rosière y en la cada vez menos mítica Alpe D’Huez, hecho que no ocurría desde tiempos de Lance Armstrong –es inútil borrar su huella, ya se lo expliqué en ficciones borgianas anteriores– o, para los legalistas, desde tiempos de Induráin con el sputnik Ugrumov que también llegó a henchir su espíritu con vanas invenciones comunes a todas las épocas. Llegado el segundo día de descanso, Thomas puede soñar con un personal ¿Arde París? El galés tiene clase sobre la bicicleta, pero, visto lo visto, habrá que agradecerle que su perfeccionamiento, merced a cierta predisposición a la pifia, se haya dilatado a lo largo de 4 años para darle mayor credibilidad. Igualito que un partido político.

Todo esto no es nada sorprendente. Pueden imaginarse que el ciclismo es una metáfora de la vida. Los hechos que les narramos aquí no son sino una gota más de la tumultuosa y amarga inmensidad de un océano, calco de cualquier experiencia personal colorada con la perspectiva del recuerdo. Pero no adelantaré aún los guiños a la prosa de Joseph Conrad. El ciclismo atesora una capacidad inmensa de crear historias, de crear, por tanto, sucesos vividos: el ser humano siempre tiende a la duda y a la suspicacia y de ahí que no sea extraño que nosotros, como aficionados, sintamos potenciar nuestras peores sospechas. Esto no quita que existan posibilidades para evitar el pesimismo y la caída en un discurso cuyo final sea un profundo abismo, opciones para entender la profundidad y la naturaleza del sentimiento que nos inclina a seguir amando lo que amamos, a pesar de que este sea un amor tan intenso como la vergüenza.

Algunos buscan eliminar el sufrimiento mediante la abolición de la voluntad: ante el chorreo del Sky, el aficionado ciclista se comporta igual que cuando su pareja le dice que tiene que ir a visitar a su infumable familia política devota de tiempos pretéritos y reacia a la argumentación. El ventolín no funciona en este tipo de casos, por lo que el aficionado asume un estándar de creencia y realidad confusa, hijo del quietismo de Miguel de Molinos. El quietismo fue un movimiento místico cuyo objetivo era llegar a la paz a través de la contemplación: esa pasividad, anhelante de eliminar el raciocinio, permitía que el creyente no se metiese en camisas de once varas, que consintiese en lo que la Providencia agraciaba. Así, de esta forma, el aficionado ciclista ficcionaliza las cosas mediante una espera cuya única razón sería la asunción del show, sin importarle lo fraudulento o tedioso que sea. Sin importarle que Thomas cambie de canción y ponga Let’s dance de Bowie para convertirse en un escalador ultramítico o, incluso, sin importarle que se den de nuevo los síntomas de una nueva crisis económica. Todo daría igual.

El quietista ya no se sorprende con escenas como esta… El ventolín simboliza la pasividad absoluta (reutilización del material gráfico número tres).

Otros buscan refugio en los pequeños destellos de épica, en la ilusión del principiante, al abominar del quietismo y aborrecer el aislamiento de las sensaciones. Algunos mantienen la fe en encontrar algo estelar en el cielo y ansían que los ruidos fuertes se desvanezcan mientras llaman a un amigo y le preguntan “si también lo ha visto”, parafraseando Starman de Bowie. Algo de ello se pincela con aventuras como la del holandés Tom Dumoulin, actualmente tercero en la general, que en la 11ª etapa buscó homenajear a su tío, recientemente fallecido, con un ataque a 30 kilómetros del final. Un ataque motivado por la vida misma, ya que a pesar de la presencia de la mortal destrucción, se impuso la memoria de un hombre digno de su memoria, un hombre que le enseñó a esquiar de niño precisamente en la estación de La Rosière a la que llegaría el pelotón. Haciendo cuentas, el ataque de Dumoulin fracasó: Thomas ganó y Froome le alcanzó en línea de meta. Sin embargo, la intrahistoria pasó a ser historia porque el pulso del Nuevo Induráin -bautizado así por Sergio Palomonte, colaborador de la Revista Contexto– produjo el descarrilamiento del tren de gregarios del Sky. Un movimiento que hacía vigentes las palabras de Conrad en La línea de sombra“hay misterios y maravillas suficientes en el mundo real para meterse en la dificultad de las locuras de lo sobrenatural”. Como el amor hacia algo o alguien: de esa locura habla Bowie en Absolute beginners. La sombra de la dificultad.

Las reminiscencias conradianas del desafío del ciclista holandés me permiten hablar del “milagro” que suponen ciertas acciones. Así, el estilo directo y elaborado de Conrad convierte a La línea de sombra en una novela sin cortapisa alguna, que se beneficia de la evocación del mismo Conrad sobre su juventud como marinero. Si bien, por lo general, se ha considerado esta obra como un ejemplo literario del paso de la juventud a la madurez y de las transformaciones que se dan en la identidad durante ese proceso, e incluso se ha hecho énfasis en un pronunciado oscurantismo en cuanto a la visión del mundo, cabría analizar esta confesión –su título en inglés es The Shadow Line: A Confession– como el testimonio del asentimiento hacia las propias sensaciones que da el vivir. También como un canto por la necesidad de un cambio vital para entender la vivencia, puesto que el paso de la vida permite al protagonista evolucionar hasta su máxima potencia, el acto. “La línea de sombra” que da título a la novela no propone sepultar las ilusiones, sino asumir los hechos de la vida que nos sorprenden por ser la realidad misma, por formar parte del paso del tiempo que otorga al hecho vivido un tamiz mucho más realista y grandioso. La grandeza de las cosas, por tanto, estaría en su esencia: al madurar, tanto el marinero como el ciclista encuentran algo estelar en el cielo, no mágicos remedios contra el caos. Se encuentran a sí mismos.

Ese “misterio de lo real” que habita en la materia de la que estamos hechos se palpa en la  la cabalgada de Tom Dumoulin, que hizo una apuesta por la que pocos hubieran dado un duro: un ataque en montaña siendo un consumado contrarrelojista ante el famoso trenecito del Sky. El aficionado asistió a un proceso único, pues oteó la línea de sombra del holandés, quien se convirtió en el trasunto de ese joven descrito por Conrad que pensaba dejar la mar, pero que aceptó tomar el mando de un barco en Bangkok.

El apretón de Dumoulin en plena etapa reina del Giro’17 cuando faltaban 30 km. de etapa NO es la línea de sombra, por favor. Quizás para los gustos escatológicos de Quevedo…

En La línea de sombra el protagonista se ve torturado por la maldición que el anterior capitán, antes de morir, formula contra el barco y la tripulación. El ciclista holandés también se enfrentó a una gran dificultad en forma de fantasmas del pasado: el tío muerto, las grandes vueltas perdidas, las limitaciones propias, el poderío del rival invulnerable. Ambos seres -o la realidad de Conrad, la realidad de Dumoulin, sus ficciones- tuvieron que enfrentarse a su fatum, de carga trágica, para pasar de la ceguera de la juventud a la luz deslumbrante de la madurez. La derrota, el fracaso, pasa a segundo plano cuando se supera el abismo de la calma y el espejo de la desesperación porque ya no se tiene un miedo horrible al corazón. Al atravesar la línea, Tom Dumoulin, pasase lo que pasase en un futuro, había cambiado. Y con él, el aficionado.

David Bowie pidiéndonos que dejemos de decir gilipolleces y no seamos tan místicos con el ciclismo.

A veces, la vivencia otorga el tesón que poseen los principiantes absolutos. Cuando en el cielo se produce una especie de descomposición, en circunstancias donde no se avanza, las simples nubes pueden traer o no la lluvia o el viento. El principiante, como indica David Bowie, no tiene nada más interesante que hacer, porque está completamente cuerdo y a él le dan igual las múltiples posibilidades, porque en el principio está el final y viceversa. Y, más allá de algunas frases de color de rosa, David Jones escribió unos versos que se podrían tomar como definición de “la línea de sombra”: there’s no reason / to feel all the hard times / to lay down the hard lines / it’s absolutely true. La línea de sombra nos permite seguir amando lo que amamos, en definitiva, tal y como hizo Dumoulin honrando a su tío y, de paso, a su deporte, ya que cualquier experiencia es un nuevo principio. La madurez también. Ese descaro por otorgar realidad a la vivencia, por defender un amor hacia algo, hacia alguien, que per se tendrá éxito, también la goza otro holandés de estirpe homérica, Steven Kruijswijk, que salvó para el recuerdo la etapa doce con final en Alpe D’Huez, etapa en la que el italiano Vincenzo Nibali se despidió de Francia con una rotura de vértebra producida por las malditas bengalas y la idiocia de algunos. Aunque la de Kruijswijk es otra historia… que contaremos en otro momento. Esta oda a los grandes hechos no ha de convertirnos en unos crédulos de manual: recordemos que en el ciclismo habita la ficcionalización: ¿Qué será de Dumoulin en un futuro? ¿Le habrá comido el monstruo común a este deporte? ¿El monstruo común a todo?

Momento en el que el lector ya está harto de tanto ciclismo y procede a analizar la realidad en sí, mucho más prometedora.

Por lo demás, nos metemos de lleno en la semana final. Tal vez Thomas no supere, como sí lo ha hecho Dumoulin, su fatum. Cuenta con 1’ 50 sobre el holandés y 1’ 39 sobre Chris Froome. Poco tiempo, a lo que hay que sumar su lucha fratricida con su César, Froome, quien no parece estar muy por la labor de no pasar a la historia con su quinto Tour. Esperemos que al menos los dos british se unan a la (auténtica) épica del ciclismo, sin apoyarse tanto en su equipo de ensueño. Por ahí danzan otros personajes de novela como el esloveno Primož Roglič,  quien dejó el esquí porque no soportaba la derrota, perfecto outsider que se sitúa cuarto a 2′ 38; el ya nombrado Kruijswijk, con sus hechuras de galán de cine; el francés Bardet, con más pundonor que fuerzas; y el dúo mágico del equipo español Movistar, Mikel Landa y Nairo Quintana, que de momento han rivalizado en chanzas a Mortadelo y Filemón. Confiemos en que se escriba un gran relato: fugas kamikaze, ciclistas en busca de la gloria y el recuerdo, aficionados que capten la vivencia de todas las vivencias… Todavía tienen que subir el Tourmalet, montaña épica donde las haya, y queda la mini-etapa de montaña de 65 kilómetros que acaba en el Col du Portet, a 2.215 metros sobre el nivel del mar, ideal para que se suceda una lucha sin cuartel. A todo este menú hay que sumar una contrarreloj quebrada por el País Vasco francés.

Ojalá sea un buen libro. Si no, siempre podremos recordar esa realidad tan humana, esa línea de sombra narrada en este artículo, que nos facilita destruir el “infumable” testimonio del quietismo. Y, en fin, esperemos que el Sky no pueda reproducir en las carreteras de los Pirineos la letra de Space Oddity de David Bowie: Ground control to mayor Tom / Your circuit’s dead, there’s something wrong. Todo sea por un Rebel, rebel. Venga de donde venga.

 

Anteriormente en TEMBLOR:

1. El Tour como ficción (I). Introito. Sobre Borges, la leyenda de Ossian y Chris Froome.

2. El Tour como ficción (II). Esperando a Godot.

Julio Salvador Salvador

Filólogo que le da vueltas a eso de la lengua y la literatura, que no tiene precio. Para todo lo demás mastercard (y Valle-Inclán).

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