En el texto de César (I). El propagandista

De entre todos los grandes personajes de la Historia, es posible que no haya ninguno más universalmente conocido que Julio César; pero también es posible que no haya ninguno sobre el que comúnmente se acumulen más confusiones y prejuicios, desde la opinión, bastante extendida, de que fue el primer emperador de Roma, hasta la ignorancia casi absoluta de que es uno de los escritores más importantes de toda la literatura latina. Incluso para quienes, por haber estudiado latín en el Bachillerato, están familiarizados con su obra, que se ha convertido en el paradigma de latín bien construido y razonablemente fácil de traducir, resulta muchas veces difícil apreciar en su justa medida su valía como escritor, ensombrecida por lo escueto y poco literario de su estilo. Pero bajo una redacción árida (no solo aparente, pero buscada conscientemente) se esconde un gran escritor que emplea magistralmente los recursos de su lengua para transmitir de manera muy calculada el mensaje que en cada momento le interesa. En este pequeño artículo y en dos subsiguientes intentaremos explorar en los textos de César su asombroso dominio de la pragmática para entender mejor la celebérrima Guerra de las Galias y valorarla como el prodigio de estilo que es.

Ahora bien, como digo, es un estilo que, aunque llamemos prodigioso, es árido y muy poco literario. Esta aparente paradoja se entiende mejor considerando el género de que se trata, el de los commentarii, especie de informes oficiales o memorandos sobre el desarrollo de las campañas militares que César reelaboró cuidadosamente después de conquistar la Galia y publicó en Roma como instrumento de propaganda para lanzar su carrera política. Así pues, la obra de César se mueve constantemente entre los dos polos, de difícil conciliación, del escueto e imparcial informe militar y de la propaganda del general victorioso. Veamos en algún ejemplo cómo mantiene César el equilibrio.

Aquí, por ejemplo, César consigue infundir ánimo a sus soldados desmoralizados con un discurso:

    Hac oratione habita, conversae sunt mirum in modum omnium mentes summaque alacritas et cupiditas belli gerendi innata est; princepsque X legio per tribunos militum ei gratias egit, quod de se optimum iudicium fecisset, seque ese ad bellum gerendum paratissimam confirmavit. Deinde reliquas legiones cum tribunis miltum et primorum ordinum centurionibus egerunt uti Caesari satis facerent.

Es decir, en español:

     Pronunciado este discurso, cambiaron de modo admirable los ánimos de todos y nació un gran ardor y deseo de hacer la guerra, y primero la décima legión le dio las gracias por medio de los tribunos militares por haberse formado tan buena opinión de ella y confirmó que estaba preparadísima para hacer la guerra. Entonces las demás legiones con los tribunos militares y los centuriones de los primeros órdenes trataron de satisfacer a César.

Es fácil ver la favorable imagen que César da de sí mismo (presentándose en tercera persona, como un narrador objetivo) sin hacer énfasis apenas en su figura: “cambiaron […] los ánimos de todos” (en latín conversae sunt, en voz pasiva), no los cambió, en activa, César, y ni siquiera su discurso. De hecho, el discurso, obviamente decisivo en tan “admirable” transformación, es secundario desde el punto de vista de la construcción del texto, y la correcta interpretación de su carácter y efecto queda confiada a la lectura (inevitable, por otra parte) del receptor. César emplea un ablativo absoluto, Hac oratione habita, una construcción sintáctica análoga a lo que en español se suele llamar cláusula absoluta (Pronunciado este discurso), que expresa propiamente la circunstancia concomitante, es decir, el marco en el que ocurre la oración principal. Es importante entender que el ablativo absoluto, que instintivamente interpretamos como causal o temporal (“Después de/Por pronunciar al discurso”), no necesariamente expresa ese contenido semántico. Si la oración principal dijera, por ejemplo, “los ánimos de todos permanecieron inalterados”, su interpretación sería concesiva (“pese al discurso de César”), de modo que su significado es en realidad muy tenue y depende fundamentalmente de la interpretación del lector. César, en este caso, no deja lugar a la duda, pero de nuevo la forma de presentar su ascendiente sobre los soldados es muy elegante y aparentemente imparcial, y desde luego alejada de toda retórica.

El tono estricto y monocorde le permite jugar, sin embargo, con algunos elementos levemente enfáticos que en el contexto parecen naturales y puramente objetivos, como el superlativo paratissimam o la interesantísima construcción mirum in modum, “de modo admirable”. En este sintagma, que es casi una colocación o frase hecha en latín, hay una anástrofe, un desplazamiento de la preposición, cuyo lugar natural sería al comienzo (in mirum modum); esta figura admite frecuentemente una interpretación focalizadora, enfática. César resalta entonces el adjetivo admirable, pero al hacerlo con una colocación, una frase hecha, esta pequeña operación resulta casi imperceptible y de nuevo consigue el equilibrio perfecto: enfatizar su autoridad moral y su dominio de las tropas manteniendo una total apariencia de objetividad.

En otras ocasiones César aprovecha posibilidades sintácticas del latín para el mismo fin. En otro lugar, por ejemplo, explica y justifica el asesinato de jefe galo Dumnórix. César pretendía llevarlo consigo a Britania por temor a que organizase una rebelión en su ausencia, pero Dumnórix se niega partim quod insuetus navigandi mare timeret, partim quod religionibus impediri sese diceret, es decir, en parte porque, no acostumbrado a navegar, temía el mar, en parte porque decía que se lo impedían sus deberes religiosos. Son, desde luego, dos excusas contradictorias, ridículas e impropias de un guerrero que el propio César considera peligroso y amenazante, de modo que parece seguro que no hay que creérselo demasiado; probablemente, cabe pensar (con seguridad, diría yo), son más bien excusas de César para eliminarlo. Pero César mismo se nos adelanta. También él sabe que no hay que creérselo y por eso construye las subordinadas causales en subjuntivo (timeret, diceret) y no en indicativo (timebat, dicebat). Este pequeño matiz es la diferencia en latín entre una causa considerada objetiva por el hablante (indicativo) o una causa considerada subjetiva (subjuntivo) y, por tanto, con cuya verdad no cabe comprometerse. Queda claro así, en el texto, que esas son las excusas de Dumnórix, que César recibe con escepticismo: el inevitable escepticismo del lector ante semejante tontería es desactivado por César, que se lo apropia y lo proyecta sobre Dumnórix.

Valgan, en fin, por el momento estos dos pequeños fragmentos como ejemplos del dominio lingüístico y estilístico de Julio César y su inteligentísimo empleo con fines propagandísticos, pero nunca épicos o laudatorios. En la próxima entrega nos desviaremos un poco de este tema e intentaremos ahondar mínimamente en el pensamiento de César a partir de alguno de los excursos geográficos que incluye en su obra.

Luis Fernández Mosquera

Madrileño o segoviano según el momento, estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense. Animal pacífico y de buenas costumbres.

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