Entrevista a tres voces. Encuentro con Gema Palacios, Sesi García y Dani Aceña

¿De qué hablamos cuando hablamos de poesía joven? Es fácil caer en el error de pensar únicamente en los superventas, en los reyes de Twitter y de las redes sociales, en los de los documentales de TVE;pero ellos no son los únicos. Hay otros, como Gema Palacios (Zaragoza, 1992), con tres libros publicados y un cuarto en camino; o Sesi García (San Sebastián de los Reyes, 1992), autor de cuatro poemarios; y Daniel Aceña (Madrid, 1989), cuya poesía inédita responde a su deseo de no publicar. Reunimos a los tres poetas una tarde de septiembre en la madrileña cervecería de San Julián, en la calle Alberto Aguilera 30, para hacer una entrevista a tres voces. Mientras las cervezas iban sucediéndose, hablamos de sus inicios, de la vida académica, de las redes sociales y de mucha, mucha poesía.

¿Es la poesía una forma de conocer el mundo?

Gema Palacios: Sí que es una forma de conocer el mundo. En primer lugar, la poesía es una forma de conocer, de comprender ciertas cosas que igual ya conoces, pero que las puedes mirar desde otra óptica o desde otra perspectiva. Aunque también puede servir para desconocerlas, como a través del proceso de extrañamiento y alejamiento que implica la creación. Una cosa no tiene por qué quitar la otra, ¿no?

Daniel Aceña: En mi caso creo que es más una forma de conocerme a mí mismo. Esto puede sonar a topicazo, pero yo realmente escribo para mí, porque hay cosas que he leído solo yo. Sí, lo considero una manera de conocerme a mí mismo y de expresar cosas que no suelo expresar a otros. Soy una persona hermética y hay cosas de las que no me gusta hablar con nadie. Con la poesía descubres cosas que no conocías de ti mismo. A través de la poesía descubro lo mejor y lo peor de mí.

Sesi García: Yo puedo ser una mezcla entre los dos.

DA: Sí, yo creo que sí. Creo que lo eres.

SG: Por un lado, escribo para mí, o sea, a mí el lector me da un poco igual. Pero no dejo de estar de acuerdo con lo que dice Gema de conocer el mundo. Me siento un individuo creador y necesito entender lo que pasa aquí. Mi poética se basa en mi mirada, que es una mirada física y una mirada mental; una mirada anhelante, sobre todo. Ya si hablamos sobre lo mejor o lo peor [de uno mismo]… Eso ya no sabría decirlo. No me interesa conocer lo mejor y lo peor. Más que lo mejor sí me interesa conocer lo verdadero. Que la poesía me ayude a conocer la verdad.

¿De dónde surge el poema? ¿Lo rumiáis durante mucho tiempo o sucede en el momento?

SG: Yo es raro que escriba un poema del tirón. Escribo un par de versos. Ahí se queda y un día digo: «voy a retomarlo». Y sigo, luego lo cambio, lo borro, le voy dando forma, pero, sí, yo tengo un método bastante a plazos. En mi caso, generalmente, el detonante suele ser más que una experiencia, una lectura que no conocía y que me hace clic. En otros casos no sabría decirte cuál es el detonante, porque en muchas ocasiones —esto luego me arrepentiré de leerlo—, básicamente he salido con alguien por el centro de Madrid y me vuelvo en el búho a casa mamao y no me apetece leer y saco el móvil y empiezo a dejar fluir. Ha sido alguna experiencia. Así que bueno, no sé exactamente cuál es el origen, pero surge así.

¿Habría una doble dimensión? ¿Por un lado, la experiencia de la vida y, por otro, esa evasión lectora que tú dices?

DA: Yo me considero más evasionista que comprometido o cercano a la realidad. Ahora bien, qué puedo decirte, en general, soy una persona súper racional. Además, no tengo ni sentido del ritmo ni sentido de nada. Entonces necesito estructuras muy fijas y muy concretas y precisas para poder darle forma a un poema. Entonces, cuando estoy en un estado un poquito más desapegado a la realidad…

SG: Ebrio…

DA: Ebrio, dicho finamente, sí que tiendo a dejarme fluir más y a pensar menos y a lo que venga bien. Hay veces que estoy más orgulloso de eso que de las matemáticas.

SG: Yo todavía creo en la inspiración. Siempre, sobre todo los narradores, se ríen mucho de los poetas y de la inspiración. La inspiración no es que bajen las musas y me susurren al oído, no; creo que hay momentos propicios para este tipo de trabajo, de elaborar un texto. Creo que el chispazo puede venir por una circunstancia interior que me venga surgiendo… No es que piense voy a desarrollar esto o voy a hablar de lo otro. Suelen ser cosas que me pasan a mí y que, en un primer lugar, intento que haya una reflexión interna de cómo puedo desarrollarlo o incluso, en ocasiones, puede que tire un poco del correlato objetivo, que no hable yo, que hable otro texto, otra ficción, otra realidad artística o, directamente, lo que surja. Esto me pasa a veces y otras veces, directamente, siento este desasosiego, este sentimiento, esta dicha, esta tristeza, este calentón por dentro y sale. Pero sí que me pasa desde hace bastantes años, bueno, soy bastante joven, desde hace unos años, que sí, cuando viene ese primer verso, que te puede venir en cualquier momento, y sale el poema. No es que escriba del tirón, sino que me tiro mi hora, dos horas, con el texto, con el trabajo del texto y sí que tengo algún que otro con el que estoy meses y meses y todavía siguen algunos por ahí. Pero sí, suelo intentar mantener la experiencia creativa hasta que se termine el texto

GP: Yo también creo que eso te pasa mientras estás trabajando. Que al final la inspiración te tiene que pillar un poquito ahí. En mi caso nace un poco de una impresión, de una idea. No tiene por qué ser una experiencia vivida. Muchas veces surge a lo largo del día a través de otra cosa. A través de la lectura, de una exposición o de una película. Muchas veces de esta relación con las otras artes. A veces nace de la misma inquietud por una palabra nueva o un término que me lleva a otra cosa del propio lenguaje que quiero explorar en esa realidad o en ese tema que conozco menos. Entonces me dejo llevar a ver a qué me conduce. Muchas veces es como una especie de aventura.  No sabes dónde va a terminar. Sí que me gusta trabajar un mismo texto hasta que lo termino o creo que más o menos está atado. Aunque hay veces que ese final no te sale redondo y lo dejas en un cajón, pero no puedes dejar un apunte, porque ese apunte seguramente se quede como un poco huérfano. Sí creo que hay que estar trabajándolo un poco hasta que lo termino.

Para trabajar en prosa es distinto. Sí que puedes escribir de manera más sistemática, pero para el poema, yo creo que es como una especie de derramamiento.

Amalia Bautista nos decía eso. No es lo mismo ser poeta que ser escritor. Ser escritor es un oficio y ser poeta es otra cosa.

GP:Yo siempre digo que soy poeta porque no tengo la perseverancia de escribir todos los días, ¿sabes? Para eso ya está la tesis. Pero para la poesía no sirve. Ojalá, pero bueno, habrá que trabajar a ver si llega.

También Amalia nos comentaba que, en su caso, la personalidad y la poética no podían disociarse. Y creo que tú también, Sesi, en una entrevista, has dicho que la vida y la poesía van de la mano.

SG: Para mí sí. Aunque desde hace un tiempo vengo manteniendo a este Sesi García, porque yo no me llamo Sesi García, pero me gusta este juego: sé quién es Sesi García, cómo escribe Sesi García. Eso lo mantengo, se va a quedar ahí. Por así decirlo: he encontrado mi estilo, mi voz. He encontrado mi voz y creo que va a seguir así porque sigue siendo así, y estoy muy a gusto con ella. Pero, por otro lado, la vida de Sergio García García influye totalmente en la obra de Sesi García. Y viceversa. Para mí van de la mano.

DA: En mi caso creo que sí existe, vamos a decir a nivel profundo, un correlato entre mi evolución a nivel a personal y psicológica y mi escritura, pero no a nivel superficial. Es decir, yo me considero un payaso. Me encanta bromear y hacer el tonto, pero quitando excepciones, eso no es lo que yo busco en mi poesía. Intento hacer un poco un mensaje más… No un mensaje, porque no es para nadie. Es para mí. Pero, al fin y al cabo, una lectura más íntima, más personal, más incluso universal a nivel primario. No universal; no a nivel impostado. Entonces, a medida que ha ido evolucionando mi estilo y a medida que he ido evolucionando yo, he ido hacia una cosa más seria, más aséptica. He ido tomándome las cosas más en serio, un poco más reposado, que creo que sí ha venido un poco con mi evolución académica, personal, etc. Pero no con mi personalidad, que no es tan seria.

Hemos visto que tienes algunos poemas muy poco serios, un tanto…

DA: Jocosos…

Sí, jocosos.

DA: Sí, pero son tres o cuatro, y muy contados. De vez en cuando, sí, me encanta bromear y hacer el tonto, pero no deja de ser un ejercicio de poesía de circunstancia. Pero luego la poesía que a mí me gusta es la otra, de la que yo me siento orgulloso.

¿Entonces ahí el humor lo descartas?

DA: Yo lo separo mucho. Creo que lo que define mi línea no es el humor. Son excepciones. Es una vía que no es la que quiero seguir, pero que de vez en cuando me gusta transitar.

GP: No sé, a mí me gusta, estudiando la obra de Marina Tsvetáyeva, me gusta mucho cómo ella coge el término vivir-escribir como si fuera una sola palabra, utilizando los guiones para reforzar la unión entre ellas. A mí me gusta mucho hablar de eso también. No creo que pueda existir separadamente de lo que escribo, ya sea poesía o ya sea cualquier otra cosa, y no porque sea experiencia propia sino porque es como soy. Y al final es imposible, pero no quiere decir que a partir de la biografía puedas entender toda la obra de un autor. Obviamente hay que tenerla en cuenta, pero no es la única lectura.

SG: Fernando Beltrán lo llama escribibirse.

En relación con el lector, ¿pensáis que vuestra poesía es más completa si este establece una identificación con vuestras palabras?

GP: Para mí sí que es importante que haya un diálogo. A veces yo me he quedado, no con lectores críticos, porque es muy poca la gente que hace una crítica a tu obra, porque ya sabemos todos que el mundo de la poesía es súper reducido y minoritario; pero me refiero más bien a gente de mi familia que se haya quedado con un verso o con algo que le haya realmente tocado. Creo que es importante que haya una especie de hilo con el lector. No es como escribir para nadie, pero sí establecer otros vínculos, por los que tu escritura crece a partir de ahí. Si no, lo guardaríamos en un cajón y no lo sacaríamos de ahí.

SG: Para mí es algo más secundario, la verdad. Hay un lector, que soy yo, al final, y luego entramos en una cosa, que es muy hipócrita, que es la publicación. Yo creo que ahí entra el factor humano, que no deja de ser un factor extraliterario. Para mí, inicialmente, por un lado, está el proceso de escritura y, por otro lado, está el proceso de publicar, que lo puedes coger o no coger. La extraliteratura, me gusta llamarlo a mí. Y ahí ya entras en el mundo, en la realidad, en el mercado, si me pongo marxista. Pero a mí me sucede que muchas veces me gusta ser muy referencial y quiero hablar de ciertas referencias que de algún modo yo tengo tan interiorizadas que digo, pero «hostia, ¿esto se va a entender?». Ahí sí que es verdad que me trago este individualismo y trato de trabajar más esa referencia de cara a hacerla más accesible. Esto lo pienso más en el plano profesional. Me refiero al consuelo de saber que siempre hay alguien que te va a leer.

Pero eso, para mí, es algo que viene después de la creación. Cuando estoy creando, el 90% de las veces no estoy pensando en el lector. Una vez que ya tengo el texto, lo imprimo, lo reviso o planteo un proyecto de libro… Ahí ya entran en juego estas cuestiones. Y sí, yo siempre tengo la confianza de que va a haber una lectura o un lector crítico. Creo que es la esperanza de aquel que se pone a juntar letras y decide publicar, y que ese lector es quién va a valorar si lo escrito es bueno o malo.

¿Pero es algo que os puede llegar a quitar el sueño?

SG: Ah, no, ¡ni de coña!

¿Creéis que la poesía debe ser accesible: que la pueda entender todo el mundo y no solo para aquellos que también escriben poesía? A veces puede parecer que solo leen poesía aquellos que la escriben.

DA: Yo tengo mi vertiente cínica. Como profesor, por un lado, dejo que los chicos lean lo que les gusta, lo que les parezca guay: «mientras os lleve a leer poesía, leedlo»; les estoy diciendo eso, pero luego me doy la vuelta y hago: «pufff…» [Se tapa la cara con las manos]. Entonces, yo, personalmente, lo que escribo no busca un lector; no al menos multitudinario. El primer lector seré yo, y meses después es probable que siga siendo yo el único lector y el filtro me lo voy a pasar yo también. Y la mayoría de las cosas no van a pasar ese filtro. Secundariamente, busco un número muy pequeño de lectores que son Julio Salvador, Sandra Barrera… gente muy cercana que, no sé si por lo personal, por lo profesional o por la amistad, me conocen y entienden un poquito lo que hay debajo. En cualquier caso, no me gusta dar demasiadas pistas, llevar de la mano al lector, porque me gusta la sugestión. Luego hay veces que la gente entiende algo radicalmente distinto a lo que yo he escrito; pero bueno, que cada uno que haga la lectura que quiera de las cosas. No, no me gusta dar demasiada ayuda, es decir, para eso ya está la novela, que cojan la historia y la sigan. Yo prefiero dar un poquito de libertad, al fin y al cabo, lo que yo escribo son emociones, mis emociones convertidas en imágenes, en símbolos… En cosas, y no tienen por qué evocarme a mí lo mismo que evocan a otros; a mí me gusta darles el privilegio de que cada uno interprete lo que quiera y sienta lo que quiera. Mi poesía es, a nivel de comprensión, horrorosa, no la entiendo ni yo. A veces no tengo ninguna explicación, me apetecía ponerlo así y no sé lo que significa ni lo que simboliza.

Ya, pero significa algo en algún plano.

DA: Sí, pero no existe una correlación entre cada símbolo y otra cosa. Es más una ambientación, una idea. Y, normalmente, un poema mío viene a ser básicamente dar vueltas sobre la misma idea sin decir exactamente nada. Es una emoción súper simple y súper esencial; básicamente las cuatro – cinco emociones que sabemos identificar las personas; entonces le doy vueltas a una misma emoción y ni siquiera es un sentimiento realmente definido y concreto; es algo casi primitivo y que cada uno dé forma. Igual suena muy prepotente, pero realmente no escribo pensando en esto. Luego ya hago yo un análisis sobre lo que he escrito. No escribo pensando.

GP: Sí, pero accesible no quiere decir que sea algo banal… Creo que era más hermética cuando empecé a escribir, porque al venir de la Filología los recursos literarios estaban por ahí dando vueltas y tal y creo que con la lectura me he ido despojando de las cosas que ya no me interesan y trato, no de ser más accesible, sino que ahora quizá sea más trasparente. Sí que quiero dar una imagen verdadera, entonces eso es lo que quiero que llegue y no quiero que sea algo estúpido ni tenga un mensaje directo, porque entonces no sería poesía; sería otra cosa.

SG: Yo opino un poco como vosotros. Está este discurso que a mí me aterra escuchar: «no, es que se entiende el poema, es que entiendo este libro…» Bueno, yo creo que como creadores, nosotros, por un lado tenemos la postura de “pensemos en el lector y hagamos una poesía que se entienda…” [Pone los ojos en blanco]. Escribir una poesía que se entienda, me parece un poco lo que decías tú, le quitas toda esa parte hermosísima que es la sugestión, el misterio, y eso que yo hago una poesía asquerosamente coloquial, muchas veces narrativa -que a mí ese adjetivo me encanta: “poesía narrativa” porque digo: «¡bueno, la épica!». Está claro, esa parte hermosa de que cada uno interprete. A mí también, como lector, me gusta que me sugieran. Yo cuando leo como filólogo quiero entender lo que analizo, pero no soy filólogo 24 horas al día, me gusta ser un lector que disfruta leyendo, que llora leyendo, etc. Entonces me gusta sentir lo que me va a transmitir el poema. Lo de decir «vamos a hacer una poesía que se entienda» me parece que es tomar al lector como un imbécil y convertir este país en un país de ignorante no más de lo que somos.

DA: Honestamente, no es tanto ya la necesidad de hacer poemas sencillos, sino de hacer el poema verdadero. Yo hay poemas que me conmueven, que lo que me transmiten me lo creo y poemas en los que no me lo creo. Un ejemplo que pongo siempre es «Palabras para Julia»de José Agustín Goytisolo. Es un poema sencillo, lo puede entender cualquiera, pero joder, lo leo y me lo creo. En cambio, leo los poemas de X personas, de X autores, y no me lo creo. Es como si me estuvieses vendiendo en estética moderna una película de Hollywood, y cuando sabes que la comedia romántica de turno tiene unos clichés del amor que sabes que no son reales, pues esa es la sensación que tengo, como que me estás vendiendo un sentimiento impostado; que no es real, que no me lo creo. Es como que lo pones de manera que sabes que la persona lo va a entender fácilmente y todo el mundo se va a sentir identificado, ¿no? Es un poco como los horóscopos. Tú pones: “Puede que hoy encuentres el amor”; y esa persona: “ay, qué bien”. Pero también puede que no. Entonces casi siempre puede ser verdad; es jugar con trampas. En cambio, expresar un sentimiento real, que no sea impostado, que no sea falso, que no sea un guiño al lector, sino que yo lo pongo y quien lo quiera recoger, que lo recoja; para mí, eso sería lo genial.

TEMBLOR surge como un rechazo total hacia toda esta poesía “sencilla”. Entonces, ¿la poesía puede ser un camino hacia el conocimiento? Porque si el mensaje poético, digamos que está encaminado hacia la sugestión, surgen varias posibilidades. Por lo tanto, ¿se puede alcanzar ese conocimiento: que el lector acceda a los poemas o pueda obtener algo?

DA: Conocimiento emocional, conocimiento intelectual… Depende del tipo de poesía que buscas. Para mí, siguiendo con el ejemplo de Goytisolo, es un tipo de poesía emocional y de conocimiento intelectual.

¿Qué es conocimiento intelectual? Me interesa la distinción.

DA: Que no necesitas hacer razonamientos, no necesitas pensar sobre ello es sencillamente ¡plash! Un golpe, lo sientes o no lo sientes, te identificas y ya está. Yo en la poesía, en este ejemplo en concreto te descubro a ti y a los demás. Pero quizás necesites un acercamiento más racional, no lo sé. Yo creo que en mi poesía hay un estilo —aunque no me guste— más racional. Ya si quieres, pues tiras a los clásicos, y te vas ya a San Juan o te vas a Góngora para una poesía intelectual; pero no hay que ser tan exagerados, creo que hay puntos intermedios.

SG: Yo, por ejemplo, leo ahora a Gimferrer, pero al Gimferrer actual que saca libros como churros, y mi cerebro se corre; o sea, no es que diga «buah, yo también me he sentido así cuando esa chica, cuando mi madre…». Pero recibo un placer intelectual enorme al ver esa sintaxis, esa combinación de palabras… No es una cuestión formal, ni tanto como racional, pero no sabría decirlo. Al final es un sentimiento que recibo y unas cosas me tocan más las emociones y otras van más a lo mental, o quizás en lo mental esté la emoción. Yo creo que sí es posible, porque a mí me pasa.

DA: Bueno, es que tú eres un lector ya entrenado, claro. Un lector filólogo. Tú estás entrenado para percibir cosas instantáneamente que otros no reciben.

Claro, sois gimnastas de la palabra. ¿Tú qué piensas de esto, Gema?

GP: Creo que todos los poemas tienen una dimensión más racional y emotiva, como que están las dos caras siempre. Uno puede llegar más de una manera u otra, pero siempre hay un conocimiento que no es unívoco. No vas a poder transmitir una sola cosa, sino que va a ser plural, y va a depender siempre de la interpretación; entonces no lo puedes controlar. Pero bueno, a mí me parece que ese abanico de posibilidades que se brinda al lector es precisamente lo más interesante.

Volviendo al mundo académico. Los tres tenéis formación filológica, habéis hecho un Máster; Sesi y Gema estáis haciendo la tesis. ¿Qué influencia tiene el mundo académico en vuestra creación poética? ¿Se refleja? ¿Influye?

GP: Sí, en mi caso, sí, porque mis intereses siempre van de la mano, es decir, yo vengo de la Filología, pero ahora, por ejemplo, la parte artística se apodera un poco de mí. Elegí hacer una tesis, que es literatura con arte, así que en realidad también quiero que mi poesía se mezcle con lo académico. Hay una parte muy importante que viene de esas impresiones un poco más directas de la imagen. Para mí, la imagen es un concepto muy importante en mi poesía, de hecho, muchas veces me pasa que en la crítica no puedo dejar de ser creativa, entonces tengo ahí un poco de conflicto, porque me dicen muchas veces «este artículo tiene que ser más científico». Y yo: «¡Me chachís en la mar! ¡Yo no soy científica!» Es muy bonito y a la vez es muy puteado, porque al mismo tiempo dices «bueno, yo quiero ser alguien crítico, pero a la vez no quiero desprenderme de la creación». No quiero desprenderme de ninguna vertiente porque creo que se complementan, no creo que sean excluyentes.

SG: En mi caso, lo académico ha aportado en mi obra por las lecturas que he realizado. Me ha aportado lecturas que antes decía «no, no tiene nada que ver…» Era muy joven y tonto; me ha aportado un nivel de lecturas superior. Yo discuto mucho con mis compañeros y compañeras, porque ellos no saben diferenciar. Vuelvo un poco al lector, porque estos que son doctores, filólogos, tal… Al final tú cuando asumes un texto, por mucha formación que tengas, sabes qué nivel de lectura quieres aplicar. Y eso me parece súper enriquecedor. Al final eres un lector, por mucha Filología que hayas hecho. Yo cuando leo un poema no digo: «Uy, el yo aquí está implícito… Esto es una silva impar» ¡No! La mayoría de las veces que leo por placer no me sale el filólogo, aunque es verdad que estoy entrenado para ver cosas que antes no veía. Yo creo que es muy importante separar al filólogo del lector, porque si no lo hubiera hecho, ya me habría matado hace tiempo. Ahora mismo estoy finalizando mi tesis, ya he publicado muchos papers… Al final también he escrito mucho verso y eso es lo que me da la vida y disfruto escribiendo. Cuando escribo un texto académico, no lo disfruto. Lo tengo que escribir porque me pagan por ello. Ya está.

No hay que dejar que muera el placer por la lectura.

SG: Para nada.  

DA: En mi caso, mi formación sí que ha influido muchísimo y de manera necesaria en mi estilo, porque básicamente empecé con un estilo influenciado por de letras de canciones, cantautores, etc. Ritmos súper a-b-c de letra de canción con su estribillo y con su todo —vomitivos— y luego, pues poco a poco te vas abriendo, empiezas a descubrir poesía clásica y dices: «bueno, se puede escribir en verso». Empiezas a picarte y demás, pero claro, también tiras mucho de tópicos, tropos antiguos trilladísimos, etc. Luego vas descubriendo poesía moderna y no necesariamente te influye directamente, pero te hace ver que hay otras maneras de escribir y que puedes alcanzar un equilibrio entre no abandonar el metro y escribir en verso libre y no pasa nada, y no es el fin del mundo y no significa que seas la peste. Me ha ayudado mucho leer sobre todo poesía moderna, por eso, porque te das cuenta de que hay otras voces, otras formas y que no pasa nada por innovar y hacer figuras nuevas y raras, y que están ahí, y que están bien y se pueden utilizar. He ido desde un estilo más puramente poético y lírico y menos musical, quizá. Ya he dicho que no tengo ningún sentido del ritmo ni ningún oído musical, así que me guío por lo que pueda.

Sin embargo, tienes un poema que está dedicado a la música y que está escrito en heptasílabos.

DA: Sí, porque me gusta un montón la música, pero yo no sé escribir una canción o decir siquiera si un instrumento está desafinado o no. No tengo nada de oído musical. Me gusta mucho, pero de ahí a que la entienda…

Como futuros educadores que sois, aunque ya estéis dando clase, ¿cómo planteáis el que los alumnos se acerquen a la poesía o cómo fomentaríais esa lectura?

SG: Yo es que directamente doy poesía, no les queda otra. Ya vienen con eso metido al aula. Soy muy poco pedagógico, la verdad.

DA: Yo estoy ahí-ahí, estoy peleándome. Mi Trabajo de Fin de Máster fue una investigación sobre qué poesía gusta a los jóvenes, cuál no y demás, y estoy súper desconcertado, porque no sé qué les gusta. Es decir, un mismo un autor les gusta y luego lo odian. La presión social me encanta porque les das un poema de Lorca y dicen «puff me da igual, no me gusta nada». Que alguno a lo mejor piensa que si el nombre les suena tienden a forzarse a que les guste, porque es un autor de prestigio. Pero no, les da igual el prestigio y les da igual todo. Entonces, ahora no lo sé, tengo que ver cómo lo enfoco. Mi idea es bombardearles, no de manera intensa, sino muy dispersamente con pequeños poemas, con un poema a la semana o así, algún clásico… Bueno, clásicos pero sencillos, del XIX y del XX e ir dejándoselo caer y que les vaya entrando y a ver qué hacen con ello. Aunque bueno, siempre me quedará el leer a Marwan en casa para intentar entenderles mejor.

¿Y si vienen con un libro de Marwan y te dicen: «esto me encanta»?

DA: Y si quieren leerlo delante de la clase para sus compañeros, yo por supuesto que les dejo. Yo me muerdo la lengua, miro para otro lado y me cago por lo bajini mientras lo leen. Si es su primer contacto con la poesía, ya leerán otras cosas. Yo empecé con otros autores; empecé leyendo Harry Potter y acabé con El Quijote. Es todo un camino, es un entrenamiento, ya llegarán.

¿Creéis eso: que si empiezan leyendo esta poesía más sencilla terminarán leyendo cosas más complejas?

GP: Yo creo que hay que facilitárselo también. Yo, por ejemplo, he dado varios años clases en una academia, particulares y tal, y sí que me han venido con un libro de Irene X y Marwan. Pero, al mismo tiempo, se interesaban cuando teníamos que ver cosas en clase que estaban relacionadas con la poesía. Entonces, yo muchas veces les decía: «yo también he escrito poesía, ¿tú has escrito algún poema? ¿Te has intentado dar a conocer en tal, tal, tal?» Así que, al final, hay que invitarles a que entiendan que la poesía no es solo la poesía de los que están muertos.

Yo también me intereso mucho en la poesía escrita por mujeres, soy de una asociación que es Genialogías, que busca reivindicar a estas mujeres; por lo que yo elijo poemas, que no tienen por qué ser míos, pueden ser de cualquier autor, pero quiero que sean poemas de jóvenes actuales que están escribiendo buena poesía. Esa puede ser una buena manera de acercarles, no que el primer autor que lean sea el que se murió hace tanto, y empezar por ahí y luego ir hacia atrás, como un proceso inverso; el hecho de que empiecen por ahí ya puede ser algo. Quizá no todo esté perdido…  Que no se queden solo ahí, obviamente. Los habrá que se queden, los habrá que no. Siempre hay una pequeña esperanza.

DA: Necesitan un entrenamiento, una guía, pero también me parece que tienen derecho a empezar por lo sencillo e ir ellos mismos entrenándose. Yo creo que la lectura es un entrenamiento y vas tú mismo ascendiendo y necesitas un poco de predisposición, y también te exiges un poco más. O quizás no, pero, al fin y al cabo, que la gente lea…. Mucha gente descubre los clásicos después de estar años leyendo Best-sellers, cuando están jubilados y no tienen otra cosa que hacer y se dedican a leer los clásicos. Bueno, ya todo se andará.

SG: Yo, aunque no soy nada pedagógico, lo que intento un poco, basándome en mi experiencia como estudiante, es meter pasión…. No puedo evitar que me salga y eso que me ciño a un programa, pero a veces me salgo, y realmente creo que la pasión como mecanismo docente es fabuloso, porque si me ven a mí con pasión recitando un texto, se contagian. En mi clase soy yo quien recita. Yo no digo: «tú, recita». No lo hago para evitar que se carguen el texto. Yo les intento hacer el show y leerles el poema de una manera muy, ¿cómo de decirlo? Elevada: me paseo, los miró, hacemos una lectura que les deja embobados. Yo he aprendido que eso, más que lo lea un compañero y sirva para decir: «mira qué mal lee, no sé qué, no sé cuántos…», así los tengo atentos. Gimferrer, por ejemplo, que le he citado antes, tiene el poemario Guerra Rapsodia, su primer poemario. En él escribe: «Se ha desencuadernado por la mitad mi vida». Y les digo: «¿Qué es esto? Es así, ya no hay nada más». Yo he aprendido que ahí se mueve algo dentro del alumno y se acuerda. No es que se acuerden de ti, porque eso da igual, sino que se preocupan. Al día siguiente vienen con el libro de Gimferrer, o de Miguel Ángel Velasco, o de Aníbal Núñez, etc. Y para mí eso es la hostia.

Es interesante porque pensaba volver a una cuestión formal, que es lo que caracteriza a un poema. Cuando entrevistamos a Amalia Bautista nos decía que la característica principal de la poesía era la musicalidad y la musicalidad venía de lo memorable, de la tradición oral; entonces claro, tú que ahora estás contando que empiezas a recitar y que ellos captan el mensaje, que están atentos. ¿Pensáis que por ahí van los tiros o creéis que hay otras características?

GP: Yo estoy de acuerdo. De hecho, cuando escribo lo que hago es leerlo en voz alta para ver cómo está sonando, cómo es el ritmo. La mayoría de las veces me sale solo. No es algo premeditado ni rebuscado, sino que ha salido. Pero yo creo que sí, que la musicalidad es muy importante.

DA: Yo no tengo sentido ninguno del ritmo.

SG: Tú sabes que yo soy tremendo con la métrica, a nivel más académico, pero al final la propia palabra tiene una musicalidad. Y si hay un buen juego no hay que contar sílabas, ni cortar versos o meter rima o estrofas clásicas. Yo no tengo rima. Ahí está el tema. No es que el poema no es poema hasta que no se recita [gesto de ahogamiento] Me cuesta, porque yo cuando leo, no lo recito en voz alta, como lector no, pero sí que me importa buscar ese ritmo y la poesía es ritmo. Punto. Yo en eso soy radical.

Sin ritmo…

SG: no hay poesía. Eso dice Claudio Rodríguez,y sin ritmo personal, que es muy interesante: Sin ritmo personal no hay poesía.

¿No creéis que se haya podido haber cambiado el paradigma? Porque ahora a lo mejor lo que puede interesar más es la sugerencia, la sucesión de imágenes… Aunque quizás estamos entrando en otro terreno poético.

DA: Yo no sé escribir de otra manera, entonces la única medida que conozco, quizás por mis carencias, es la sucesión de imágenes. Yo cuando veo una imagen que me choca con el cerebro, no puedo recordar las palabras, pero la imagen la tengo en la cabeza, y por eso el acto de escribir es, para mí, crear imágenes potentes y dejarlas ahí. Y ya está. ¿Entonces qué es eso? Yo no sé hacer otra cosa, no sé escribir poesía de otra manera. Son mis carencias.

Estaba pensando que, en muchos de tus poemas, Gema, se podría hacer un abecedario del imaginario. Creas unas imágenes muy potentes.

GP: Sí, pero no tiene por qué estar reñido. Cuando creas una imagen, esta tiene un significado; no es como una piedra en medio de un campo, quiero decir, que tiene que estar todo trabado o engranado, que no puede ser como una cosa que tú vayas pegando… Ti,ti,ti,ti, o sea como una lluvia de cosas, sino que tiene que haber un compuesto, porque si no, no existe el poema, serían muchos aforismos, pero no sería un poema. Si no está esa sinfonía final de todo, creo que no existe. Que no quiere decir que no puedas hacer un poema con imágenes, pero que mientras estoy escribiendo sí que voy pronunciando y digo: «uy, aquí he puesto una palabra de tres sílabas y tiene que ser de dos, y aquí tengo que poner algo que termine en ‘a’»… Me lo va pidiendo la fonética. Como que se escribe con esa intuición musical que es rítmica.

SG: Yo creo que eso es trabajo. Cuando hablo de mi poética es: trabajo, trabajo, trabajo. El trabajo no es estar seis meses con un texto. Para mí, el trabajo supone este ejercicio de tener el poema dentro, y ya puedes estar con él seis meses o diez minutos, pero ahí está y es un trabajo mental. También la propia lectura, para mí es un trabajo: que se vea el hecho de que ser un buen lector, influye en ser un buen creador. El texto no es un ente autónomo, es lo que tú dices, son unos aforismos, tú puedes hacer una técnica collage, etc., pero siempre es un texto. Si no sería…

GP: Un texto dadaísta [risas].

SG: Sí, un desparrame.

Centrándonos en la temática de vuestros poemas, quería preguntaros por la ciudad. Tenéis poemas muy urbanos, sobre todo vosotros sois de Madrid y tú, Gema, bueno, como si lo fueras. Tú, Sesi, incluso ponías Madrid con ‘z’. ¿Cómo es vuestra relación con la ciudad?

SG: Yo como individuo soy una rata de ciudad; yo voy a la naturaleza y no me transmite ningún tipo de emoción. Yo este tipo de cosas… como que no. Recuerdo una vez que subí con unos amigos a la sierra y subimos a un sitio para ver las estrellas, por Guadarrama creo que era. Yo flipaba con esa pequeña charca de luces que era Madrid. Me daban igual las estrellas, las vacas por ahí, la oscuridad… No, no, para mí era esa pequeña charca luminosa. Aparte de eso, a mí me influye no solo como escritor; para mí la ciudad es el espacio donde se desarrolla todo. Es el espacio del amor, es el espacio del sufrimiento, es el espacio del deseo… Es mi espacio y quizá también porque vengo de una ciudad de periferia, eso también es importante. Madrid es un lugar que empezó siendo mitológico y que luego acabó siendo el hogar.

GP: A mí cada vez me interesa menos la ciudad [risas]. Sí que he escrito poemas sobre Buenos Aires, pero fue hace como seis años o siete. No sé, me interesa mucho más la naturaleza. Lo último que he escrito está muy ligado a la tierra y a lo natural. Me interesan cada vez menos los edificios y los coches, el asfalto… Quizás por mi propia deriva, pero vamos, que no quiere decir que yo no me siento a gusto en la ciudad, que yo viviría siempre en la ciudad, pero que encuentro menos la poesía aquí.

Tú, Dani, tienes más elementos naturales en tu poesía.

DA: Sí pero no es por la ciudad ni nada. Yo soy un urbanita total, a mí me encanta la ciudad, y si me muevo de Madrid es para irme a otra ciudad. Solo he vivido en Madrid y en Edimburgo, que es una ciudad completamente distinta a Madrid, no tiene nada que ver. Es quizás una ciudad más antigua, más eterna, no tan del instante como puede serlo Madrid; pero sí, a mí no me puedes llevar al campo, porque a los cinco días me estoy aburriendo. Sí que creo que, de alguna manera, sí puede formar parte de mi estética, de mi poética, que es un poco el yo de la experiencia, del aquí y del ahora de la ciudad, pero de alguna manera combinado con lo eterno o con lo antiguo. Eso es la esencia primigenia que intento buscar en la emoción. La intento buscar en algo que sea más duradero que la ciudad o que el presente, y creo que ahí es donde busco los elementos más naturales o más desnudos; pero siempre combinados de alguna manera, o bien por contraste o bien por complementación, con la ciudad, con lo urbano.

¿Intentas adecuar el contenido a la forma?

DA: Sí, bueno, claro, depende… Escribiendo ¿Arde ya Madrid?, que no deja de tener reminiscencias del pasado, referencias al pasado, que para mí es eso, lo estático, frente al presente que es lo dinámico, lo que está cambiando en todo momento. Entonces sí intento combinar las dos cosas, aunque haya que darle una prioridad, sí que intento siempre llevarme alguna cosa que pueda quedar ahí, que no sea una cosa del momento.

¿Y eso determina la forma?

DA: Yo es que cuando tengo una idea, ya elijo si voy a intentar hacerla adaptándola a una métrica o no. Necesariamente por mis carencias a nivel rítmico y estructural, dependiendo de lo quiero transmitir: si necesito la libertad para escribir, prescindo del resto. Si lo que estoy haciendo considero que es sencillo, no tengo excusa para prescindir de la estructura, entonces me ciño a ella. Realmente no creo que haya una relación necesaria entre la idea o lo que se esté tratando y la estructura del poema. Que igual luego me pongo a releer y descubro que sí, pero a priori no.

Sesi, tú en los primeros poemarios sí que te encargabas más de la métrica frente al Octavo día, que presenta unas estructuras más libres.

SG: Sí, bueno, yo intenté escribir siempre verso irregular con un ritmo par marcado, y ese poemario fue un jaleo. Sí conseguí que hubiera un ritmo, pero quizás de otra forma. Quise dar una diferencia temática a los textos con la forma, pero no con la forma métrica, sino con versos cortados, con falta de puntuación, etcétera. Ahora me ha dado por el verso de nueve sílabas, ha venido de una lectura de José Agustín Goytisolo que ha sido un descubrimiento. Pero siempre he escrito igual. El espacio no me condiciona. Quizá lo que me condicione sea una circunstancia. Por ejemplo: me piden un poema para una boda y yo tiendo a una estrofa clásica, hay que ser resultón, hay que meter rima y eso… [risas]. No suelo decir: la forma ya viene. No sé escribir de otra manera al final, y no me planteo escribir de otra manera, porque es lo que os decía: entonces mi voz se va. He intentado en otro proyecto, eso sí, hacer ejercicios de escribir en versículo, escribir en escritura automática. Un poco también para reconciliarte contigo mismo, salir para volver. Me voy de Madrid al campo ¿para qué?, no para ver el campo sino para echar de menos Madrid [risas]. Pero por lo general, me mantengo fiel a mi forma.

Pero sí jugáis con los versos: se mueven, caen las palabras…

SG: Claro. Me interesa mucho el encabalgamiento, que luego me cago en él a la hora de recitar, pero me interesa mucho ese juego. Pero, por lo general, la composición suele ser silva libre impar, poniéndonos filológicos.

GP: No me acuerdo de lo que era una silva, para que os hagáis una idea.

SG: Las églogas de Garcilaso.

Amalia Bautista nos dijo que un poema sin título era como un jardín sin flores. Vosotros tituláis, y con títulos muy trabajados.

GP: Yo he dejado de hacerlo.

SG: Yo también.

GP: Pero depende del proyecto. En el último libro que he escrito, que está inédito, son tres largos poemas en los que los títulos son los propios encabezamientos de cada poema. Antes sí buscaba mucho el título. Además, se me da muy mal titular, porque me cuesta mucho encontrarlo. Igual tardaba más en el título que en el poema. Ahora ya no le concedo tanta importancia.

SG: Últimamente pocos de mis poemas tienen título. No es solo que cuesta mucho: intentas buscar un título que resuelva el poema, y yo no quiero que lo resuelva, creo que lo condiciona tremendamente. Pones versalitas en el primer verso y a volar…

GP: O te lo pide el poema o si no, no hay que forzar. Entonces ya estás determinando mucho.

DA: Coincido con ellos. Para mí, el momento de ponerle el título al poema es el momento molesto. Es lo último que hago: en ningún caso parto de un título. En el caso de ponerle título, como escribo para mí y no para los demás… Me siento en la necesidad de dar una pista, sin ser resolutiva, como decía Sesi; entonces la pongo en el título. Pero son títulos súper pretenciosos, abstractos… No me gusta nada poner título a los poemas, se me da fatal.

SG: Sí, a mí me gusta que sea un elemento que no tenga que ver con el texto en sí, pero que en el fondo sí tiene que ver.

Como un juego

SG: Ahí entra el filólogo. No sé de qué me está hablando el texto, pero el título me habla de esta palabra, y ya todo se resuelve.

DA: Yo siempre intento poner un título porque si no siento que estoy dejando algo sin hacer, pero no me gusta, me incomoda muchísimo.

¿Por qué no te quieres liberar de ese yugo?

DA: No lo sé. Me fastidia. Es como: ya está escrito el poema, déjame acabar [Risas].

La guerra de los títulos.

GP: La “titulitis”

[Risas]

Sobre el proyecto inédito de que hablabas antes, Gema, no he podido evitar pensar: ¿se trata de un poema sinfónico? Por lo que hablábamos antes de la musicalidad.

GP: Sí. Se titula Lumbres. Trata de cómo pasa la luz a través de distintos lugares, en tres formas distintas. Es una cosa muy subjetiva, muy extraña, muy abstracta, nada ligada a la experiencia, muy animal, muy rara. No sé qué voy a hacer con él [risas].

Queríamos preguntaros ahora sobre vuestros comienzos. Sobre todo, acerca de la importancia del micro abierto y las primeras antologías y publicaciones. ¿Cómo os ayudaron en vuestros comienzos como autores?

GP: Yo empecé con Los Bárbaros [risas], con Sesi. A raíz de encontrarnos en la Facultad con una gente que estaba muy loca, y con la que iba a locales y recitales, al Bukowski, al Diablos Azules. Fue a raíz de eso que comencé a tomarme en serio que quería hacer algo que hasta entonces había estado guardado en un cajón y no había sacado a la luz.

Así cobró importancia el recitar: se ha convertido en una dimensión física que ha cobrado mucha importancia en estos años, porque la labor performativa me ayuda a seguir escribiendo, me da otras herramientas y me ayuda a ser más libre a lo hora de escribir.

Luego dijimos que nos íbamos a autoeditar lo que nos diera la gana. Algunos hicieron unos libros de relatos, y luego sí que hicimos una antología poética. Luego me autoedité mi primer poemario, que está en línea pero que me da infinita vergüenza, porque fue con 19 años y no tenía ni idea de nada. No me arrepiento en el sentido de haber dado ese paso, pero que ojalá se hubiera producido más tarde para que hubiese sido más mental y no ese impulso bárbaro de querer salir. Pero en el fondo, sin ese primer paso no puede existir lo de después. Es un paso valiente que hay que dar.

SG: Qué voy a contar, si tú lo viviste también. A mí me sirvió todo esto para conocer esta faceta extraliteraria de la creación, y para conocer de qué va el mundillo literario, Y como decía Gema: conoces un mundo, su gente… Con el tiempo conocer que hay en el fondo un mercado, los mecanismos de ese mercado, que para mí es un mercado puro y duro… Y conoces mucha gente y un ambiente que te enriquece a nivel personal, ese ambiente nocturno. Eso, quieras que no, te afecta como escritor. Pero, sobre todo, das el paso.

Por ejemplo, mi primero poemario, Tabaco de liar, me lo publicaron en Canalla Ediciones, que fue una editorial que surgió en torno al Bukowski Club. Yo soy lo que soy gracias al Bukowski Club, no solo como creador sino también como persona. Aquello se convirtió en mi segunda casa. Aunque ahora me da infinita vergüenza recitar [risas].

DA: En principio no me encuentro cómodo en este mundo de los recitales y las jams de poesía. No considero que mi poesía sea una poesía que se preste al recital o al espectáculo, quitando las excepciones como «El garrafón», que sí funciona en estos ambientes, no tengo demasiada producción para ese tipo de actos, entonces no es un sitio en el que yo me sienta cómodo.

Además, empiezo a descubrir que hay gente muy buena en ellao que empieza a fijarse menos en la poesía que escribe y más en sí misma, que empieza a gustarse mucho. Y va básicamente a escucharse a sí misma. Las jams de poesía son el acto más grande de onanismo que he visto en el mundo poético. Nadie escucha a los demás. Te das cuenta de que la gente solo se calla cuando van a leer sus amigos, y nadie escucha a nadie. Pero tampoco condeno este mundo, porque sé que hay gente que es muy buena y tiene las dos vertientes: sabe hacer espectáculo y sabe hacer poesía más seria y lo combina perfectamente. No es mi caso. Sí es verdad que hay algo que agradezco en él y son los contactos. No a nivel profesional, sino de conocer gente diferente. Conocer gente de la que aprender, que te enseñe otras perspectivas. De ahí surgió la antología de Tintos y tinta, que yo considero más que un proyecto poético, un proyecto humano, un proyecto de amistad de gente que compartía una afición que realmente amaba y le apetecía hacer algo en conjunto. Eso sí me gustó mucho, aunque no dejaba de formar parte de alguna manera de —no lo digo despectivamente— esta poesía show, de esta vertiente más social de la poesía. Me costó seleccionar el corpus, y de hecho tuve que crear exprofeso alguno para esta situación, porque no es la poesía intimista que suelo escribir. Para mí, es una cosa agradable; no es la norma, pero como excepción me gusta

Gema, quería preguntarte si tú consideras que tu poesía es reivindicativa.

GP: Bueno, no es reivindicativa, es política.

¿Puedes hacerme la diferencia entre los dos términos?

G. Bueno, obviamente yo no escribo una poesía social

Estaba pensando, por ejemplo, en el cuerpo que aparece en algunos poemas como un elemento de insurrección, subversivo.

GP: Sí, porque la subversión o la rebeldía, o la mucha libertad, creo que es una de las características de mi poesía. Al dejar que eso fluya de manera mucho más libre, sí que se da un espacio para esas inquietudes que sí son más grandes que otras. Y digo que es política porque todo lo personal es político, así que al final terminas transparentándote ahí. Reivindicativa me suena muy 15M en ese sentido. Sí es reivindicación en cuanto a intentar transformar mediante realidades distintas. Está dentro de mí y es inevitable que salga, pero no es algo premeditado que busque. Ahora, por ejemplo, sí que estoy planeando un proyecto sobre los refugiados. Antes era muy yoísta, pero me he distanciado mucho de ello para poder encontrar mi voz. Pero sigo buscando, no siento que haya encontrado justo lo que quiero, sigo indagando.

En algunos de tus poemas sí que ve que está esa presencia del Yo, pero lo miras desde fuera: desde los demás, desde la naturaleza…

GP: Sí. No es radicalmente que el Yo no esté. Igual está en forma de Tú, igual en Nosotros o en Ellos. Hay mucha riqueza también explorando desde ese distanciamiento.

¿También estaría en vosotros ese extrañamiento?

SG: A mí me encantaría tenerlo.

¿Te lo has propuesto?

SG: Sí, pero es inevitable: me sale el Yo siempre. Pero al final es eso. Sí que me gustaría, pero al final soy yoísta. Aunque te hable del Tú, de Nosotros, de Él, de Ella, soy Yo. Y al final es eso, y sí que últimamente estoy haciendo unos textos partiendo un poco de lo que le peguntabas a Gema. No sociales, porque yo creo que la literatura social pretende un cambio o una reacción en el lector, y muchas veces es muy fácil rozar el panfleto. Pero últimamente sí estoy tratando de hacer unos poemas que tienen una temática más reivindicativa o más de denuncia, pero que al final lo pienso y todo se vuelve al Yo y, por lo tanto, todo se vuelve a la resignación. No pienso ni en el Otro, y eso que la alteridad me interesa mucho, pero es que al final no la reflejo. No pienso en el Otro y para mí es inevitable volver a mí mismo y todo se reduce, al final, en una resignación tremenda.

DA: Generalmente, la poesía que yo escribo no es una poesía asociada a la poesía de la experiencia, sino más bien casi lo contrario. Aunque volvemos a lo de siempre: ¿qué poesía no es de la experiencia? Cada uno escribe de sus propias cosas y cada uno es lo que es por sus propias experiencias. Entonces, aunque no lo verbalices en forma de Yo, tu manera de ver el mundo es personal e intransferible y por mucho que lo filtres a través del Tú o del Nosotros, no dejas de ser Tú. No pienso si estoy escribiendo en forma de Yo o de Tú o Él, sino más bien como vaya saliendo.

¿Cómo veis las redes sociales? En el caso de Sesi y Gema, ambos tenéis blogs. ¿Son una herramienta o son una condena?

GP: A mí me ayudaban antes más que ahora. Ahora tengo el blog más abandonado, pero trato, de vez en cuando, de publicar algo porque siempre hay alguien que no puede comprar mi libro, pero que puede leerme a través de internet. Me gusta que haya una plataforma en la que se pueda leer un texto más o menos actual que refleje más o menos cuál es mi trayectoria.

SG: A mí sí que me gustaría poder tener ese espacio. De hecho, sesigarcia.com lo tengo yo comprado, pero es que nunca me pongo a ello. Quizá porque todavía mantengo ese egocentrismo burgués asqueroso de decir: «si quieren leer algo mío que me busquen en librerías». Es una cuestión de ponerse, pero me gustaría tener un espacio en el que reflejar una trayectoria y tener una pequeña muestra de lo que hay. Sí que me gustaría, pero tengo que hacerlo y, no sé, no lo he hecho todavía.

DA: Yo, como soy un conformista y no busco público y estoy bien como estoy, huyo de la publicidad y de darme a conocer. No soy una persona a la que le guste una imagen pública y digital. No tengo redes sociales. Mentira, tengo Facebook, pero por una cuestión básicamente de información. No subo nada, solo lo tengo para seguir prensa y algunas revistas culturales y, por supuesto, memes.

Es inevitable preguntarles por el fenómeno de los best-sellers, que ya no solo venden libros como churros, sino que encima están recibiendo apoyo institucional y ganando premios. Sesi se encoge de hombros: «A mí, personalmente, no me interesa. Yo, como lector, no veo nada que me interese. No veo un trabajo, quizá porque soy filólogo. En cambio, sí hay autores jóvenes como José Luis Rey, que me deslumbran». Mientras que Gema y Sesi consideran que es un fenómeno pasajero, Dani se ofende al pensar que la gente no se toma la poesía en serio y planteó una serie de preguntas que no fuimos capaces de contestar: «¿ellos se consideran conformistas? ¿O consideran que están currando y se lo están tomando en serio? ¿Hasta qué punto se creen su propia mentira? Si es que es una mentira, que yo no estoy del todo seguro».

No conseguimos llegar a ninguna conclusión. El tiempo apremiaba y Gema tenía que marcharse. Nos quedamos con Sesi y Dani pidiendo otra ronda. Con la grabadora apagada, seguimos hablando sobre poesía, la Universidad, el difícil futuro que tenemos por delante… Al salir del bar, justo al lado de la puerta, había un cartel que decía: «Todo puede pasar». El mensaje, a pesar de su aire enigmático, tenía un tono optimista que nos hizo sonreír. Quizás no ganamos veinte mil euros aquella tarde, pero la llenamos de poesía, de palabras y de literatura.

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