Jesús Montiel: «la literatura es una puerta estrecha y atravesarla consiste en estar solo, en el escritorio»

Esperamos a Jesús Montiel (1984, Granada) en la plaza de Santa Ana, en su ciudad natal. Le hubiera gustado llevarnos al monte y haber hecho la entrevista al abrigo de la naturaleza, pero su mujer, nos confiesa, le ha dicho que aquello era un disparate. La alternativa es una casa señorial del siglo XVII remodelada y convertida en restaurante. Allí, un camarero nos hace cruzar un patio, con una fuente en el centro, repleto de mesas y taburetes bajos. Hay columnas que orillan el lugar apuntalando un espacio techado.  Óleos y piezas de bronce decoran las paredes. Seguimos al camarero. Subimos unas escaleras que se estrechan a cada tramo. Nos sugiere una habitación pequeña, tranquila donde no nos molestará nadie. A Montiel le parece bien. Más óleos y florecillas puestas con agua en botellas de Alhambra Reserva visten la sala. Nos sentamos alrededor de la única mesa que hay y esperamos al café. Mientras, hablamos de libros. Saca Jakob Van Gunten, de Robert Walser, de su cartera de cuero y nos lo recomienda. Ve que traemos sus poemarios y los ojea con cariño y extrañeza. Asegura que no tiene ejemplares en casa. Le trae recuerdos la frescura a opera prima que desprende Placer adámico (2012). Ojea La puerta entornada (2015), el poemario que escribió cuando uno de sus hijos tuvo leucemia, y comenta que aquellos versos le parecen lejanos. Y entonces, el camarero aparece con los cafés. Da un primer sorbo, se enciende el segundo cigarro y comenzamos la entrevista.

Jesús Montiel (1). Fotografía de Sara Belén.

Háblanos de cuándo comienzas a escribir poesía.

El primer recuerdo que tengo del primer poema que escribí es muy nítido, fue con dieciséis años. Lo curioso es que yo no había leído poesía, es decir, empecé a escribir poesía antes que a leer poesía. Me acuerdo porque fue un día de invierno, de estos que nieva aquí en Granada. Y viendo nevar por la ventana, sentí el deseo de coger un folio y, de alguna forma, expresar ese instante que me emocionaba. Siempre me ha gustado mucho la nieve. Esa fue la primera vez, y luego a la semana siguiente volví a escribir otro poema. Empecé y fue algo que se desencadenó sin premeditar y no sé por qué.

¿No se puede comprender qué motiva la creación, entonces?

Yo le he dado muchas vueltas, aunque creo que nunca llega uno a una respuesta exacta, pero creo que hay mucho, primero, de incapacidad de comunicarse fuera de las páginas, o sea, que la literatura y el arte nacen sobre todo en personas a las que nos cuesta comunicarnos. Quizás por timidez. No sé. Esa carencia, a lo mejor, buscas suplirla expresando lo que sientes en un folio y llegar así al otro. Luego, aparte, también hay deseo de que no pase el tiempo en ese instante en el que me siento pleno. Como una lucha contra la muerte, contra el paso del tiempo… Un poco de todo eso.

Más allá de la función expresiva que tiene la poesía, ¿tiene otra utilidad? ¿Es útil de por sí?

¡Claro, si empleamos el término ‘útil’ tal y como se emplea en esta sociedad utilitarista, entonces yo defiendo la inutilidad de la poesía! Ahora bien, creo que el día antes de que muramos, lo más importante que recordaremos no serán las cosas útiles que hicimos para esta sociedad, sino, precisamente, las cosas inútiles. La vez que le diste la mano a alguien o aquel rato que estuviste con tal persona. Ahí creo que tiene mucha importancia el arte, porque una persona siempre va a tener esos pequeños detalles presentes en la mente. La memoria guarda las emociones estéticas, más que las cosas burocráticas que hacemos durante el día, las cosas que nos impone la sociedad. En ese sentido, no es que la poesía tenga grandes misiones, pero sí, desde mi experiencia, me ha hecho mejor persona; digamos que lo que escribo me construye a mí como persona y, de alguna forma, me ayuda a encarar la realidad de otra manera, me ayuda a salir un poco de la costumbre, de la rutina.

¿Es un asidero, quizás?

Sí, para mí ha sido un asidero, sobre todo empezó a serlo a raíz de la experiencia con la enfermedad que tuvo mi hijo. Ahí sí he tenido yo una experiencia muy concreta del arte, de la literatura como… No me gusta decir como ‘refugio’ o como ‘terapia’, pero desde luego sí ha sido algo en lo que apoyarme y encontrar esperanza. La esperanza que, a lo mejor, no habría tenido si no hubiera escrito.

Ahora que mencionas la enfermedad de tu hijo, fue la que te llevó a escribir La puerta entornada y también, a raíz del infarto de tu padre, escribiste Díptico de otoño. El dolor está bastante presente en tu obra…

Sí… Yo sé que hoy en día no está muy de moda decir que el sufrimiento sirve para algo y se subraya más lo absurdo del dolor y todas estas cosas. Hace poco leí a un autor que decía que el dolor no sirve para nada, pero creo que para afirmar eso hace falta tanta fe como para afirmar lo contrario. Y mi experiencia es la contraria. El sufrimiento, evidentemente, no me gusta, pero es algo inevitable. Tengo la experiencia de haber crecido a través del sufrimiento. Para mí ha sido un buen pedagogo, aunque no me guste sufrir. Me gusta mucho una frase de Thomas Merton en sus Diarios, que dice: «Avanzamos hacia el misterio a través de la crisis». Yo creo que la crisis es un motor que nos hace crecer interiormente, sin sufrimiento; que es un mecanismo del ser humano para crecer y salir un poco de los límites de la costumbre.

Jesús Montiel (2). Fotografía de Sara Belén.

Recuerdo una frase de Merton que citaste en Facebook, y era algo así como que él entendía la escritura, entre otras cosas, como rezo. ¿Piensas igual?

Sí, sí… También lo dice Pablo d’Ors, que la escritura es una forma de encontrarme ante mi propia estupidez. Es decir, que cuanto más escribo, soy más consciente de que escribo mal. Quiero decir  con esto que soy incapaz de expresar como quisiera las cosas que busco expresar, y, entonces, en esa incapacidad, en ese límite humano, es donde encuentro la esperanza de algo que me transciende, de algo que me ayuda a escribir. Es entonces cuando entro en un misterio. Escribo yo, pero no escribo yo. No sé si me explico. El toparme con esos límites: con mi propia estupidez o mi propia incapacidad a la hora de escribir, me hace ver que no todo depende de mi talento o de mis capacidades propias.

He escuchado en alguna ocasión decir a Jiménez Lozano que, cuando volvía al texto para corregirlo, solo mantenía aquello que sentía que no había escrito él.

Totalmente de acuerdo. Cuando escribo algo que me gusta me viene la sensación de «¿quién ha escrito esto?»

Tanto en Insectario como en el «Prólogo» de Placer adámico hablas del asombro y de la observación. ¿Qué relación tiene el poeta con la realidad?

Supongo que eso depende de cada poeta… como de cada persona. Yo hablo mucho del asombro porque creo que es el resorte que hace posible la poesía. Lo comparo con la visión del turista porque éste se para frente a un rincón que desatendemos, porque estamos acostumbrados. El turista lo hace novedoso. En cierta forma, ve las cosas como deberíamos verlas: como son. Yo creo que el poeta es aquel que se asombra ante lo cotidiano, o que, al menos, se obliga a salir un poco de la costumbre en la que caemos todos. Me llama mucho la atención que, siendo la vida tan corta, nos acostumbremos a ella. Me asombra que no nos asombremos de este poco tiempo que tenemos aquí.

En muchos de tus poemas partes de lo cotidiano, pero hay una búsqueda de la transcendencia o de penetrar en el misterio. ¿Transciende de alguna manera la poesía la realidad?  

Normalmente, cuando escucho a muchos poetas, me da la sensación de que parece que lo que hace la poesía es adornar la realidad, pero no es así. Es lo contrario. No es que yo me obligue a decir que las cosas son más bonitas de lo que son por hacerlo poético, sino que creo que la poesía hace lo contrario: las cosas son tal y como salen en el poema, lo que pasa es que la costumbre las empaña. La poesía quita el polvo de la costumbre para ver las cosas tal y como son. No es que yo hable de un vaso de agua en un poema y saque más significados de los que realmente tiene un vaso de agua, o que le dé transcendencia al mismo. ¡Es que el vaso de agua la tiene y la poesía me ayuda a verla! Es algo que está ahí, exterior a mí. La poesía es como una lupa, por decirlo de algún modo. No mejora la realidad del poema, sino que la rescata.

Esto se aplica a la naturaleza, también…

Bueno, a la naturaleza y no solo al entorno natural, sino también a lo urbano o a las relaciones personales. Creo que todo está impregnado de misterio.

En alguna entrevista has dicho tu percepción de la religiosidad era más próxima a lo natural que a lo dogmático o a lo institucional.

Sí, mi formación es cristiana y yo creo que el cristianismo tiene muchos tesoros. Sé que está hecho por hombres, que todos metemos la pata y que el clero a veces vive muy alejado de la realidad y de las personas, aunque ahora se esté acercando. Pero sí es verdad que tengo cierto reparo a etiquetarme en una fe de templo o sacristía, que no lo veo mal, pero es cierto que muchas veces al pasear por un bosque en plena naturaleza, encuentro un templo más hecho a mi medida que un templo de piedra. Yo me considero cristiano, pero cuando estoy con cristianos, me dicen que soy muy heterodoxo y cuando estoy con gente atea, me dicen que soy muy ortodoxo. Entonces, como dice Pablo d’Ors, me siento en la frontera. Tengo muchas contradicciones y siempre que me dicen blanco veo el negro, y cuando me dicen negro, veo el blanco. Pero la fe está muy presente en mi vida y en la forma de encarar la realidad.

Frente a la ciencia y a los medios de comunicación de masas, ¿le queda algún resquicio a la poesía para explicar el mundo?

Yo creo que sí. La pena es que caminamos hacia un mundo… Lo veo sobre todo en las redes sociales, donde la opinión de la mayoría es la opinión de unos pocos. Una cosa que me asusta últimamente, y por la que me planteo dejar las redes sociales, es que cuando se produce un atentado o un caso de corrupción en la política, o cualquier asunto así, la mayoría de muros se llenan con la misma opinión, que normalmente es la opinión que ofrecen los medios de comunicación. A mí, y lo veo en mis alumnos, me asusta la medida en la que estamos manipulados ideológicamente. Y creo que, en la poesía y en el arte, hace falta gente en las grietas del sistema. Los poetas cumplen esa labor. Siempre van a ser una minoría, pero contrarrestarán a esa gran mayoría que opina siempre igual.

¿Qué herramientas tiene para enfrentarse a estas opiniones y relatos fraudulentos y fabricados? Me refiero, utilizando el término de moda, a la ‘posverdad’.

Las herramientas que la poesía tiene son las que siempre ha tenido, que son las preguntas esenciales: ¿existimos?, ¿para qué existimos?, ¿hay algo después de la muerte?, ¿existe Dios?, ¿no existe?, ¿qué es el amor? o ¿por qué existe el mal? Las cosas esenciales que nos preocupan a todos. Estas preguntas se las sigue formulando la poesía incluso ahora, en un entorno donde solo se te invita a vivir en la superficie, consumiendo, alienándote y escapando de esas preguntas constantemente. Yo lo veo en mis alumnos: ¡son incapaces de tener diez minutos de silencio consigo mismos! Y eso lo ha conseguido esta sociedad… Que el hombre huya de sí mismo constantemente,  que tenga miedo de su silencio.

Y, frente a la política de hoy, ¿tiene algo que hacer la poesía?

Sí, sí, sí. De hecho, tengo en mente hacer un pequeño ensayo, a modo de poética, sobre el poema como una barricada, que también se parece a lo que digo en el prólogo de Memoria del pájaro. La política de hoy en día es utilitarista. Vivimos en un entorno donde prima una economía miope, porque solo mira las ganancias del hoy. No mira si agota los recursos naturales para las próximas generaciones. Tampoco mira a la persona. Somos simplemente consumidores. Yo creo que el arte, ahí, juega una oposición muy fuerte porque reivindica cosas que se enfrentan totalmente a eso, como la gratuidad. En fin, la fuerza de la economía está incluso colándose en la literatura… las editoriales, las poesías… Pero, por otro lado, está también la resistencia de muchos artistas a entrar en ese juego. Y yo creo que esa resistencia va a estar siempre ahí, y, si está ahí es porque es política.

Volviendo a lo cotidiano de la poesía, encontramos muchas veces que la realidad te llama y te saca del poema para fregar los platos, ir a la compra…

La realidad, que se llama Loreto [se ríe].

Es curioso porque no hay una ‘romantización’ de la poesía.  

Es un mecanismo mío para luchar contra mi parte idealista. Tengo la suerte de que Loreto, mi mujer, ni lee poesía ni es alguien del ámbito literario. Esto, al principio, me causaba un poco de crisis, porque, claro, el leerle tus poemas a alguien con quien vives y que se ponga a bostezar, pues es un poco duro. Uno piensa a veces: «oh, cómo me gustaría tener a alguien al lado que comprendiera esta parte de mí tan importante». Pero, al final, es una chorrada, porque lo que ella me exige es algo mucho más real que los poemas: ella me exige el amor fuera de las páginas, lo cual es mucho más acertado. Es normal que cuando tienes hijos pequeños, me pida fregar los platos y no que le recite poemas. Al fin y al cabo cuando muera, no van a quedar en mi memoria los poemas que he escrito, o los premios que uno ha ganado, o los libros que he publicado. Lo que queda es la capacidad de entrega que haya tenido con los demás, y lo que haya amado. El amor se demuestra en detalles muy concretos, como hacer la compra, poner la lavadora y poco más. El amor ese hollywoodiense, en el que todos hemos creído alguna vez, es mentira. La pasión es muy efímera, es muy transitoria, y creo en otro tipo de amor, menos a flor de piel y mucho más sosegado.

¿Y cómo se compagina esta vida familiar con dar clases e ir a libro por año?

Ahora me pillas en una época en la que estoy agotado y, la verdad, creo que hay que poner freno. El trabajo de profesor te permite tener ratos para la escritura. Un viernes por la tarde, cuando acabo la clase, tengo cuatro horas en el despacho. Y un viernes no viene nadie, así que las aprovecho para escribir. Además, en el despacho hay un silencio idóneo. En casa me cuesta escribir si no es por la noche, porque con los niños es muy difícil: te interrumpen cada dos por tres y la escritura requiere mucha concentración. Yo creo que es un rasgo evolutivo, uno se va adaptando a la situación que tiene y al final siempre encuentra tiempo. La frase de «no tengo tiempo para esto», la detesto. Eso de fraccionar el tiempo y hacerlo productivo es algo muy capitalista. Había un hombre al que le preguntaron: «¿Cuándo tienes tiempo libre?» Y dijo: «Todo mi tiempo es libre, aunque esté ocupado». Entonces, aunque no esté escribiendo de forma manual, estoy escribiendo mentalmente cuando cambio un pañal o llevo a los niños al parque. Siempre estoy escribiendo, aunque no sea el mismo acto de escribir.

¿Hay algo de oficio en esto de la escritura, por tanto?

Tiene una parte de oficio, ahí está la influencia que recibo de Miguel d’Ors, quien recalca mucho eso, la parte de artesanía, de disciplina. Pero también tiene algo de vocación. Cuando te he contado eso del día que nevaba, mi experiencia es que la poesía vino a mí, yo no fui a la poesía; así que, de alguna forma, mi ser es poético. Incluso si escribo una novela, mi forma de encarar la realidad es poética, desde que era un niño. Luego, que escriba o no, ahí ya influyen otros factores: que haya disponibilidad de tiempo, facilidad de personas que te hayan empujado un poco… Primero viene la vocación, pero luego está el oficio.

Hablabas de Miguel d’Ors. ¿Le consideras uno de tus maestros?

Sí, bueno, a él no le gusta que le digan que tiene discípulos, pero estuvo un año en la Universidad leyendo mis poemas cuando eran un desastre y me enseñó, sobre todo, a versificar, que es algo que ha quedado muy patente en mi poesía. Ahora que se lleva tanto el verso libre, yo mantengo la acentuación, soy un poco más conservador en eso, porque pienso que la poesía debe tener un mínimo de técnica, un mínimo de poesía. Eso se me ha quedado mucho, aunque nuestras poesías sean diferentes. Me enseñó el amor a la artesanía: marcar las palabras con un acento, con una música y a partir de ahí, teniendo ese conocimiento, solo queda experimentar.

Y más allá de esta música y este ritmo, ¿qué le exiges a un poema cuando lees?

Tanto a una novela como a un libro de poesía, a cualquier literatura, lo único que le exijo es que no sea puramente literario, porque hay mucha gente que escribe bien, pero es como una pirotecnia que no celebra nada. Tiene una sintaxis brillante, pero no me alcanza la vida. Estoy de acuerdo con José Mateos, que dice: «lo que yo le pido a un poeta es que me golpee con lo que estoy leyendo». Aparte de que esté bien técnicamente, que me llegue, que el poeta sea necesario. Tú notas enseguida cuando un poema es necesario para quien lo ha escrito o no es más que un ejercicio literario. Yo intento escribir solo aquello que necesito hacer, pero no escribir por escribir o porque quede bien literariamente.

Todos tus poemarios han sido ganadores o finalistas de premios literarios, ¿cómo ha influido esto en tu carrera literaria?

Es muy sencillo, en realidad. Yo recurro a los premios porque hasta hace muy poco yo no tenía vida literaria ninguna. Nunca he tenido amistades en el ámbito literario, era muy tímido, y la única forma de publicar eran los premios. El primer premio que gané, el de la Complutense, fue un empujón, y ver que lo que  escribía podía gustarle a la gente, me ayudó mucho psicológicamente. A partir de ahí, probé en otros concursos, y la verdad, me ha ido muy bien. Voy a seguir recurriendo a los premios hasta que alguien me diga: «Aquí tienes tu casa». Esa será el momento en el que pueda dejar de presentarme a los premios, y, oye, lo haré encantado. Sé que tienen mucha mala fama y que se habla mal de los premios, pero de los que he ganado, no conocía a nadie del jurado ni había hablado con nadie.

En muchos casos, parece que es la única manera de publicar un poemario.

Es una pena. Los premios están bien, pero para mí lo ideal sería tener un editor. Lo que pasa es que tenemos un mundo editorial monstruoso y además, ahora, muchas editoriales se están pasando a cosas muy comerciales. También hay una competencia monstruosa por las ventas y todo eso está influyendo en la poesía, que siempre ha sido un género minoritario y nunca ha tenido grandes ventas, ni creo que las vaya a tener.

Pero a pesar de todo se edita muchísima poesía. ¿Cómo se entiende esto?

Bueno, “la poesía” [se ríe]. Ahí entramos en el debate que está habiendo últimamente entre jóvenes poetas sobre lo qué es poesía y lo que no. Entonces parece que, si dices que «este libro no es poesía», estás hablando desde un púlpito, pero creo que no se trata de eso. Yo he empezado a leer, por curiosidad, libros de estos que están teniendo mucho éxito de ventas, esos que  ponen en la sección de poesía… pero a mí, sinceramente, más allá de la técnica en algunos casos, lo que dicen no me alimenta para nada. Creo que son desahogos adolescentes o letras de cantautor más que poesía. Ya no es cómo lo dicen, sino el qué dicen. Es tan pobre, tan comida rápida, que yo sinceramente no entiendo cómo un poeta veterano puede defender esas cosas… Es que no lo entiendo, de verdad, me deja pasmado.

¿Posmodernismo literario?

Si tú lo quieres llamar así… Yo sé que no hablo desde ninguna verdad, sino desde mi experiencia: lo leo y me parece vomitivo. Ya está. No estoy diciendo que lo mío sea real, sino que a mí, no me gusta, me aburre. Y eso sin entrar en la técnica, que eso sería otro tema.

A diferencia de todos ellos, tú te prodigas bastante menos.

Sí, ese es otro tema.

Me parece que he llegado a leer que incluso se te sube la tensión cuando te expones demasiado.

Bueno… Hay gente que no me entiende, porque también lo toman, al no conocerme, como que voy de diva. Y es algo muy sencillo: yo soy muy tímido. Ni siquiera había presentado los libros, ni había leído nunca en voz alta, ni siquiera en la entrega de los premios.

Eso, para empezar. Luego, cuando empecé a publicar me pilló la época de la leucemia de mi hijo, que han sido dos años en el hospital. He publicado algún libro en esa época pero no tenía ganas… Entonces, se junta mi temperamento, las situaciones personales y… en fin, he de reconocer que por mi carácter, he ido a alguna tertulia literaria y me aburre. Sí, sí, no te sorprendas. Cuando se juntan seis o siete poetas y empiezan a hablar de poesía… A mí me cansa, porque todos los que estamos en esto tenemos un ego grande, y me incluyo. Es como juntar muchas pelotas de goma en una habitación pequeña. Horrible. Yo intento ir a las presentaciones de los libros que me gustan, pero no voy a las presentaciones como algo comercial donde ocurre un trueque: es decir: yo voy a tu presentación y tú vas a la mía; yo te mando mi libro por correo y tú me mandas el tuyo.

Para mí, vivir en la literatura así es horrible. Para mí la literatura es mi escritorio, mi silencio y yo. Lo otro creo que debe ser un tanto por ciento mucho más pequeño. Además, Yo escribo, ya lo he dicho, porque me cuesta comunicarme en público… Lo raro sería que yo fuera un comercial. ¿Qué hoy en día hay que promocionar los libros? Sí. Pero los escritores que están más promocionando que escribiendo… A mí siempre me han resultado sospechosos. Además, es que ese tipo de vida de literato me cansa, y me pongo nervioso. Como tú has dicho: me sube la tensión, me provoca brotes de soriasis… Y eso que ahora estoy intentando adaptarme e ir más a los sitios. Vino Jesús Carrasco a presentar Intemperie a Granada, que es una novela que me encantó, pues fui. Vino Eloy Tizón, que me encanta, pues fui. Si presenta Andrés Neuman, que tengo relación con él y me gustan sus libros, pues voy. Pero que uno tenga que ir a todo…

Jesús Montiel (3). Fotografía de Sara Belén.

Hasta la fecha, quitando el prólogo y la traducción de Resucitar de Bobin casi todo lo que has presentado o publicado ha sido poesía.

Sí.

Y qué hay de la novela, el libro de aforismos, los diarios… Creo que todo esto está en el cajón. ¿Verán la luz?

Ojalá. Tengo un diario que está guardado porque le gustó a un editor y me dijo que esperara. Tengo un libro de prosa, también, del estilo de Bobin, sobre la enfermedad de mi hijo. Es un libro de treinta páginas que también está guardado para esa editorial. Y estoy terminando una novela que empecé… En siete años he escrito unas catorce novelas, no estoy exagerando, pero todas han ido al cubo de la basura al acabarlas.

¿De verdad?

Bueno, todas excepto la última, que la empecé en noviembre. Estoy acabando la escritura, luego la reescribiré, y yo creo que para este   junio o julio la tendré acabada del todo. En esta sí tengo confianza. Porque, lo que es evidente es que para que te publiquen una novela tiene que ser un poco como el caballo de Troya: es decir, que hay que darle una apariencia comercial para que la editorial no te la rechace, pero intentando no renunciar a mis inquietudes y a mí forma de escritura.

Es interesante eso que has dicho de darle una apariencia comercial. ¿Cómo haces eso? Suena a oxímoron.

Hombre, creo que la clave está en el planteamiento… es la primera vez que lo digo pero se trata de una novela negra, donde lo importante no es el crimen. Juego un poco con el personaje, que tiene síndrome de Asperger, y pongo un poco ahí de  mi visión poética de la realidad y lo mezclo un poco el crimen y con el suspense, pero sin renunciar a elementos que siempre me han obsesionado como la muerte, la soledad. Entonces he intentado hacer algo así.

¿Hay en los géneros, o en el salto de unos a otros, algún tipo delimitación a la hora de escribir?

Sí, de hecho lo hablaba con Andrés Neuman en la presentación de Memoria del pájaro, porque él es una persona que compagina muchos géneros a la vez. Y estábamos de acuerdo. La poesía, por ejemplo, es mucho más caprichosa o aleatoria, no requiere una disciplina diaria. La novela sí requiere un… Me gustaba cómo lo decía Andrés, un «compromiso imaginario diario». La novela es como ir a la oficina todos los días. Si te tiras dos días sin escribir pierdes el hilo y se enfría, es como un impulso que tienes que alimentar continuamente. Entonces, la novela, sí requiere un desgaste mucho mayor psicológico y emocional. Es casi obsesivo. Yo lo he vivido realmente como una obsesión. Y ahora que la estoy acabando tengo ganas de… Es casi como un vómito. Y la poesía, sin embargo, me resulta mucho más fácil escribirla. Compaginar las dos cosas sí que me ha costado, porque la novela te exige mucha entrega.

Esto para escribir, y ¿para publicar?

Hombre, creo que es más fácil  publicar  novela que  poesía. O sea, yo sé que la novela, en cuanto la acabe, se puede publicar en varias editoriales independientes. Lo que pasa, es que la distribución hace mucho y como tengo el sueño, el estúpido sueño de vivir de la escritura y abandonar la docencia, necesito que la novela sea, no un bombazo, pero sí que encuentre muchos lectores para permitirme ese lujo. A mí me exige el cuerpo dedicarme exclusivamente a la escritura. Pero claro, necesito un salto grande, por eso necesito una editorial que tenga buena distribución, que es la mitad del éxito de un libro.

¿Qué le dirías a un joven poeta que no quiera ceder al mainstream?

Yo le diría lo que me decía a mí Miguel d’Ors: «La vida literaria es una puerta muy grande, muy ancha, por la que puede entrar mucha gente. Sólo tienes que llevarte bien con todo el mundo, hacer la pelota, escribir como se te pide que escribas, y te irá bien.» Tendrás amigos, tendrás amor, como dice Goytisolo… Pero la literatura es una puerta estrecha y atravesarla consiste en estar solo, en el escritorio. Entonces, lo que recomiendo al joven es que escriba sus propias obsesiones, no las de los demás. Y que escriba siendo honesto y fiel a su vocación, sin pensar en si va a publicar, sin prisa, y sin ese tipo de cosas que al final entorpecen la propia trayectoria.

 

Hablábamos antes de las redes sociales. Tú estás en bastantes, al menos…

Estoy en Twitter y en Facebook. Lo llevo muy mal.

Y, ¿son de utilidad para el poeta? ¿O son más bien una distracción?

Hasta hace dos años no tenía ninguna. Antonio Praena, un poeta de aquí de Granada, me propuso que entrara en Facebook, porque hoy en día es un buen escaparate para tener lectores. Y me abrí la cuenta en Facebook. Es cierto que me ha dado muchas alegrías, porque he podido conocer a escritores que de otra forma no sería posible; te ofrecen colaboraciones en revistas, a veces te invitan a un sitio y hasta te pagan… Pero, por otro lado, yo lo vivo como una lucha interior constante porque, cuando veo otros muros, veo que la gente publica la comida que come, la hora a la que se va a la cama… Incluso yo he caído muchas veces en eso. Es como un engañoso escaparate del yo.

Creo que las redes sociales contribuyen al aislamiento en el que viven las personas hoy en día. Creo que hay una falsa conexión, y creo, además, que niegan el espesor del tiempo, es decir, favorecen lo inmediato; y, además, es lo que dice Bauman, tú ves cosas, ves muros, y eliges lo que te gusta, es como un mercado. Es algo monstruoso, porque en la vida real, fuera de la pantalla, tú no eliges lo que te hace sufrir o lo que no, no puedes elegir, tienes que aceptar lo que viene en tu propia historia. No sé, veo mucha gente sola en Facebook y en Twitter, que pasa demasiado tiempo ahí dentro, y a mí eso me asusta. Me asusta que al final la vida acabe estando ahí, en la pantalla, y no fuera. Intento defenderme un poco de eso y llevo un tiempo pensando en dejarlo, ya totalmente, porque cuando uno publica algo encuentra lectores si es bueno, independientemente de si tienes Facebook o no tienes Facebook. A los hechos me remito. Hay muchos escritores que no tienen Facebook ni tienen redes sociales e incluso viven de la literatura.

Hablando de Facebook, dijiste por allí que habías reorganizado la biblioteca y que habías colocado en una balda unos pocos libros, imprescindibles, a los que siempre vuelves ¿qué hay ahí?

Pues está Christian Bobin, que se ha convertido en una casa en la que quedarme siempre. Es un autor es muy necesario. Está Diarios, de Thomas Merton. Está algún libro de José Mateos. Está Los dichos de los padres del desierto, de los anacoretas del siglo IV. Está la Biblia. Está Tarkovski, Esculpir en el tiempo, no sé si lo habéis leído, bueno, sabéis que era cineasta…

Sí, claro.

Un libro imprescindible donde ofrece su visión del arte y del artista. Está Robert Walser, un escritor que me encanta, no sé si lo conocéis, en fin, un novelista que acabó los últimos cuarenta años de su vida, o los últimos treinta años, en un manicomio, muy solitario. Normalmente son libros a los que vuelvo una y otra vez porque me alimentan y me insuflan esperanza. Son libros luminosos. Son libros que me han ayudado en momentos de sufrimiento.

Jesús Montiel (4). Fotografía de Raúl E. Asencio.

¿Y si tuvieras que hablar de maestros?

Hay muchísimos. Todos estos que te he dicho: Robert Walser, Christian Bobin… Ya de poesía, por ejemplo, Antonio Moreno, Amalia Bautista, Antonio Colinas—un autor al que vuelvo también mucho. Uno de los libros de ese estante también es de Sánchez Rosillo. Es que hay muchos, se me olvidan siempre. Thoreau es otro autor que me gusta mucho. Hay muchos. Normalmente no son todas las obras de un mismo autor, no es raro que me quede con una sola obra. Son libros que me han ido ayudando y construyendo.

Publicaste un aforismo, era algo así como que demasiadas veces se hacía la pregunta desde la respuesta, ¿de dónde tiene que nacer la pregunta, entonces?

Sí, bueno, ahí me refería más a personas que te preguntan… Además lo decía refiriéndome a una entrevista…

Espero que no hayamos preguntado mucho desde la respuesta.

Sí, no, pero tú notas cuando hay… En fin, el tipo de sentimiento que anima a las preguntas. Hay veces que te preguntan: «¿por qué no participas de la vida literaria?» Pero te lo preguntan con un prejuicio. Muchas veces se pregunta desde una visión… Desde una etiqueta, y me molesta porque yo intento ver a las personas no como una etiqueta. Intento verlas como desconocidos aunque sepa de ellos, porque creo que cualquier persona es interesante. En fin, surgió un poco de eso, y creo que la pregunta… Pues debe surgir de la confrontación del ser humano con la realidad o consigo mismo. Pero estas preguntas han de brotar espontáneamente, no debemos hacerlas porque las hayamos aprendido previamente.

 

Raúl E. Asencio Navarro

Estudié Periodismo en la UCM y, algún tiempo después, un Máster en Literatura Española.

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