Zúñiga y la necesidad del olvido

La ironía es la mejor forma de distanciarse. Esa es la razón de ser de las Fábulas irónicas (2018) que un experimentado Juan Eduardo Zúñiga nos ofrece con toda la sabiduría de la que dispone el autor de La trilogía de la guerra civil (2011). No en vano abre así el libro: «Veloces pasan los años y a nuestra espalda dejan infinidad de hechos, de personas valiosas o despreciables, extremas en el odio, en el amor o en la ambición, que hoy juzgamos desde el distanciamiento que permite una mirada irónica» (p. 13). Solo un escritor familiarizado con la cotidianidad del sufrimiento personal es capaz de indagar en el dato anecdótico, a simple vista intrascendente, de las diez historias que componen este libro de relatos.Fábulas irónicas (2018), de Juan Eduardo Zúñiga

El olvido, encomiado desde las primeras páginas, se oculta detrás de cada una de las fábulas como el motivo principal que las sustenta, desde «Benéficas aguas del olvido» —alusión al río Leteo—, donde la zarina Ana obliga a un enano noble de la corte rusa a casarse con su ama de llaves en un palacio de hielo, hasta «Escrito en las paredes», donde los atropellos del rey no conseguirán zafarse del recuerdo al ser registrados en los muros de todos los hogares del reino.

El olvido, o quizá la necesidad de este, es el fin al que conduce la lectura de estas fábulas, la necesidad de olvidar no solo las atrocidades que Basilio II perpetró contra los prisioneros del emperador Samuil —ordenó cegarlos para que no pudiesen testimoniar la derrota—, sino también los errores vitales cometidos, como la inútil «Huelga de hambre en Roma» que desempeñó Aulio Cremucio Cordo contra Nerón o aquel otro «Sublime ejemplo» encarnado por el emperador de Bizancio que quiere emular al Estilita.

Zúñiga alterna los datos históricos alusivos a la antigüedad grecolatina, la cultura eslava o portuguesa con una acertada presencia de lo ficcional que imprime un tono de lectura de sesgo didáctico, en cierta medida emparentado con las fábulas moralizantes de aire infantil y sostenido por las ilustraciones de Fernando Vicente. El autor lo advierte al comienzo: «Estas fábulas son tanto episodios históricos como invenciones. Histórica fue la terrible venganza por la cruel muerte de Inés de Castro, como la huelga de hambre en Roma contra la tiranía de Nerón o el feroz castigo de un emperador griego que, tras una batalla perdida, condenó a la ceguera a miles de soldados búlgaros que así nunca podrían relatar lo que habían visto. Pura imaginación parecería este suceso que no obstante fue real» (págs. 13-14).

Tampoco descuida verter en algunas fábulas consideraciones al respecto de la condición del intelectual, ya desde su origen estrechamente emparentada con los problemas sociales de su entorno, incorporando de esta manera un estilo ensayístico que no desentona con el resto del relato: «un físico puede ser un buen estratega si es preciso, aunque personas de exquisita sensibilidad espiritual reprueben la participación de los intelectuales en actos colectivos, en especial, luchas por la subsistencia o actitudes levantiscas contrarias a la privacidad de sus tareas excelsas» (págs. 80-81). Aquí se halla encarnada en Arquímedes, asesinado tras negarse a defender Siracusa de la invasión de los romanos, pero también puede rastrearse en «Odio y amor, puñales», donde introduce el narrador toda una reflexión despojada de artificio sobre la venganza a través de Pedro I e Inés de Portugal (págs. 92-93).

En otras ocasiones, detiene la fábula para preguntar por los hechos que la historia no registra. Tal es el caso de «Venenos e idiomas», en la que rescata a Mitrídates Eupator o Mitrídates VI —y no Mitrídates IV, como encontramos en el libro: de este, poco se sabe; de aquel proviene la leyenda del monarca que legislaba en veintidós idiomas para anticiparse a cualquier conato de traición y que, temeroso de morir envenenado, aclimató su cuerpo a las principales toxinas para inmunizarse, viendo truncado todo intento de suicidio en el ocaso de su imperio—:

«Explicación lógica, pero queda la incógnita de qué profundidades psicológicas hacen brotar en el políglota la pasión de aprender un idioma tras otro, como necesidad de expresar el pensamiento de distintas maneras. ¿O será la forma de compensar la falta de atención a las palabras balbuceantes de una remota infancia que precisaba ser escuchada y no lo fue?» (p. 98).

Que el libro haya sido impreso el 18 de abril no es sino una curiosa coincidencia: como registra la última página, tal día fue el aniversario de Antero de Quental, y en cierto sentido encontramos paralelismos con la vida del portugués y las historias que aquí se nos ofrecen: poeta portugués—«Odio y amor, puñales»— y miembro del grupo literario y político «Cenáculo» con Eça de Queirós, entre otros —«Arquímedes, intelectual comprometido»—.

Estas fábulas, verdadero elogio del olvido y de la memoria como condición inherente a la conciencia humana —somos lo que recordamos—, no esconden antecedentes claros como «Funes el memorioso», de Borges. De hecho, en ambos casos encontramos alusiones a la Naturalis historia de Plinio el Viejo, fuente de la leyenda de Mitrídates. «Recordar», ese «verbo sagrado» que el narrador del cuento borgiano pronunciaba con recelo, adquiere aquí una connotación desenfadada, humorística y, en ciertos momentos, grotesca, haciendo de este libro todo un decálogo de la historia vista con la distancia necesaria para comprender, parafraseando la conocida sentencia, el secreto de la nariz de la Esfinge.

Alain Iñiguez Egido

Cepa perdida del 94, nota al pie pasada de líneas y retrato de un filólogo inmaduro. Por aquí escribo sobre novela sin desprecintar.

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