Inevitables claudicaciones de un profesor de literatura en la ESO

Y la Muerte aparece danzando, y tropieza con los bajos de su túnica y su propia guadaña le cercena la columna, pero su boca sigue diciendo: “Ojo, que el tiempo se os va volando y no sabéis lo rápido que ansía escapar de entre vuestros dedos”. Pues bien, eso me dice la Muerte cada día que entro a clase y me veo donde no me imaginé nunca, tratando de mantener el control de un grupo de adolescentes que quieren de todo menos esucharme hablar de CD, CCL, CRV y otras muchas siglas que algunos alumnos jamás llegarán a entender.

Y, a pesar de la lástima que me inspira la sintaxis, comprendo que el primer amor, la sobrepoblación de acne en la cara y el Fortnite resulten más preocupantes que si al CD de los verbos copulativos se le llama Atributo o Gandalf el Blanco. ¡Pero la literatura…! En fin, reproduciré uno de mis muchos días con los chavales de cuarto, con tanta exactitud y veracidad como el realismo (qué palabra más mal entendida por algunos) del Lazarillo de Tormes.

Llego a clase. Cinco minutos se me van en el ritualizado caos y en mis suplicantes “¡Chicos, venga, que comenzamos!”. Comenzamos, vale, pero hay valientes que me desafían blandiendo móviles, bolas de papel, chapas, libros de historia que no sé qué hacen allí…

Comenzamos de verdad a los diez minutos. Y hoy toca trabajar la literatura de los cuarenta. En mi eterna pugna con el poder establecido, miro a los ojos al libro de texto y le digo, descarado: “No tendrás el placer de verme abrirte. He preparado unas fotocopias”. El libro llora, seguro. Reparto las susodichas fotocopias y organizo grupos de expertos para trabajar cada uno de los temas que he diseñado. He calculado que estos grupos de expertos nos durarán una clase. Pobre de mí, que no sé que al final tardaré cuatro sesiones en conseguir que hayan aprendido algo. Ojalá no fuera así, pero en las fotocopias he claudicado a mi rigurosísima experiencia filológica y me he rendido a las medias verdades e insuficientes bocetos con las que se educa a los jóvenes (a los más jóvenes que yo, quiero decir).

Lección de anatomía del Doctor Willem van der Meer- TEMBLOR Revista de poesía
«Lección de anatomía del Doctor Willem van der Meer» (aunque bien podría ser de literatura), Pieter Mierevelt (1617)

“Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”. ¿Esto es poesía desarraigada? Sí, pero no sólo esto. Eugenio de Nora, Espadaña, Sombra del Paraíso… No hay tiempo, y no entra en el currículum. He salvado a Hijos de la ira, que ya es algo.

“La novela existencial es autobiografía, desarrollo lineal y determinismo biológico”. ¿Sí? Bueno, alguien podría objetarle a esta definición muchas cosas, pero he de contar con que los chicos aprenderán al menos una de estas características (y si aprenden dos, o incluso las tres, salto encima de la mesa y les bailo).

“Quedaos con estos nombres para la literatura femenina: Ángela Figuera y Carmen Martín Gaite”. ¡Y cuánto lo siento haber sepultado en la ignorancia estudiantil a Carmen Laforet, a las escritoras del 27 en el exilio…! Leemos un poema de Figuera y un cuento de Martín Gaite: creo que les ha impresionado, quizás hasta gustado. ¿He de confiar por ello en que las recordarán para toda la vida? Quizás, estimado iluso, quizás…

De Nada, nada. Miguel Delibes y Camilo José Cela, que tienen sendos apartados en el tema del libro, son los protagonistas de la narrativa. Ningún alumno los ha escuchado siquiera. Hay muchos que tampoco saben quién es Arturo Pérez Reverte. ¿Es que no están al tanto del twitter estos jóvenes?

Ojalá existiera el tema de la tradición de las Danzas de la Muerte (al que sin remordimientos dedicaría quince sesiones, y con remordimientos, doce). Ojalá hubiera al menos un epígrafe en los libros de texto para presentar a los autores (que no a las personas) del grupo Garcilaso o Escorial. Ojalá pudiera charlar distendidamente con los jóvenes acerca del realismo sucio, leerlo y crearlo, pero no silenciarlo. Ya sabéis: desde 1975 hasta la actualidad no hay más que García Montero, Luis Alberto de Cuenca o Julio Llamazares. ¡Osara yo restar el valor que tienen tamaños escritores!

Sin embargo, algo me chirría: los alumnos no leen a estos autores que enseñamos como contemporáneos…Sin embargo, y sin obviar la más reciente historia de nuestra literatura, deberíamos, quizás, ofrecer a los chavales la oportunidad de conocer qué se está escribiendo a día de hoy. Que yo reverencio pseudopatológicamente a Góngora es harto conocido, pero ni el “Ándeme yo caliente” es ya comprensible para los más jóvenes. Nada de rima ante todo: ¿no tenemos que formarlos en la más exquisita, casual y snob modernidad?

Adaptemos, a modo de experimento, nuestro amado cordobés a los intereses de los alumnos:

“Que no me rayes,

que yo voy a mi rollo.

Que lo que hagas o lo que digas

me importa un truño.

Tú con tus Adidas, payaso,

que te has gastado una pasta;

yo con mis zapatos

con lucecitas de colores

que gané de la feria.

Tú con tu KitKat y tu Coca Cola,

pero a mí me queda un trozo de salchichón

de la merienda entre los dientes.

Tú con tus paranoias

de si selectividad, de si vida adulta, de si responsabilidades,

mientras yo pienso

en si debo

enseñar los braquets con purpurina o no

en el selfie que me estoy haciendo en clase.

¿Sabes qué te digo?

Que hagas lo que te salga del níspero,

que yo voy a mi bola,

y retweet y te retwitteo,

hashtag tú vas de Disney Channel por la vida,

hashtag yo de aurea mediocritas tete

y si me buscas me encuentras,

y si me miras a los ojos

te rajo.

Que no me rayes,

que yo voy a mi rollo, ¡coño ya!”

Agotador y brillante a un mismo tiempo. Ya otro día me pongo con las Soledades.

Andrés Rosselló

Aunque pudiera haberse estado un tiempo más, le hicieron nacer el año 1994 en Mallorca. Cursó en ella, con premio de excelencia, la carrera de Lengua y Literatura Españolas, y después sumó el Máster de Literatura Española de la Complutense. Ya de regreso a su isla está en proceso de formación para lidiar con los adolescentes en una clase de lengua (y, ¡por favor!, literatura). Tiene no sabe cuántos microrrelatos esparcidos por sabe Dios cuántas antologías, aunque de momento no tiene suerte en la poesía, que es, de lejos, la que le insufla el aire que respira.

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