La belleza confrontada

Puerta principal, de Guadalupe Arbona, es un libro al que entro acompañado por el eco de un aforismo de Christian Bobin. La cita no es exacta y quizá, de tanto rumiarla y amasarla, la haya tergiversado hasta hacerla mía, pero vendría a decir algo así: solo me gustan aquellos escritos que el mundo ha arrebatado a sus autores, bien sea por una alegría incontestable o por un dolor infinito. Si yo entiendo bien a Bobin, se refiere a los textos que son necesarios, a los textos que tiemblan bajo la piel del alma; a esos textos que se acaban imponiendo y abriendo paso hasta llegar a donde las primeras briznas de vida se arremolinaban sobre las palabras, es decir, de vuelta a la realidad. Y este libro, tan inusual, tan propio, a medio camino entre el cuaderno de notas y el diario es, desde luego, un libro necesario no solo para quien lo ha escrito. Quien lo lee también descubre en sus páginas la arrebatadora sacudida de un dolor y una alegría que trasciende los nombres propios. Son del otro, del prójimo. Son ya universales.

Es cierto que, como escribe Jiménez Lozano en el prólogo: «Éstas páginas son el diario de una enfermedad», pero la enfermedad no es ni de lejos el motivo dominante. Está, desde luego, salpicando el texto: en las resacas de la quimioterapia; en las habitaciones de hospital o en las vísperas a una intervención quirúrgica o, como dice el prologuista, la cuchillada científica. Pero la enfermedad es tan solo un detonante, aquello que pone a la autora frente a las fauces de la vida y, también, de la página en blanco. «¿Qué tendrán las palabras que, en cuanto siento mejoría, tengo necesidad de leer y escribir?», confiesa. Lo que en verdad subyace a cada uno de los renglones de Puerta principal es la búsqueda de la belleza. Y ahí, en la búsqueda, se encuentra el drama de Arbona. Su enfrentamiento es con la realidad porque, como dice María Zambrano: «el hombre es la criatura que tiene que cumplirse a través de la realidad». Es decir, que la persona solo puede descubrirse y descubrir al otro frente al mundo.

Se reconoce en la frase de María Zambrano y confronta su mirada a todo lo que apela a su humanidad. Se conmueve con el cielo madrileño, con el apunte lúcido de un amigo en una conversación, con la relectura de Camus, Carver o Cervantes, con las voces de un Misterio que le devuelven al abrazo de la Biblia. Su mirada se tensa para evitar el despiste y la distracción. Se niega a acomodarse y en ese sentido, muestra un mirar poético que persigue la novedad de lo real, la renovación del acontecimiento vital a cada instante, el asombro de haber nacido y estar respirando bajo un cielo siempre cambiante.

Estas briznas de vida que nos ofrece Guadalupe Arbona vienen acompañadas por las ilustraciones de Guillermo Alfaro. Los dibujos abren cada uno de los capítulos del libro. Son motivos extraídos del texto pero no son meramente decorativos. El trazo tembloroso pero firme de su mano es preciso, sintético y a mí me parece que las delgadas líneas y los colores metalizados proyectan una delicada luz sobre las palabras de Guadalupe Arbona; son unas viñetas hermosas que deslizan bajo nuestros ojos la alegría y el dolor del mundo.

El nombre de la obra se desprende de unos versos de Raymond Carver: «Today, my heart, like the front door, stands open for the first time in months». En castellano: «Hoy, mi corazón, como la puerta principal, está abierta por primera vez en meses». Es esta la misma puerta que veo en la portada o en la ilustración que hay en una de las primeras páginas: una puerta entreabierta que me invita a visitar el mismísimo corazón de la autora. «Cuando él [Carver] habla de puerta principal y la iguala al corazón es para dar a entender que ha abierto el acceso más importante para que entre algo o alguien, o las dos cosas», comenta Guadalupe Arbona, y, unas líneas más abajo, una pregunta a modo de epítome: «¿Quién no querría abrir todos los días la puerta principal de par en par?» La cuestión golpea al final del libro. Hace casi dos centenares de páginas que he franqueado la puerta principal. Al calor generoso de sus pálpitos y al amparo de la claridad luminosa de su mirada, la pregunta se convierte en certeza.

 

Raúl E. Asencio Navarro

Estudié Periodismo en la UCM y, algún tiempo después, un Máster en Literatura Española.

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