La elocuencia del sinsentido

Hace unas semanas, preparando un artículo sobre la Generación Nocilla, llegó a mis manos el último poemario publicado de Vicente Luis Mora. Se titula Serie (2015) y está  compuesto por siete series de poemas que, a primera vista, poco tienen que ver entre ellas y que han sido escritas a lo largo de quince años. Por ello, descubrir que la pieza del prefacio, «Épica de los gases constructores», propone un método, una manera de enfrentarse al hecho poético, resulta sorprendente. Frente al caos aparente de la obra, una poética ordenadora que afirma rotunda que la poesía debería estar ubicada en el postrero extremo del astro más lejano; allí, donde el universo se va descubriendo a cada instante, en su inexorable proceso de expansión. «Así debiera ser la poesía, / así debiera ser / el último poema: / hacia delante nada: todo en blanco».

El poema cobra aún más significado a la luz de la frase de Yvon Belaval, con la que Vicente Luis Mora abre libro: «el desorden se organizaba […] como el matemático desarrollando el cálculo de las series descubre la armonía bajo el caos de la cifras». La cita y las pistas del prefacio nos permiten adentrarnos en el entrópico territorio que propone la obra. Y con tiento, se puede ir desvelando el equilibrio que subyace, es decir, unas preocupaciones y una voz que conectan los poemas como las líneas imaginarias que dibujan las constelaciones.

En Serie¸ Vicente Luis Mora, continúa avanzando el camino que ya había comenzado a desbrozar en poemarios anteriores como Tiempo (2009). Sigue explorando el problema de la identidad; la incapacidad humana de contemplar la esencia de lo real, siempre distorsionada por la «retorsión redonda» de la córnea o los azogues del espejo; la búsqueda de un lenguaje poético propio del siglo XXI, donde el píxel, la webcam y la jerga científica se acomodan a los ecos de la tradición literaria; la hibridación de géneros, presente en «Réquiem por Venecia», un poema ensayístico a la vez que crónica de viajes y reportaje o la estimulante opereta espacial en verso, «Los viajes de Saasbeim». El libro es, por decirlo, en términos de lo millenial, multitarea. Hace muchas cosas pero aun así todas parecen coordinarse con cierta genialidad para adentrarse en un territorio poético inexplorado.

Lo que no hace, desde luego, es preguntarse sobre la trascendencia de la condición humana. No hay pregunta porque la respuesta está clara. Cada uno de sus poemas va estrechando el abrazo que le regala al vacío, al sinsentido, a la muerte –eterna-, a la imposibilidad del amor. «Hoy no necesitamos un Dios / porque tenemos el cosmos / y no necesitamos de un espejo / porque hemos aceptado / no ser nadie. / Miramos hacia arriba / y ya no duele». Estos y otros versos igual de lapidarios resuenan insidiosos aun después de que cierre el libro. Y mientras paso la mano por la tapa de la contraportada, las estrías del papel verjurado me imponen cierta sinestesia, me evocan los ecos ásperos de sus versos. Hay algo incomprensible pero reconfortante en este tacto rugoso; en la elocuencia de este pesimismo. Al menos, la poesía aún conserva su capacidad para descubrir la nada a su paso.

Raúl E. Asencio Navarro

Estudié Periodismo en la UCM y, algún tiempo después, un Máster en Literatura Española.

No Comments Yet

Leave a Reply

Your email address will not be published.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.