La poesía orteguiana de ‘Pedro Páramo’

Cien años se cumplen en este 2017 del nacimiento de Juan Rulfo. Algunos dirán que en este medio se debería dar más cancha a figuras como Miguel Hernández o Gloria Fuertes al ser poetas (por no hablar del 150 aniversario del nacimiento de Darío, si nos ponemos a rememorar efemérides, que en el fondo son infinitas: todos los días es efeméride). Quienes dicen eso se equivocan por cuatro razones: la primera, porque aunque entendemos normalmente “poesía” como sinónimo de “lírica”, e incluso discutimos sobre qué es “poesía” (por tanto, ¿qué es la “lírica”?), no hay que olvidar la hermandad que emparenta la “poesía” con otras ramas de la palabra escrita, que, al igual que ella, exploran sus fronteras y encuentran nuevas manifestaciones de lo artístico. En segundo lugar porque el término “poesía” viene del griego y se refiere a la “acción”, a la “creación”, incluso a “engendrar” que sería la “acción de crear” mediante la palabra y eso englobaba tanto a la lírica, al drama y a la épica. La tercera razón tiene como raíz la hermandad que existe entre España y Sudamérica, nexos que hay que cuidar y potenciar partiendo de la historia y lengua común, que, como es natural, engloba la literatura. Finalmente, porque Juan Rulfo es sencillamente el zorro del relato de Monterroso “El zorro es más sabio”, y por ello su literatura merece ser celebrada. Si no les convence a los críticos, no echaré espumajos: aunque no esté muy de moda Ortega, entenderé que hay multitud de perspectivas que conforman el enfoque global, y, así, el porqué de este artículo será un cúmulo de tales visiones… Ortega establece que toda verdad es una verdad en perspectiva, válida desde esa perspectiva y complementaria de las demás perspectivas. La visión de quien deseaba un artículo de Gloria Fuertes complementa a este conjunto textual que estoy perpetrando, nos expresamos a partir de nosotros mismos. Paradójicamente, al igual que los personajes de Pedro Páramo: a partir de la expresión de sí mismos. Rulfo los crea así, humanos, fragmentarios. Cada personaje interactúa con los demás y es mostrado desde su interior: el lector aprecia la verdad y los razonamientos de los personajes. Los diversos puntos de vista, complementarios entre sí, sirven para que Rulfo narre la verdad universal de Comala. Y para que yo arranque definitivamente con esta mirada al mundo de Pedro Páramo.

Lo expresado sobre los puntos de vista parece incidir en una mirada única e individual de los sucesos, sin embargo, a lo largo de las páginas de Pedro Páramo podrán habitar varios sentires distintos en un mismo personaje. Varias perspectivas en un solo individuo: Rulfo sabe que en el ser humano no habitan absolutos porque el constructo mental es infinito en sus posibilidades y eso permite la contradicción eterna, aun en las personas más seguras de sí mismas. No es una mirada relativista, pues Rulfo, observador de la naturaleza humana (y por ende buen psicólogo), sabe que en la contradicción está la razón de ser de los conflictos del alma. En el caso del personaje de Pedro Páramo, es esa paradoja la que prolonga la vida del pueblo hasta la muerte de Susana. Tras darse la confusión de hechos que produce el deseo de venganza de don Pedro, a la que sigue el tañer de las campanas fúnebres que coincide con la llegada del circo (una especie de jugarreta del destino que modifica la realidad y, por tanto, la verdad de Pedro Páramo), se impondrá el espíritu irreconciliable del dios Yahvé: el cacique impone la pena capital para Comala, guiado por la razón más profunda de su existencia, su amor por Susana (un amor cortés proveniente de un deformado y muy particular dolce stil novo). Era el amor el que sostenía la podredumbre del pueblo.

La contradicción se erige así en espejo del alma y explica los mecanismos mentales que guían las acciones de la gente de Comala. Todos los personajes, al estar gobernados por el caos interior, tienen múltiples verdades válidas para ellos mismos pero que pueden no corresponderse con la realidad –lo que explica el halo fantasmagórico propio de Poe que corre por toda la novela–, verdades que caminan sin más a lo largo del tiempo y que no escapan a la mutación. Este fenómeno, el choque entre verdad y realidad, da pie a que el autor haga uso de ciertos símbolos recurrentes que permiten al lector imbuirse de la perspectiva cambiante, de la atmósfera. Rulfo da una serie de pistas (el agua, la tierra, el movimiento de los astros, incluso recursos retóricos como la sinestesia) que no aportan seguridad frente a la narración y que, de hecho, cambian la perspectiva de forma compulsiva, provocando que el lector nunca pueda mirar de la misma forma Comala. Pero esto no es gratuito: el autor busca enriquecer las reflexiones que broten en el lector al situarlo en todos los ángulos posibles. Rulfo lleva al lector a lo más cercano a una totalidad, a una especie de realidad radical en términos orteguianos.

En efecto, Rulfo produce una especie de novela perspectivista, ya que Comala podría ser entendida como un ente que tiene vida en sí mismo: no es solo que muestre el curso histórico de las generaciones sucesivas que han poblado el pueblo, sino que en la novela se vive Comala. Se vive porque Comala es el trasunto de la esencia de un pueblo, de la idea de México en tanto que nación formada por hombres, y esta idea es inaprensible en su totalidad. Es decir, Comala jamás será un ente vivo como lo son las personas porque nunca se podría conocer en toda su profundidad; como ya refleja la propia estructura narrativa de Pedro Páramo, los distintos fragmentos que componen la novela son verdades que tienen valor por sí mismas, no porque sean verdades válidas para cada individuo, por tanto, si el lector quiere entender la psicología de los personajes no debería centrarse únicamente en las reflexiones con respecto a cada uno, sino prestar especial atención a los propios fragmentos que conforman Pedro Páramo. Estos expresan una parcela de la realidad radical que en su conjunto, si bien no llegan nunca a dar una definición total de lo mexicano, sí que alcanzan una verdad sin vida individual (es decir, una verdad colectiva) que incide en la comprensión de la realidad radical. Rulfo sigue así el símil que presentó Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote: si el bosque es la profundidad que no vemos, lo que ve el individuo en cada momento es tan solo una superficie de árboles, una perspectiva del bosque. Este ejemplo orteguiano nos presenta así la dualidad apariencia-profundidad que es lo que se aborda a través de la estructura de la novela. Lo que define el contenido de diferentes verdades que reflejan la mutabilidad psicológica de los personajes y dan cuenta del universo de Comala.

Tal vez esta visión universal sea algo terrorífica al estar representada por espíritus. Hablamos de una realidad de hálitos, hecho inherente a la esencia mexicana, al menos desde el punto de vista del extranjero (pura e incompleta perspectiva). En el fondo es paradójico que, a partir de la muerte, Rulfo decida dar una visión de la realidad radical. Sin embargo, el autor es coherente respecto al propósito de la novela: entender la esencia mexicana, de ahí que la realidad radical se realice, sea, a partir del espacio del cementerio. Llegados a este punto, podemos ver semejanzas entre Pedro Páramo y la Divina Comedia (tal y como hace Hugo Rodríguez-Alcalá) porque es el infierno el que explica el mundo terrenal, sus gozos y sus sombras. En el sexto círculo Dante tropieza con las tumbas de los heréticos; Juan Preciado acaba dando con Dorotea en medio de la oscuridad. En ambos casos, se da una interrelación del hombre con la realidad en la que no puede haber un yo ausente del mundo real porque el ser humano necesita de las cosas para ser. Sin embargo, el paradigma del infierno produce un efecto en Rulfo: si bien Juan Preciado, Pedro Páramo, cualquiera en Comala, se configura a través de sus circunstancias (yo soy yo y mis circunstancias y si no la salvo a ella no me salvo yo), Rulfo asocia tales circunstancias a la raigambre de la muerte y la vida y sus personajes solo entienden como prisioneros en el infierno por toda la eternidad. La realidad extraída será la de un pueblo que obliga a sus futuras generaciones a continuar con una tradición de tintes malditos que transmite su sombra sobre las tumbas de sus hijos, y que pesará siempre sobre la misma tierra de Comala.

En el fondo, Rulfo está presentando en Pedro Páramo a un pueblo que, aunque parece liberado, plenamente independizado, en realidad vive asfixiado en una estructura social, la del cacique, que se ha asentado como una mala yerba en un medio ideal: una tierra árida, seca, fruto de una Naturaleza que tiene su origen en la extraña relación entre vida y muerte. Los habitantes de Comala deciden en estas circunstancias lo que son en cada momento, en cada instante, pero jamás superarán la vida social que les aboca a una determinada forma de vivir, puesto que son el mismo constituyente esencial de su historia y han de convivir en ella, anulando así el carácter prospectivo de la vida humana. Esa historia suspendida les condena a preservar irracionalmente su suerte espectral, caracterizadora de la esencia maldita que Rulfo percibe en el sentir de su pueblo. Por tanto, en Pedro Páramo observamos que el peso del infierno es tan grande que la realidad de sus personajes no se explica por su existencia, sino en un perpetuo hacerse que pasa de generación en generación y, que al fin y al cabo, es como el mito de Sísifo: los hijos de Comala hacen su propia realidad en tanto que viven, y por tanto la prioridad de la vida orteguiana se cumple, pero en un sentido profundamente determinista y triste. Es un proceso que se va repitiendo y en el que no hay más opción que subir y bajar la piedra hasta la muerte, en medio de una letanía de lamentaciones. Tal vez sea por eso mismo que la realidad radical de Comala sea el cementerio, el único lugar que puede existir tanto en la vida como en la muerte, y que se erige en una fiesta cuyo único propósito es hacer arder en el fuego eterno todas las frustraciones y penas de la existencia humana.

En Pedro Páramo las perspectivas coinciden siempre en el mismo aspecto: en el cementerio se sueña con el mundo de la luz, aquel que ve Dante desde el infierno, y que es el mismo cielo estrellado que cubre Comala para Juan Preciado.

 

Julio Salvador Salvador

Filólogo que le da vueltas a eso de la lengua y la literatura, que no tiene precio. Para todo lo demás mastercard (y Valle-Inclán).

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