Las elecciones según Cicerón. Crítica del debate de candidatos

No te sobresaltes y huyas todavía, querido lector, tú que entras en una revista de poesía huyendo, quizás, de la campaña electoral y te encuentras, de buenas a primeras, con un artículo sobre el debate de candidatos del lunes. No temas, que no es este, pese a su apariencia, otro artículo de análisis político (así llamado) ni otra sesuda reflexión sobre los ganadores y perdedores del debate según su capacidad para colocar (que así se dice) su mensaje, o su desempeño marcando el tono o el ritmo del intercambio. No es ese tipo de artículo, que puedes encontrar por decenas, a un clic de distancia, sino más bien un análisis literario del debate, aspecto triste y comprensiblemente olvidado en toda campaña electoral.

Pero, aunque hoy las ideas de literatura y campaña electoral nos resulten cuando menos disonantes, esto no siempre ha sido así, ni mucho menos. De hecho, en Grecia y Roma, cunas de nuestra civilización y fuentes de nuestra literatura, la oratoria política se consideraba como un género literario de dignidad e interés comparable a la historia, el teatro o la poesía. Y algunos de los que aún hoy recordamos entre los más grandes autores literarios de la Antigüedad fueron políticos autores de discursos que hoy (y también entonces) vemos como lo más granado de su producción. Este es el caso, por ejemplo, de Demóstenes o de Cicerón, el que, además, tiene una importante obra teórica muy útil e indispensable para entender los valores literarios, si los hubiera, del hispánico debate del lunes.

Cicerón propone cinco palabras clave en el análisis retórico, que pueden entenderse igualmente como habilidades del orador o como fases de la elaboración del discurso: inventio, dispositio, elocutio, memoria y actio. La primera y la segunda se refieren respectivamente a la elección de los argumentos más pertinentes y de mayor fuerza persuasiva —aspecto que pertenece al debate político y en el que, por tanto, no nos detendremos— y a su lugar en el discurso: algo quizás poco relevante en un debate al que, al menos en teoría, no tiene mucho sentido llevar un guion estricto cuando los presentadores y los contrincantes pueden cambiar de tema y exigir una respuesta en el momento menos pensado. El significado de memoria, por su parte, no necesita explicación, y su importancia en el debate fue mínima ya que, a fin de cuentas, los cinco candidatos llevan ya varios años diciendo, en esencia, lo mismo; y raro sería que no fuesen capaces de recordarlo con detalle. Algún pequeño problema hubo, sin embargo, a este respecto cuando Pedro Sánchez sentía tan irresistible atracción por los papeles que tenía sobre su atril y de los que no apartaba la mirada salvo en caso de extrema necesidad; o cuando Pablo Casado se excedió por unos diez segundos en su minuto de oro: como es de suponer que lo habría ensayado una y mil veces, solo cabe pensar que su retraso se debió a algún problema de memorización.

Más interesante para nosotros es la elocutio, la elaboración lingüística y estilística del discurso, su forma verbal. Aquí, entra toda la amplia lista de figuras retóricas que el orador tiene a su disposición para embellecer y hacer más convincente su argumentación. No la deben conocer a fondo nuestros candidatos, porque se ciñeron a, apenas, cuatro o cinco. Las más empleadas fueron, con mucho y como siempre ha sido habitual: la anáfora y el paralelismo. No hay nada que objetar, ya que por razones muy comprensibles las figuras de repetición en general ayudan a fijar los argumentos en la mente del oyente o espectador. El rey absoluto de la anáfora y el paralelismo volvió a ser Albert Rivera, que las machacó hasta casi desmigarlas, como es su costumbre: valga de ejemplo su minuto final. Al menos esta vez añadió algo de variedad, que en ocasiones anteriores la hemos echado en falta. El lunes acudió también a la metáfora («Es un error estrangular a los que cumplen», que puede que sea un poco loca, pero es metáfora al fin y al cabo), a la antítesis («Para ustedes es una nación de naciones, para mí es mi país», por supuesto en construcción paralelística) e incluso a la paronomasia, de nuevo combinada con el consabido paralelismo («No nos pedían altura de muros, nos pedían altura de miras», sugerente oración que parece proponer un pequeño juego vanguardista: podríamos continuar con el mismo procedimiento pidiendo «altura de moros», «altura de migas», «altura de mitras», o cualquier otra idea divertida que nos venga a la cabeza una noche creacionista).

En la antítesis creo que fue derrotado por Pedro Sánchez, que llevaba preparada una mucho más elegante, aderezada además con una bella variatio: «La España democrática tiene que ser fruto del perdón, pero no puede ser producto del olvido». Y eso fue prácticamente todo por parte del candidato socialista, porque no hay noticia de que participara realmente en el debate. Como pudiste ver el lunes o habrás leído después, rehuyó siempre que pudo la confrontación y no respondió apenas a sus rivales, sino que se ciñó a una intermitente ronda de anuncios oficiales en un tono burocrático bastante aséptico: optó, por tanto, por la enumeración. Pablo Casado, por su parte, nos ofreció una preterición, que consiste en mencionar un tema diciendo que no se quiere hablar de él: recurso que cuenta con el antecedente del mismo Cicerón, nada menos que en su primera catilinaria. Ni en tiempo de Cicerón ni hoy es la figura más sutil, pero puede ser efectiva. Así la utilizó el señor Casado: «Yo, que soy señor [esto se llama presunción, sencillamente], no voy a desvelar conversaciones privadas que he tenido con el señor Sánchez, pero…».

Pablo Iglesias y Santiago Abascal fueron muy sobrios en el aspecto retórico, lo que casi es de agradecer, porque nos ahorraron posiblemente varias de las construcciones vacuas y los ocasionales desatinos estilísticos en que incurrieron sus colegas. Ellos, por el contrario, hablaron normalmente y parecieron confiar en la fuerza de sus argumentos — muy bien hilados sintácticamente y mediante el uso de los conectores discursivos, tan fundamentales y a veces desconocidos, como parece que lo son para el señor Rivera, que ofreció momentos de muy escasa trabazón textual: habitualmente resueltos con un «así que» muy general y orientado, según parecía, más a resumir lo dicho que a extraer de ello alguna conclusión—.

Pero, en realidad, el centro del debate no estuvo en la elocutio sino en la actio, es decir: la actuación, la puesta en escena. De nuevo, el más sobrio fue el señor Abascal —suponemos que para no parecer un energúmeno— y el protagonista absoluto, como estaba previsto: Albert Rivera, que desde muy pronto volvió a sacar de debajo del atril multitud de papeles y ¡un adoquín! —barcelonés según dijo— que blandió en dirección al señor Sánchez; no sacó, por esta vez, al famoso perrito Lucas. A esto hay que añadir sus movimientos sincopados de director de orquesta y algunos sorprendentes visajes que mutan a gran velocidad. El señor Casado intentó no quedarse atrás y empleó con profusión los gestos de asombro y las sonrisas irónicas ante Pedro Sánchez. A estas alturas, y después ya de muchos debates, es un cliché muy gastado, pero se disimuló porque el señor Rivera le robaba el foco haciéndole presto los coros; protagonizaron incluso un comienzo de dueto, al modo de aquella conferencia que dieron al alimón Lorca y Neruda. El presidente en funciones también se sumó a los visajes y pasó buena parte del debate mostrando un gesto de desesperación contenida pero expresiva que cuadra muy bien con el tono condescendiente, como de paciencia infinita, — que últimamente tanto abunda en su partido— y que sin embargo comienza a agotarse.

Concluyamos, por último, con alguna leve mención a los minutos de oro. El de Santiago Abascal estuvo totalmente en la línea de todo el debate y no hay casi nada que comentar: correcto y sin alharacas. El de Albert Rivera, más allá de su insistencia en la construcción anafórica y paralelística, fue todo un compendio de recursos mímicos; el comienzo con una pregunta retórica de tono dramático nos hizo temer un desastre como el de la última vez que intentó tal cosa (¿lo recuerdan?), pero fue bastante menos calamitoso que en aquella ocasión. Pablo Casado, además de su mala memoria, intentó una arriesgada combinación de profundo y sincero sentimiento y desgarrado lenguaje coloquial («Me gustaría estar en tu casa para mirarte a los ojos y darte la mano bien [¿!] fuerte») que no terminó de funcionar. Pedro Sánchez cambió el tono incluyendo una reflexión de alcance filosófico que repitió dos veces (una sencilla y refrescante reduplicación: «No hay nada más fuerte que la verdad. No hay nada más fuerte que la verdad») para saltar en una curiosa pirueta a la conclusión y meollo de toda la noche: «Por eso pido llanamente el voto para el Partido Socialista». El mejor cierre fue otra vez el del señor Iglesias, al que le volvió a tocar el último. Renunció a hablar con su propia voz para leer el testimonio de una joven trabajadora precaria valenciana, recurso al que sin demasiado ánimo de exactitud podemos llamar narratio, y de nuevo le volvió a sobrar casi la mitad del tiempo, con lo que su exposición final ganó en realismo e inmediatez. Se agradecen además los veinte segundos de sueño que nos hizo ganar cuando pudimos apagar la televisión, ya casi a la una de la madrugada.

Luis Fernández Mosquera

Madrileño o segoviano según el momento, estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense. Animal pacífico y de buenas costumbres.

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