Latín y griego para pedir a los Reyes

En los últimos años son frecuentes las manifestaciones a favor de la presencia de las Humanidades en nuestro sistema educativo. Arrinconadas por la Economía, la Tecnología, la “Iniciativa Emprendedora” y toda suerte de materias, según se dice, útiles, la Historia del Arte y las lenguas clásicas languidecen acorraladas en los planes de estudios y, en ocasiones, asfixiadas por la “optimización de recursos” tan propia de nuestro sistema económico y tan ajena al interés que puedan despertar estas disciplinas de otra época. Esta situación ha avivado enormemente el debate sobre la importancia de las Humanidades o de su posible utilidad para nuestras sociedades, en el que cabe señalar como las más mediáticas las aportaciones de Mary Beard o del imprescindible Nuccio Ordine —a quien habrá que dedicar más espacio en otra ocasión—, entre otros.

Sin embargo, es difícil pensar que la discusión haya llegado mucho más allá de los círculos ya convencidos de profesores y estudiantes de estas disciplinas y, como mucho, algún solitario aficionado a las letras. De ser así   ̶̶aunque lo sospechemos no hay que afirmarlo demasiado rotundamente sin datos contrastados ̶, por bienintencionado que fuese, no dejaría de ser un ejercicio un tanto melancólico y narcisista de predicación a los conversos. Quizá los tiempos no den para más… o quizá sí. Sea como sea, vaya aquí una mínima aportación llamando la atención sobre tres libros que, en el mejor de los casos, interesarán a cualquier persona con unas ciertas inquietudes y, en el peor, disfrutarán los contados amantes de las lenguas clásicas.

Wilfried Stroh es un extravagante profesor universitario alemán que habla latín con fluidez, viste a veces con túnica y gusta de traducir su nombre por Valahfridus. Hace unos años, en 2012, consiguió un gran éxito  ̶siempre dentro de los límites que se pueden presuponer, pero grande al fin y al cabo  ̶ con su libro El latín ha muerto, ¡viva el latín!, que pretende abiertamente revitalizar la enseñanza del latín, y concretamente la enseñanza del latín como una lengua viva. Posiblemente no hay que prestar demasiada atención a este objetivo, ni tampoco a algunas referencias más o menos místicas a “la magia del latín” o a su “petrificación […] relacionad[a] con el sentimiento nacional de los romanos y su búsqueda continua de superar el tiempo dejando modelos para la posteridad” en el siglo I. Descontando esos arranques que, para los no especialistas, son difíciles de interpretar, lo más interesante del libro es su estructura narrativa: más que como una historia convencional, la obra del profesor Stroh está planteada como una biografía del latín y, como tal, lleva al lector por la historia íntima, profunda, de la lengua latina y le revela, siempre lindando un tanto con lo esotérico, los detalles personales de la lengua latina. Esto le da al libro un tono intimista y ameno nada despreciable que lo convierte en una lectura muy agradecida, pero sería injusto no mencionar la amplitud y la ambición de su análisis de la influencia del latín en la historia cultural e intelectual de Occidente; desde la propia Roma hasta bien entrado el siglo XIX, pasando, por supuesto, por el humanismo renacentista o los renacimientos medievales.

Más interesante en cierto sentido, aunque también algo más vaporoso en el contenido, es La lengua de los dioses, de Andrea Marcolongo, publicado en España el año pasado. Este libro trata de dar a los profanos, como explica su muy descriptivo subtítulo, “nueve razones para amar el griego”, y en gran medida lo consigue. A través de nueve categorías lingüísticas muy relevantes en el griego clásico y desaparecidas en las lenguas románicas y en griego moderno, Marcolongo intenta demostrar la superioridad de la lengua de Homero sobre las de Dante o Cervantes. Como en el caso anterior, habrá que perdonar esta curiosa forma de entender la lingüística, porque el resultado realmente merece la pena: las explicaciones sobre la fonología griega, el género neutro o el número dual son de lo más ilustrativas y el apasionamiento de la autora se contagia rápidamente al lector; el capítulo dedicado a la categoría gramatical del aspecto y la diferente forma de entender el tiempo que supone es brillante, sugestivo y muy iluminador. Algunos recuadros sueltos sobre distintos aspectos de la lengua y la sociedad de la Grecia clásica   ̶hay uno memorable dedicado a los sorprendentes colores griegos  ̶ redondean el libro.

Pero, de vuelta al latín, mejor, más profundo y riguroso es el libro de Nicola Gardini horrorosamente titulado ¡Viva el latín! No conviene dejarse engañar por semejante desacierto, que en absoluto hace justicia al contenido del libro; mucho más atinado es el subtítulo, Historias y belleza de una lengua inútil. En efecto, este libro es en buena medida una antología comentada de algunos de los mejores fragmentos de la literatura latina. En cada capítulo, Gardini se centra en un autor y concretamente en su aportación estilística a la lengua latina, que señala con comentarios agudos y muy sugerentes. Son brillantes, por ejemplo, sus observaciones sobre la resignada infelicidad de Propercio, la tormentosa visión del mundo en las Metamorfosis de Ovidio o algo tan sutil como los encabalgamientos en la Eneida. Todos los grandes tienen cabida: desde la generosa sintaxis de Cicerón a la extrema agilidad de Tácito, pasando por el orden racionalizador de César; desde las exclamaciones apasionadas de Catulo hasta el pulcro verso de Virgilio, pasando por la precisión de Lucrecio; las metáforas de san Agustín y el disparatado festival lingüístico de Apuleyo… Y sin olvidar las enseñanzas que esos mismos autores nos ofrecen: la serenidad estoica y desprendida de Séneca y la serenidad epicúrea y vitalista de Horacio, la preocupación de Cicerón por la verdad y la justicia y el jocoso desdén por el fingimiento de Petronio. Un amplio desfile de los más altos logros estéticos y morales del latín: una demostración por la fuerza de los hechos de la actualidad   ̶de la intemporalidad, mejor dicho  ̶ de la lengua y la literatura latinas y de su enorme caudal de verdad y belleza, del que se nos invita a beber.

¿Qué esperar, en resumen, de estos libros? No son ninguno grandes obras de investigación ni estudios sistemáticos de la lengua o la literatura y los dos primeros dejan, ya lo hemos dicho, algo que desear en cuanto a rigor académico. No es ese su fuerte, ni tampoco su objetivo. Sin embargo, sí tienen un gran valor divulgativo. A un erudito latinista o helenista no le aportarán apenas nada que no sepa ya, aunque nunca está de más ver las cosas con una nueva mirada: para un profesor de Secundaria pueden ser un material muy interesante; para un antiguo estudiante de Humanidades serán una lectura muy agradable y quedan, desde ahora mismo, altamente recomendados. Pero si hay alguien que puede beneficiarse de un acercamiento a las lenguas clásicas como el que proponen estos tres libros, es precisamente quien no haya tenido hasta ahora la suerte de cruzarse con la tradición grecolatina. Es difícil explicar qué ventajas tiene saber, aunque solo sea un poco, sobre el griego y el latín, pero las tiene. Quizás, como dijo algo agriamente el helenista Pedro Olalla, la mejor respuesta a la pregunta “¿Para qué sirven las Humanidades?” sea sencillamente “Para no hacer preguntas como esa”. O, explicado con el agudo razonamiento de Nicola Gardini, sirven para “ver en aquella pregunta tan ingenua […] un gesto violento y arrogante, un atentado a la riqueza del mundo y a la grandeza del intelecto humano”.

Luis Fernández Mosquera

Madrileño o segoviano según el momento, estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense. Animal pacífico y de buenas costumbres.

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