‘El lugar de los poetas’, el lugar de la política

Todos conocimos a Luis Alegre como uno de los fundadores de Podemos en la primera Asamblea de Vistalegre, donde compartió candidatura con el ahora disgregado “equipo promotor”. Poco después fue elegido secretario general de su partido en la Comunidad de Madrid, cargo que ejerció dos años, antes de retirarse para “dejar que los heterosexuales lo destruyan [Podemos] jugando con las ilusiones de la gente para medirse sus cosas”. Pues bien, conviene olvidar esto cuanto antes para leer su libro El lugar de los poetas. Un ensayo sobre estética y política sin prejuicios y con la atención que merece.

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Conviene olvidarlo porque, aunque efectivamente el libro desarrolla pormenorizadamente la base filosófica, posiblemente inconsciente pero intuitiva, de Podemos, su alcance sobrepasa con mucho la situación política actual y se convierte más bien en una teoría general de la política. ¿Por qué “el lugar de los poetas” entonces? Porque desde las primeras páginas se demuestra que la política se hace en ese misterioso lugar —al que, por supuesto, puede acceder cualquiera— en el que se ponen palabras a las cosas y en el que se cuentan los mitos de la comunidad.

Esos dos argumentos son el centro de la teoría de Alegre. Por un lado, la necesidad —la inevitabilidad, más bien— de que las comunidades humanas se conformen mediante relatos prestigiosos, historias memorables, grandes héroes e ideales: a fin de cuentas, viene a decir, el ser humano es una chapuza solo a medias racional que puede alumbrar la idea de la paz perpetua, pero es incapaz de emocionarse solo con ella y necesita escuchar Imagine o la Novena Sinfonía de Beethoven para, además de comprender, sentir la necesidad y la justicia de esa aspiración. Y que, sobre todo, necesita sentir las cosas y no solo comprenderlas. Así pues, el primer problema que trata el libro es cómo fundar una sociedad sobre mitos racionales, con miembros cuya sensibilidad sea lo suficientemente noble como para sentir en carne propia las desventuras del vecino o la precariedad, por ejemplo, de una limpiadora de hotel; o en última instancia, como fundar una sociedad cuyos miembros se sientan legítimamente orgullosos de procurar una vida digna a todos sus conciudadanos e íntimamente concernidos por la muerte de un refugiado sirio en el Egeo.

Ahora bien, esta vieja aspiración ilustrada parece casar mal con el mundo posmoderno en el que los Grandes Relatos —que antes se llamaron ideas, sin más— han caducado. Luis Alegre se hace cargo de esto, pero se esfuerza por salvar un espacio de objetividad que haga posible la vida en común, la política, en el sentido griego del término.

De hecho, el verdadero núcleo del libro es la demostración de que, aunque efectivamente nos sea imposible conocer la Verdad, la Justicia y la Belleza en sí, si es que tales cosas existen, es perfectamente posible reconocer objetivamente que algunas cosas son más verdaderas que otras —por ejemplo, el modelo copernicano frente al modelo ptolemaico— y que algunas cosas son más justas que otras —por ejemplo el concepto de ciudadano frente al concepto de súbdito—. Quizás de forma sorprendente, pero desde luego también convincente, Luis Alegre encuentra esa objetividad en el terreno resbaladizo que llama “el lugar de los poetas”. Del mismo modo, dice, que en una obra o un paisaje bellos parece como si esa materia y esa forma estuviesen hechas la una para la otra, como si ese sentimiento pidiese ese poema con esas palabras y no otras, y es legítimo reclamar asentimiento universal al respecto, es legítimo reclamar asentimiento universal al afirmar que el concepto de ciudadano hace más justicia al mundo y a los hombres que el concepto de súbdito, es legítimo afirmar que objetivamente ese nombre está mejor puesto que otro, que es como si los hombres estuviesen hechos para ser ciudadanos y no súbditos. O por supuesto, que objetivamente una explicación científica, aun sin ser la Verdad venida a la Tierra, es más verdadera que otra. Así las cosas, la más importante acción política es la creación —poética, en último término— de conceptos más justos.

Por esto El lugar de los poetas es un libro imprescindible para entender cuál es la importancia del arte en nuestra vida —que está tan lejos del mero pasatiempo como del esteticismo del arte por el arte— o si en el siglo XXI la política puede tener algo de lucha por la justicia y no de mera lucha de poder. Luis Alegre demuestra que sí, que nada impide que, aunque sea solo de vez en cuando, la justicia, la verdad y la belleza aparezcan en nuestra vida.

Luis Fernández Mosquera

Madrileño o segoviano según el momento, estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense. Animal pacífico y de buenas costumbres.

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