Luis Landero o el afán por la lectura

Que Luis Landero (Alburquerque, 1948) ha construido un complejo entramado de relaciones, ecos y resonancias entre todas sus novelas es algo que no escapa a los ojos del lector medianamente atento. Desde su opera prima, Juegos de la edad tardía (Tusquets, 1989), hasta su última novela, La vida negociable (Tusquets, 2017), nos ha ido ofreciendo un universo ficcional plagado de claroscuros y protagonizado por personajes de un mismo cariz: el afán, muesca profundamente quijotesca —«Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo es imposible» (Q, II, 17)—, afecta a toda la plétora de personajes que pueblan sus novelas.

Luis Landero, La vida negociable | Revista de poesía y crítica literaria TEMBLORDespués de reconocer su saturación de ficciones en El balcón en invierno (Tusquets, 2014), vuelve Landero a la prosa de ficción por la puerta grande con La vida negociable (Tusquets, 2017), su obra más descarnada. En este caso, ofrece la autobiografía de Hugo Bayo, un joven de origen acomodado pero moral incierta que, condicionado por las acciones de sus padres —la corrupción de su padre en asuntos laborales y el adulterio de su madre—, así como por la influencia negativa de sus amistades y sus relaciones amorosas, se ve obligado a delinquir, en ocasiones, y a mentir en otras.

 

Los asedios picarescos de Luis Landero

Toda la novela es una explicación —a la manera de las novelas picarescas prototípicas, como el Lazarillo o el Guzmán— de un estado final de deshonor —entiéndase, deshonor en un sentido muy amplio—: se ha visto obligado a negociar con su vida, con sus aspiraciones, con su afán por demostrar que es capaz de hacer mucho más, de llegar más alto, para ser feliz y para llevar una vida más o menos digna. Ha renunciado a sus aspiraciones bucólicas —quiere vivir en un western americano, en la naturaleza salvaje, alejado de la sociedad— e incluso artísticas —quiso ser actor o escritor— para resignarse a ser peluquero, oficio en el que destaca por una suerte de don natural, pero del que intenta renegar a lo largo de la novela —como el padre de don Pablos, que no aceptaba que lo llamasen barbero, sino «tundidor de mejillas y sastre de barbas» (Buscón)—

Más próxima a la estética quevedesca que a las moralizaciones del Guzmán o al relato ingenuo del Lazarillo, elabora Landero una compleja novela de sesgo picaresco en la que el protagonista, Hugo Bayo —juego paronomástico de raigambre cervantina que podría aludir a Gonzalo Hidalgo Bayal, amigo y compatriota del escritor—, se retrotrae a su infancia para darnos cuenta de las venturas y las desventuras que se ha visto obligado a vivir, todo ello en primera persona y con un estilo fuertemente oralizado propio del peluquero acostumbrado a despachar clientes.

Como tal, cumple la novela las principales líneas del género picaresco: además de ser una autobiografía ficcional retrospectiva, toda ella supone la relación de un caso ante un público de «pelucandos» plagada de elementos humorísticos —que, por pudor, no relatamos. Basta con remitir a las discusiones maritales con Leo— que no por ello renuncia a describir pasajes cruentos y turbios, como su relación homoerótica con Marco y la posterior flagelación, o las inquisiciones policiales hacia su madre.

Hugo Bayo, pícaro

Hugo Bayo es un pícaro: recurre a la delincuencia —el robo del reloj a una familia aristocrática de Madrid— y a la mentira —es infiel a su novia y manipula a sus padres para conseguir dinero— en su afán por medrar socialmente; pasa de la inocencia a la malicia a causa del efecto pernicioso que la sociedad ejerce sobre él, así como por la genealogía vil —defectos morales de sus padres— y el determinismo impuesto por esta; es «mozo de varios amos», desde el brigada Ferrer hasta el peluquero Baltasar; y, ya desde el título, La vida negociable, conocemos la tesis dogmática que defiende el narrador:

que todo en la vida es negociable, y que hasta con Dios se puede negociar. Y es verdad. Si no con todo, uno tiene que aprender a negociar con muchas cosas, empezando por uno mismo, y también la felicidad se negocia, y los sueños y las ilusiones también se negocian (p. 330).

Sin embargo, Hugo responde a la visión del pícaro que defendiera Quevedo en el Buscón: si bien es cierto que evoluciona a lo largo de la novela y aprende a negociar con sus aspiraciones, también lo es que no renuncia a su afán. Ni siquiera cuando, como don Quijote, sufre un proceso de sanchificación, se desengaña de su ideal bucólico y artístico y se resigna, al menos sobre el papel, en el momento final de la novela, a ser peluquero —con esa alusión al afán pasajero representado por el globo aerostático mientras ve cómo se despliega el toldo de una peluquería con un cartel de «Se vende o se traspasa» (p. 332)—. Concluye la novela, pero, «entretanto, yo me reafirmo en lo mío y sigo pensando, como ya dije al principio, que dentro de mí hay magníficas cualidades innatas esperando a salir a la luz, y que con un poco de suerte mi gran momento aún está por llegar» (p. 333).

Estructura Landero su novela en dos partes de trece capítulos cada una: si en la primera parte asistimos al desengaño del protagonista tras conocer la trastienda moral de sus padres y codearse con amistades un tanto turbias, enfangándose en acciones despreciables y alcanzando la «cumbre del monte de las miserias» como Guzmán, en la segunda, después de haber sido abandonado por sus padres, renace bajo un signo adanista y decide forjar su porvenir probando suerte en el ejército. Allí descubrirá que no tiene conocimientos ni aptitudes para nada en la vida, salvo para la peluquería.

Es esta segunda parte la verdadera cima de la novela en cuanto a calidad y estilo, pues en ella demuestra Landero que ha sabido trazar sabiamente las pistas sobre la naturaleza de su personaje. En uno de sus devaneos afanosos, Hugo prueba suerte con el estudio. Abandona todo, incluso a Leo, para dedicarse a la lectura obsesiva de grandes clásicos de la literatura y de las ciencias humanas. Henchido de conocimiento, llega a insultar a uno de sus clientes de la peluquería y, en un momento de crispación descontrolada, «grité lo único que se me ocurrió en ese momento: ¡Muera don Quijote!, y me marché» (p. 261).

Hugo Bayo, escritor

En esa vorágine de sentimientos encontrados manifiesta en repetidas ocasiones su voluntad de ser escritor: «Leyendo esos libros, pensaba que también los podía haber escrito yo. ¿Por qué no? No me parecía tan difícil hacerlo […] Y, para remachar mi convicción, me puse a hacer probaturas, y la verdad es que enseguida se me venían a la cabeza un montón de ideas para ensayos, novelas, dramas y demás […]. Sin duda, dormitaban en mí cualidades prometedoras, quién sabe si extraordinarias, como ya había sospechado yo desde muy niño» (pp. 256-257).

Gracias a ello, no resulta descabellado apuntar una posible lectura de la obra recordando el final del Buscón: «nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres». Hugo negocia con su vida, así lo ha hecho a lo largo de la novela, pero no ocurre lo mismo esta vez: convencido de que lo mejor todavía está por llegar, ha escrito su autobiografía ante un público ficcional. Lo remata aludiendo a su regreso a la peluquería, pero tal regreso no existe. Finalmente, ha triunfado su voluntad literaria. Landero rescata, así, la clásica disputa entre las armas y las letras —temática y formalmente: la grandilocuencia de los monólogos de Hugo Bayo, dedicados a un sinfín de oficios y a la vida retirada en el campo, recuerda a la del hidalgo—. A simple vista, parece que las primeras ganan la partida, como en el Quijote, donde Cervantes antepone las armas a las letras por ser aquellas el sustento de la paz desde la que pueden erigirse las leyes y el gobierno de los hombres. No obstante, es su labor literaria la que perdura, la que vence las inclemencias del tiempo y la que hace que perviva su recuerdo.

La crisis de vocación literaria de Landero ya asomó en El balcón en invierno (2014). La literatura, el oficio de escritor, es un error. La vida, el verdadero motivo para vivir, está en otra parte. Algo similar puede pensar Hugo Bayo, pero el desenlace de la novela es otro, trasciende las últimas páginas del libro y nos mueve a reflexionar sobre el verdadero final. Hugo ha escrito su biografía y nosotros la leemos, ha triunfado su andadura literaria y lo que nos ofrece es un ejemplo de sabia conjunción entre tradición y originalidad, como dijo en su momento Pedro Salinas de la poética manriqueña. De la picaresca a Cervantes, Landero dilata a través de La vida negociable su deuda con la tradición literaria, manteniéndola viva y demostrando que la fuente de materia novelable no se halla solo en la realidad circundante, sino también en nuestras lecturas, algo cada vez más evidente y más grato para nosotros, los lectores.

Alain Iñiguez Egido

Cepa perdida del 94, nota al pie pasada de líneas y retrato de un filólogo inmaduro. Por aquí escribo sobre novela sin desprecintar.

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