Mad malva o la locura posmoderna

El otro día, cuando fui a la farmacia, me quedé fascinada por un expositor de pintalabios que tenían allí, llenito de colores. Por supuesto, tuve que hacer un alto y ponerme a examinarlos uno por uno (siempre he sido terriblemente coqueta, qué le vamos a hacer). Sin embargo, no fueron sus tonalidades exóticas lo que me llamó la atención, sino sus nombres: Mad Malva, Black Dahlia, Caramel Coral… ¡Eran unos nombres fantásticos!

Al salir de allí seguí pensando en aquellos nombres tan estupendos y en cómo la publicidad se había apropiado del lenguaje poético para vendernos no sólo un pintalabios malva, sino mad malva. ¿Qué se proponían con esto? Al añadirle el ‘loco’ al malva, ya no nos estaban vendiendo un color, sino una actitud, un rasgo de personalidad. Es como si te dijeran: «Si llevas este color irás a la moda y, además, demostrarás el carácter que tienes». Y todo eso lo han condensado en dos palabras: un color y un adjetivo que poco —o nada— tiene que ver con los colores.

Me puse a investigar. Busqué la marca de esos pintalabios en internet y de allí fui saltando a otras, hasta quedar saciada con los ingeniosísimos nombres que desfilaban ante mis incrédulos ojos: lovely lavender (lavanda encantadora), chill taupe (gris frío), violet glaze (glaseado violeta), red generation (generación roja), next to grey (para describir un color entre verde y gris) … Hubo uno que me dejó patidifusa: Iris in my mind. Ese era el nombre de un pintalabios color morado berenjena. Y digo yo, ¿en qué iris estaban pensando? ¿En el de Elisabeth Taylor? Desde luego que el nombre es tan sugestivo como abstracto, pero eso sí, fancy es un rato.

No deja de resultar llamativa la forma que tenemos de referirnos a los colores y cómo estos estructuran nuestra percepción del mundo. Ejemplo de ello es la historia del color azul, contada por Michel Pastoureau en Azul: historia de un color (Paidós Ibérica, 2010): en la Roma clásica este color era completamente ignorado y no existía un solo término para referirse a él sino varios, polisémicos, cromáticamente imprecisos y de uso discordante. Los expertos han llegado incluso a cuestionarse si los griegos y los romanos veían el azul como lo vemos hoy.

Lo cierto es que no podemos ver un color que no podemos nombrar. Si el azul no existiera como tal en nuestra mente, buscaríamos aproximaciones con otros colores: verde claro, turquesa, negro noche, etc. La realidad nunca deja de ser percibida, aunque cambie nuestra forma de describirla. Esto me lleva de nuevo a los nombres de los pintalabios. En el siglo IX el azul se convirtió en el color de la superioridad de los señores feudales y de las casas reales, lo que Pastoureau defiende señalando que «a un nuevo orden social debe corresponder un nuevo orden de los colores». Por lo tanto, ¿estamos creando un nuevo orden de colores basado en la sinestesia para un nuevo orden social? Los nombres de las nuevas tonalidades van más allá de la especificación con frutas, verduras, frutos secos o piedras preciosas, y entran de lleno en el terreno de los sentimientos e incluso de la descripción de paisajes.

Este nuevo sistema de posverdad en los colores —entiéndase esto como una renuncia a los hechos objetivos en favor de los sentimientos, es decir, ¿quién podría dudar sobre si un malva puede estar loco o no? — está cambiando nuestra forma de percibir los objetos y la realidad. Ya no hablamos de simples pintalabios y, mucho menos, de simples tonalidades: son toda una gama de sentimientos, emociones y personalidades que se utilizan para construir identidades y reforzar el carácter. ¿No es esto otra trampa de la posmodernidad? En el mundo globalizado en el que estamos inmersos hay una necesidad imperante de crearse una identidad, de diferenciarse de los demás; sin embargo, ¿de verdad esperamos hacerlo a través de productos que son fabricados y reproducidos masivamente? Y aún así, aunque no tenga —en principio— ningún sentido, ¡cómo me gusta pintarme los labios de iconic magenta y sentirme como si fuera un cuadro de Andy Warhol! Esto, por supuesto, no solo se aplica a los cosméticos, sino que abarca todos los sectores de la moda y del comercio en general. En un mundo saturado de productos y de personas hay que buscar la forma de destacar, y si en vez de llevar los labios naranjas los llevas caramel coral… Pues mejor.

Sinceramente no creo que necesitemos nuevos colores porque no tenemos nuevas realidades que alumbrar —y menos aún si estos están al servicio del marketing—, pero, así como los romanos ignoraban el azul, quizás de aquí a unos años nos sorprendamos encontrando en las cajas de lápices Alpino tonos como red generation, mad malva, unconventionald gold e incluso iris in my mind. Y, quizás, ya no solo los reconoceremos fácilmente, sino que nos será imposible concebir la realidad sin ellos — pues, ¿quién puede describir el cielo sin ser azul o la hierba sin ser verde? —; y ya no serán simples colores, sino que serán formas sofisticadas de describir sentimientos, estados de ánimo o de definir personalidades que exhibiremos orgullosamente. ¿Es esto una forma de avance al tener nuevos términos para describir la realidad o no es más que un engaño consumista para reforzarnos en nuestro individualismo y encerrarnos aun más en nuestro pequeño ombligo? Yo, mientras lo decido, he pedido a los Reyes Magos que me traigan un pintalabios modern mauve, que he oído que va a ser tendencia y yo soy tan moderna como el malva.

Marina Patrón Sánchez

Estudié Periodismo y Derecho en la URJC, pero la Literatura y un Máster en la UCM salvaron mi vida. Ahora estoy pensando qué hacer con ella.

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