Maigret y la chanson francesa

Al pensar en la Francia de posguerra, imagina uno un país feliz. O mejor dicho, una ciudad feliz, porque uno imagina París. Un París en blanco y negro en el que las parejas pasean de la mano por los muelles del Sena, las panaderías (esas panaderías parisinas) venden baguettes recién horneadas, y si es otoño vale con ponerse una elegante gabardina. Parece que no hubiese invierno y, como decía Woody Allen, el mal tiempo de París es el secreto mejor guardado del mundo. Es, en definitiva, el París de Edith Piaf y La vie en rose o de Jacques Brel y La valse à mille temps. Y si no es feliz es melancólico, lo que viene a ser el negativo de la misma fotografía: el paseo ahora es solitario, posiblemente por los grandes bulevares en lugar de por el Sena, y quizás caiga una lluvia fina pero constante: el París de Ne me quitte pas. En una u otra versión, esta es la imagen de París en la que todos pensamos y que aparece una y otra vez en la cultura de masas, en películas tan dispares como Charada o Los aristogatos.

Las provincias no existen, como no sea para producir champán, burdeos o alguno de los cuatro mil tipos de quesos que tan excesivos le parecían a De Gaulle, o para las imágenes heroicas del Tour cada julio. También, desde luego, para unas merecidas vacaciones en la playa, o para disfrutar de los rosales florecidos. Esta es la “dulce Francia” de Charles Trenet. Esta es la Francia, en una palabra, de la chanson: elegante, burguesa, parisina, bonne-vivante, nostálgica, feliz, tranquila.

En esta Francia vivió, para retratar la otra Francia, la Francia oscura, neblinosa y triste, que quedaba oculta detrás del telón un torrencial escritor belga, Georges Simenon (torrencial también en su vida: desde los doce años, se acostó, según su propia versión, con diez mil mujeres, y no por vicio sino por “necesidad de comunicarse”), autor de más de quinientas novelas y padre de uno de los grandes mitos de la narrativa policiaca, el comisario Maigret. Antes de cualquier otra cosa, hay que deshacer un equívoco frecuente: Simenon no un escritor cualquiera de novela policiaca; al contrario, es un gran escritor al que no en vano André Gide consideraba el más directo heredero de Balzac en la literatura francesa. De hecho, lectores fiables y exigentes aseguran que la autobiográfica Pedigrí es una de las grandes novelas del siglo XX.

Sea como sea, Maigret es el personaje al que Simenon debe su fama (y posiblemente la mirada suspicaz de quienes sospechan de la novela policiaca) y las novelas que relatan sus investigaciones son el mejor ejemplo de esa otra Francia en cuyo retrato consiste la obra de Simenon. Los casos de Maigret se desarrollan siempre más cerca de los bistrots y las cervecerías que de los cafés de las orillas del Sena (los que todos tenemos en mente: Café de Flore, Les Deux Magots, Café Marly), entre personajes de clase baja, o quizás de la pequeña burguesía con sus pequeñas aspiraciones y, sobre todo, sus pequeñas miserias, y transcurren sorprendentemente lejos del centro de París o en provincias, como tres de las mejores novelas: El perro canelo, El caso Saint-Fiacre y El inspector cadáver. Pero provincias vistas con esa luz que interesa a Simenon. Por poner un ejemplo, Maigret no se encariña con una de las soleadas playas de Biarritz o de la Costa Azul, sino con los borrosos muelles de El puerto de las brumas:

 

No se decidía a marcharse. Miraba a su alrededor con un asomo de nostalgia, como si el pequeño puerto le hubiera robado el corazón.

¿Acaso no lo conocía ya en todos sus recovecos, bajo todos sus aspectos, bajo el sol helado de la mañana y en medio de la tempestad, barrido por la lluvia o sumergido en la niebla?

 

Y es que ese es el objetivo de Maigret en sus investigaciones, y parece que de Simenon al narrarlas: no resolver el caso, sino entender por qué una persona ha matado a otra, qué motivos íntimos, qué oscuras envidias, rencores o necesidades mueven a los personajes. Por eso las novelas acaban, casi sistemáticamente, con Maigret triste, aburrido o asqueado por meter al criminal, un pobre diablo, en la cárcel: ese ya no es su trabajo, su único interés es entenderlos, no juzgarlos. Por eso Simenon es un escritor fundamentalmente compasivo:

 

No obstante, ese rostro se animó. Los rasgos se crisparon como el rostro de un niño a punto de romper a llorar. Una lamentable mueca de alguien muy desdichado, que no puede más.

Y dos lagrimones trataron de abrirse paso.

Casi en ese instante se oyó la voz sorda del médico:

-¡Se acabó!

¿Era posible? ¡Todo había acabado en el momento mismo en que Joris derramaba dos lágrimas!

 

Y por eso es un maestro en la pintura de ambientes (de ambientes grises, repetitivos, rutinarios, sea para mal o para bien o para algo intermedio, como en el ¿pacífico? comienzo de Maigret y el caso del ministro):

 

Como siempre que volvía a su casa por la noche, en el mismo lugar de la acera, pasada ya la farola de gas, Maigret alzó la cabeza hacia las ventanas iluminadas de su piso. Nunca se daba cuenta de ello. Quizá si se le hubiera preguntado a quemarropa si había luz o no, hubiera vacilado al responder. Del mismo modo, por una especie de manía, entre el segundo y el tercer piso, empezaba a desabrocharse el abrigo para coger la llave en el bolsillo de su pantalón, siendo así que la puerta se abría invariablemente en el momento en que ponía los pies en el felpudo.

Eran ritos establecidos a lo largo de los años y a los cuales se atenía con más rigor del que hubiera querido confesar. El caso no se presentaba hoy, porque no llovía; pero su mujer, por ejemplo, hacía siempre un gesto especial al recoger de sus manos el paraguas mojado, al mismo tiempo que inclinaba la cabeza para besarle en la mejilla.

Maigret pronunciaba entonces su tradicional:

-¿Ninguna llamada?

¡Qué retrato en apenas dos párrafos de la seguridad y la mediocridad  de la vida no ya burguesa sino humana!

Y además Simenon es, aunque no lo aparente, un gran estilista. Su escritura con frases cortas, como tropezadas y apenas informativas, deja traslucir, si se presta atención, un estilo preciso y apropiadísimo para la pintura de ambientes de la que hemos hablado. Y en ocasiones de enorme belleza. Es excesivamente largo para reproducirlo aquí, pero el comienzo de El perro canelo es signo de un enorme talento narrativo, propio de un gran escritor, que es lo que fue Simenon. Conviene ya deponer los prejuicios que levanta su éxito editorial y el género policiaco y reconocerle como tal.

Luis Fernández Mosquera

Madrileño o segoviano según el momento, estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense. Animal pacífico y de buenas costumbres.

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