Mirar con otros ojos

Palabras pronunciadas en la presentación del cuarto número de TEMBLOR, que celebra la poesía de José Jiménez Lozano, el 4 de octubre en la Sala Experimental del Teatro Zorrilla de Valladolid.

Si le preguntáramos a un sociólogo en qué época histórica nos encontramos, seguramente nos diría –con mucho miedo a equivocarse- que vivimos en la ‘posmodernidad’. Y esta ‘posmodernidad’ de la que se lleva hablando varias décadas y de la que incluso podríamos decir que se ha agotado y renovado unas cuantas veces ya, tiene sus profetas, sus grandes nombres y, por supuesto, también, sus ideas perversas. Uno de estos popes de la ‘posmodernidad’ es el francés Jean Baudrillard, al cual definían en una entrevista que le hicieron para El País como «sociólogo y filósofo del vacío». ¿Y qué cosas hay que decir y escribir para ganarse tal marchamo? Entre otras, que no hay historia de la humanidad a la que asirse ni teoría que pueda explicar el presente, pero quizá, la afirmación más llamativa sea la que nos presenta en su ensayo El crimen perfecto, donde nos anuncia, como ya hizo Nietzsche con Dios, que la realidad ha muerto. Y aunque de la publicación de este libro ya hace más de veinte años, ideas y términos como fake news o posverdad llaman a nuestra puerta, hoy si cabe, con más fuerza que nunca. Ahora bien, si pensamos un poco en alguno de estos términos, es fácil ver la trampa. Porque, ¿qué es esto de la posverdad que tan de moda se ha puesto? Un experto en política diría algo así como que es dar un relato adulterado de la realidad para hacerla encajar con las emociones y sentires de quien se quiere convencer y no con los hechos mismos. ¿No son estas las mentiras y paparruchas de siempre, pero vestidas ahora de púrpura?

Hay que sospechar de estos discursos seductores que nos hablan de que la realidad y la historia no existen o no pueden alcanzarse, porque son discursos muy interesados y muy políticos, aunque no lo parezca a simple vista. Porque aceptar que no hay realidad ni historia que la acumule en el recuerdo colectivo, como decía Baudrillad, es una decisión política. Lo plantearé de otro modo: si no hay realidad, ¿cómo vamos a intervenirla, cambiarla y mejorarla? Sin un mundo al que enfrentarnos, corremos el riesgo de abrazar el solipsismo y un individualismo atroz que nos desarme ya no solo como sociedad sino como seres humanos. A fin de cuentas, lo que está en juego es la mirada. ¿Y a qué me refiero yo con esto de la mirada? La mirada es la autoridad con la que cada uno se mide con lo real y dice: «esto lo amo, esto me interesa o esto da sentido a mi vida». Sin esta mirada que enjuicia lo que tenemos delante estamos perdidos ante la pirotecnia del márquetin consumista, el juego de máscaras del politiqueo o la vacuidad de los paraísos artificiales.

Jamás se me ocurriría decir que la poesía nos vacuna o nos hace inmunes a la mentira y al vacío, porque no lo hace. Solo hay que repasar muy brevemente la historia de la literatura para darse cuenta de que no siempre la poesía ha ayudado a quien la escribe o a quien la lee. No diré tal cosa, pero me niego a aceptar esto que se dice mucho ahora de que la poesía no sirve para nada y que su valor radica en eso mismo, en su inutilidad. Pues no. Hay que mirar, como dice José Jiménez Lozano, muy a menudo, citando a Pirandello, con los ojos de los muertos. Esto, por supuesto, no hay que tomárselo al pie de la letra. La cita de Pirandello nos habla de la posibilidad de dialogar con lo que otros ya han visto antes que nosotros y de las realidades que éstos nos han regalado.

José Jiménez Lozano ha hablado de la narración como «un misterioso proceso mediante el cual la realidad se transforma en arte, y, si se acierta en ello, se logra una realidad distinta, pero tan real como la realidad misma», y esto que tan certeramente se cumple en la novela y en el cuento, también pasa en la poesía, porque cuando leemos poesía estamos obligados a mirar con unos ojos que no son los nuestros y a pensar lo real desde un lugar que no es el nuestro. La poesía, si es buena, nos agita y nos tambalea. Y es justo en ese momento de temblor en el que nuestra mirada ha de hacer equilibrios y cabriolas para acomodarse a lo que se le presenta como nuevo. Por decirlo de una manera muy sencilla: la poesía entrena la mirada. Y con una mirada bien entrenada estamos bien atados al mundo y podemos darnos cuenta de que, y aquí cito a Jiménez Lozano, «merece la pena vivir porque hay per­sonas, hay pájaros, hay cosas que están excelentemente bien».

Los ojos de José Jiménez Lozano son especialmente agudos. Y lo son por varias razones, pero a mí me interesa una que creo que es fundamental. Me refiero a que su poesía parte de la experiencia del dolor del mundo sin renunciar a la esperanza. Permitidme que explique esto. La poesía de Jiménez Lozano no es ingenua, sino que habla de la historia como un corcel «desbocado y sin jinete» que ha dejado a su paso la muerte y la devastación. Jiménez Lozano no desvía la mirada ni se ocupa en fabricar versos complacientes, pues en ellos palpitan las atrocidades de los hombres, pero sobre todo, las del siglo anterior: los gulags, los campos de exterminio y las tapias españolas manchadas de amapolas de sangre. «La memoria es siempre recuerdo del triunfo de la muerte», ha llegado a escribir. Tal es así que en ocasiones hasta es deseable olvidar, como en estos versos del poema “Niebla”:

La niebla, si es piadosa, puede

borrarte la memoria,

embotar, al menos, su cuchillo, con sus flecos.

Y, sin embargo, el conocimiento del dolor y la maldad no anula la posibilidad de la esperanza ni la experiencia de la belleza. Parafraseando algunos de sus versos: «aunque la tierra haya bebido tanta sangre», sigue permaneciendo «la blancura intocada de la nieve». Esto es lo insólito de su poesía: aun siendo consciente de la tragedia del mundo, se aleja del nihilismo con la sencillez de quien espera que aún pueda nevar en mayo y que la nieve limpie y purifique el mundo.

Hemos elegido para hacer nuestra antología el color blanco no solo porque es uno de los motivos que más aparecen en su obra, sino más bien porque es un elemento crucial para entenderla. Lo encontramos en el recuerdo de su infancia, cuando su madre añilaba los pañuelos, en las sábanas blancas sobre las que se proyectaron las primeras películas que vio; aparecen también en su manera de leer la Biblia y, por supuesto, en sus narraciones. «El blanco –nos cuenta en la entrevista que le hicimos para este número- solo puede irradiar su fulgor, si está, por ejemplo, como la ropa tendida bajo un cielo cargado de tormenta». Así que con este número y con estas palabras, solo quiero invitaros a mirar con sus ojos, a ser cómplices de una mirada llena de blancos como el de esa sábana, que aun amenazada por la tormenta, reluce intensamente.

Permitidme acabar leyéndoos el texto que nos regaló cuando le pedimos un parrafito que explicara su poética:

No tengo ni media teoría ni sobre la poesía ni sobre el poeta. Y estos asuntos, referidos a mí, se reducen a esperar vagamente a que algunos de los poemas lleguen a alguien, alguna vez. Y le acompañen y alegren un instante. Pienso que esto es puro realismo.

Raúl E. Asencio Navarro

Estudié Periodismo en la UCM y, algún tiempo después, un Máster en Literatura Española.

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