Notas de un pequeño filósofo

Jesús Montiel, como Azorín, es un pequeño filósofo. Con su escritura, ambos nos sugieren la calma. No una calma relajada, sino una calma que pueda insertarse dentro del fluir de los días. Una calma que actúe como un mecanismo sobre la mirada, que nos dote del tiempo y la atención necesarias para poder asombrarnos aun cuando el frenetismo rutinario de la vida contemporánea empuja con fuerza. Y esta sugerencia ni siquiera nos llega como un consejo. Tampoco encontramos en ella ni un gramo de pirotecnia moralista. Como bien señala Juan Gracia Armendáriz en el prólogo de Notas a pie de instante: «Si el lector busca un libro de autoayuda, no siga leyendo» [1]. Es más bien una humilde invitación a posar la mirada en las ramas de los árboles y en el grácil bailoteo de un gorrioncillo. Montiel, en esta obra y también en su poesía, parece comulgar con aquél imperativo de Azorín: «Examinad los árboles, la tierra, el agua, el cielo; ved poco a poco todos los pequeños moradores de estos lugares, cuyas vidas tal vez aporten a vuestro espíritu un sentimiento de humillación y bochorno» [2].

Notas a pie de instante | Revista de poesía TEMBLOR

Tratar de definir lo que uno encuentra en el interior de este libro no es sencillo. Sobre todo, cuando en las primeras páginas, se topa con un aforismo que apunta la idea de que lo que estamos leyendo puede no ser literatura: «Una ventana sin árboles se parece a un escritor que solo escribe literatura». Hay, por tanto, un rincón de la escritura que queda fuera de lo literario. Lugar del que brota este libro y al que llegamos a través del rastro que, en forma de palabras, ha quedado de su afinidad literaria con Christian Bobin. Montiel no solo le ha leído con celo y atención, sino que comparte con él la vocación del turista, es decir, la de quien ve allá donde va un mundo siempre sin nuevo. Sus escrituras son fragmentarias, anecdóticas, lúcidas y amables. Le arrancan unos jirones a la vida para fijarlos sobre la página. Y en el caso de Notas a pie de instante, es inevitable que las memorias y reflexiones; las píldoras de pocos párrafos y aforismos que se disponen en ráfagas o coronando una página en solitario, nos recuerden a Resucitar (Encuentro, 2017), la obra de Bobin que el granadino ha traducido y prologado.

Son estas confluencias y complicidades las que me llevan a leer dicho prólogo con atención. En consecuencia, cuando allí encuentro que Montiel dice: «El libro que tienes entre las manos, querido lector, no es literatura», sino que su lectura: «Se parece más bien a una oración» [3], entiendo que, efectivamente, Notas a pie de instante tampoco es literatura.

Thomas Merton, por señalar un autor al que Montiel lee con recurrencia, pero también otros como Blas de Otero o León Felipe entienden la escritura como una suerte de rezo u oración. Escriben para situar al Yo frente al abismo del misterio. Lo contemplan y sienten, como ocurre en el aforismo de Nietzsche, que éste les devuelve la mirada. Esto es algo que Montiel constata desde el inicio del libro: «en la ventana el bosque se asoma a nosotros». Porque esta manera de proceder con la escritura no consiste en penetrar la materia ni en encerrar lo real en el molde del lenguaje. Esta escritura obedece a otro tipo de movimiento. No acude el poeta a lo que está fuera de él para apropiárselo sino al revés. Es la belleza y el misterio del mundo los que golpean el pecho del poeta para atravesarlo.

Montiel deja que el día a día, la naturaleza y el amor le permeen y fluyan ágiles bajo la piel, dando lugar a bóvedas, cavidades y formaciones interiores de una hermosura infinita. Ocurre justo como describe Bobin: «El paisaje afluye al cuerpo. El viento penetra en la sangre. El cielo remonta al corazón», [4]. Y en este libro, el poeta se dedica a mostrarnos ese paisaje espiritual que el vivir ha ido horadando y componiendo con los años.

Notas a pie de instante, es una obra que se abre al mundo y que deja que éste se acomode en sus páginas. Y de entre todos, hay un relato en concreto que retrata este afán. Me refiero a uno en el que Montiel cuenta que estando sentado en la orilla del río una mañana, tuvo ganas de escribir un poema «que dijera tantísima dicha» y que, al recordar la frase de Beethoven, aquella que manda no romper el silencio si no es para mejorarlo, decidió separarse de su cuaderno para dejar que la mañana escribiera en él. Pero me atrevería a decir que no fue solo aquella mañana, sino que también lo hicieron sus paseos por el monte, sus carreras apresuradas al trabajo y el amor que escapa al yugo de lo rutinario. Así, quien lea Notas a pie de instante encontrará en sus páginas una antología de vida filtrada por la mirada sensible de un gran poeta.

 

[1] MONTIEL, Jesús. Notas a pie de instante. Esdrújula. Granada. 2018. pp. 8

[2] AZORÍN, Tiempos y cosas. Salvat. Madrid. 1970. pp. 19

[3] BOBIN, Christian. Resucitar. Encuentro. Madrid. 2017. pp 17

[4] BOBIN, Christian. Elogio a la nada. Presencia. 2016. pp 22

Raúl E. Asencio Navarro

Estudié Periodismo en la UCM y, algún tiempo después, un Máster en Literatura Española.

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