¿Qué posmodernidad podríamos querer? Modernas divagaciones de un acérrimo clasicista

Cuando todo se define como «moderno», y hablan de «posmoderno» los eruditos, cada vez estoy más convencido de que la más moderna Modernidad ha de pasar por volverse a los clásicos, a los que siempre serán «de toda la vida». Estaría bien combatir la iconoclastia del presente con el eterno monumento del pasado; esforzar el intelecto en pos de la (re)creación de exigencias artísticas que satisfacer: lingüísticas, métricas, imaginerísticas, etc. En definitiva: ¿por qué no matar lo burdo y cotidiano con la tradición: Fernando de Herrera, Santa Teresa, Góngora, Rubén Darío, la Vanguardia, José Hierro?

Podemos ser más que modernos, cogidos de la mano de los que nos trajeron, en sus respectivos momentos, la Modernidad; no podemos seguir en esta posmodernidad: deberíamos ser capaces de saltar el muro que levantó el bueno de Lyotard en aquella remotísima época de levantar muros y guerras frías que hacían arder los más recónditos parajes del mundo. ¿Qué os parece si nos ponemos a cantar al amor y a la existencia humana con un nuevo espíritu romántico, pero también relatar el extraordinario viaje del hombre a la luna en cuaderna vía, y dar la vuelta a los mitos desempolvándolos con el desempolvado Dadá?

Es legítimo que el poeta, movido por el furor, desee resquebrajar el pasado, incluso aquel que, como agónico presente, sigue en pie. Quizá el poeta se vea en la imperiosa obligación estética de destrozar aquello que lo rodea, pues su espíritu le urge a romper los moldes que lo incomodan. No obstante, ¿se limitará tan sólo a demoler?

La poesía es, ante todo, un acto casi sagrado de creación, y así como no todo el mundo puede erigir Babel o trasplantar un corazón, tampoco todos pueden escribir un poema. Pueden escribir, por supuesto, pero poesía es más que la experiencia diaria de un hombre o mujer, cualesquiera que fuesen. ¿Cuántos aficionados creen que todo es poesía, o que «poesía eres tú», o incluso «poesía soy yo y mis circunstancias»? ¿Qué más da si poesía es compromiso o es conocimiento? Ante todo, se requiere un conocimiento de la creación poética y un compromiso con una serie de presupuestos para dar a luz al poema. Ritmo, lenguaje e imágenes; la mayor o menor cantidad de sentimiento que se quiera depositar en el verso depende de cada uno, según una receta en verso que dejaron escrita los cabalistas zaragozanos, de recentísima invención:

La poesía es canción.

Mejor si viene del pecho;

aunque la hay sin corazón,

nadie sin ritmo la ha hecho,

y si no, no es poesía,

y ni él sabe qué escribía.

Que evite el malentendido:

tal vez si la llama prosa,

todo tendrá más sentido,

pues lírica es una cosa

-vida, amor, melancolía-

y otra cosa es poesía.

Aprendamos de los clásicos: dejémonos de nuevo enseñar por los que lustraron con oro y plata nuestros siglos pasados. Huyamos de imprimir al presente un aire de cotidiana mediocridad. ¿Dónde están los Garcilasos, Aldanas y Góngoras? ¿A dónde fueron los Albertis, los Lorcas y los Diegos (por Gerardo Diego, o por Diego Hurtado de Mendoza)? Aprendamos otra vez lo que la excesiva originalidad (un par de cucharadas de más) nos ha hecho olvidar. Sobre ruinas puede edificarse, pero la estructura levantada sin tiento ni razón puede ser derribada por un estornudo.

Esforcémonos en el poema: labremos cada palabra como si se tratara de un piedra preciosa de inconmensurable valor; esculpamos las imágenes como nuevos Fidias con la materia del ensueño; contemos y recontemos los acentos del renglón, y hagámoslos danzar sobre las cuerdas de los planetas. Tal esfuerzo nos distanciará de la agotada Modernidad (y de esta Posmodernidad que no nos lleva a ninguna parte); tal esfuerzo nos conducirá hacia (y, Dios mediante, hasta) la más moderna realidad, en la que estemos un paso más cerca de dar la mano a nuestros clásicos héroes del lenguaje poético; un paso más cerca de cerrar este círculo que comienza y termina en ellos.

¿Qué mejor experiencia puede existir que la que vive el poeta en y a través del arte? Inauguremos la pos-posmodernidad; una pos-posmodernidad clásica y, sobre todo, radicalmente moderna.

Andrés Rosselló

Aunque pudiera haberse estado un tiempo más, le hicieron nacer el año 1994 en Mallorca. Cursó en ella, con premio de excelencia, la carrera de Lengua y Literatura Españolas, y después sumó el Máster de Literatura Española de la Complutense. Ya de regreso a su isla está en proceso de formación para lidiar con los adolescentes en una clase de lengua (y, ¡por favor!, literatura). Tiene no sabe cuántos microrrelatos esparcidos por sabe Dios cuántas antologías, aunque de momento no tiene suerte en la poesía, que es, de lejos, la que le insufla el aire que respira.

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