¿Qué fue aquello de la Nocilla?

El ejercicio de dar nombre a las cosas siempre es arriesgado y esconde, bajo su buena o mala fe, cierta vehemencia. El atrevimiento es aún mayor cuando lo que se nombra es un grupo de individuos armados con blogs y una escuálida e incipiente –aunque ineludible- relevancia dentro del mundo cultural. Nuria Azancot se lanzó sobre este abismo hace ya una década. «La generación Nocilla y el afterpop piden paso», era el titular que encabezaba su reportaje. Por primera vez, en un medio de difusión nacional como lo es El Cultural, de El Mundo, aparecía aquel vago cuño generacional que, desde entonces, viene tambaleándose herido de muerte.

El texto se publicó en el número impreso del 19 de julio de 2007. En él se intentaban desentrañar las claves de un fenómeno que venía gestándose durante los años previos. Publicaciones como La fiesta del asno (2005) de Juan Francisco Ferré, Proust Fiction (2005) de Robert Juan Cantavella, Subterráneos (2006) de Vicente Luis Mora, Nocilla Dream (2006) de  Agustín Fernández Mallo y Afterpop (2007) de Eloy Fernández Porta confluyeron con artículos como el que Jorge Carrión publicó en Cultura|s en marzo de 2007: «I +D, una generación para el siglo XXI». A esto habría que sumarle el hecho de que algunos de ellos ya habían coincidido y debatido en congresos de literatura, como el de la Fundación Torrente Ballester; Mapa Poético; Neo3 o el primer encuentro de nuevos narradores: Atlas, celebrado en Sevilla.

Era inevitable vislumbrar una tendencia general: una nueva narrativa fragmentaria, escrita por autores nacidos alrededor de los años 70, moldeada por el lenguaje visual y forjada en editoriales pequeñas como Benerice, Candaya, Mondadori o DVD; alejada deliberadamente de lo mainstream y las formas y estructuras clásicas; hibridada con lo científico y en su lenguaje; cómoda con lo académico y con la teoría literaria, pero, sobre todo, que brota al calor de los debates que se cuecen en medios, por entonces nuevos y poco convencionales, como los blogs.

Los nombres que se postulaban como candidatos para acuñar a este grupo de escritores eran varios. Afterpops era la apuesta de Fernández Porta y «mutantes» se desprendía de la antología publicada por Benerice a principios de 2008: Mutantes. Narrativa española de última generación, en la que se recogían relatos de muchos de los autores —considerados— pertenecientes a la nueva hornada de escritores. El propio Fernández Mallo intentó sacudirse la «Nocilla» con varios nombres alternativos, pero todas las intentonas llegaban tarde. El artículo de Azancot había fijado insidiosamente el término.  De este modo, Nocilla Dream y su inesperado éxito de ventas– más de diez mil ejemplares vendidos- se convertía en el hito al que los periodistas y críticos acudían cuando querían explicar la razón de ser de aquel bautismo generacional. Por arrojar algo de luz sobre la génesis del nombre cabe decir que viene de la canción de Siniestro Total: «Nocilla ¡Qué merendilla!». Quizá, el nombre escondía algo de la actitud de estos nuevos autores: «Es bastante absurda, pero muy inteligente porque practica una especie de punk dadaísta», explica Mallo.

El artículo de Nuria Azancot despertó cierto revuelo, aunque decir que todos los suplementos culturales de periódicos de amplia tirada se hicieron eco del texto sería mentir ominosamente. El asunto nocillero apenas despertó el interés de un par de medios generalistas. Tan solo El Cultural de El Mundo y Cultura|s de La Vanguardia, donde Jorge Carrión publicaba asiduamente, mostraron curiosidad. La discusión se llevó a cabo en los círculos especializados de las revistas literarias como Quimera, Barcelona Review y Kiliedro, pero donde tuvo mayor repercusión fue en los blogs. Ahora, en palabras de Jorge Carrión, el blog «ocupa el lugar del café literario hasta la llegada de la Democracia; y de los bares y pubs de la Transición». De hecho, no puede entenderse la polémica sin sumergirse profundamente en el de Vicente Luis Mora, Diario de lecturas, el cual venía siendo un punto de encuentro de algunos de los escritores pertenecientes a la supuesta generación.

El mismo día que el reportaje de Nuria Azancot ve la luz, Vicente Luis Mora publica una extensa entrada en la que, tras agradecer la saludable curiosidad de la periodista y su medio, se dedica a matizar y a comentar el texto de El Cultural. En la entrada no solo encontramos su respuesta, sino que aparecen publicadas también las de Eloy Fernández Porta y Jorge Carrión; y, si uno sigue leyendo, aparecen más de dos centenares de comentarios en los que participan desde lectores anónimos hasta algunos de los involucrados: Vicente Luis Mora, Jorge Carrión, Eloy Fernández Porta, Agustín Fernández Mallo, Miguel Espigado o Juan Francisco Ferré.

La no generacioncilla

Pero vayamos por partes: la entrada ya lleva en el título las dos preguntas esenciales: «¿Generación? ¿Nocilla?». La respuesta de Vicente Luis Mora a la primera es contundente: «No, gracias». De hecho, rechaza la validez del concepto: «El otro día tuve el privilegio de hablar con uno de los mejores y más respetados filósofos orteguianos, o conocedores de Ortega, de este país, y decía que la categoría de generación literaria no tiene, en este momento, ningún sentido. Ni en otro tampoco, añado.» A lo largo de todos los píxeles derramados sobre si de verdad existe una generación, los argumentos se van repitiendo. La mayoría reconocen ciertas semejanzas, que comparten referentes culturales, que pretenden asimilar con su literatura las nuevas maneras de acceso a la información y que son hijos de, como apunta Fernández Porta, «un conjunto de fenómenos históricamente posteriores a la cultura pop, y también estéticamente superiores y estratégicamente opcionales.»

Juan Fransico Ferré, autor de La fiesta del asno, uno de los libros considerados fundacionales del fenómeno, se suma en la sección de comentarios a la cybertertulia y de nuevo, no es cuestión de generaciones, sino de estéticas y referentes: «En suma, se trata de esto y nada más que de esto: de saber si un escritor, haya nacido en los cincuenta, en los sesenta o en los setenta, es el contemporáneo mental de Pynchon, DeLillo, Houellebecq, Wallace o Pelevin, entre otros, o bien lo es, como la mayor parte de nuestros narradores en ejercicio, de Auster, Roth, Murakami, Updike, Marsé, Carver & CIA». El primer grupo de escritores vendría a configurar el imaginario referencial del cual beben estos nuevos narradores, los afterpop —por utilizar la terminología propuesta por Fernández Porta. Los segundos, en cambio, compondrían la nómina alrededor de la cual se moverían los autores con poéticas más conservadoras o, como los llama Vicente Luis Mora, tardomodernos.

Aunque sea tentador, hablar de bandos enfrentados sería excesivo. Sí es cierto que, durante los meses de verano de 2007, a raíz de lo publicado, se evidenciaron dos ramas o, mejor dicho, dos voluntades narrativas dentro del panorama nacional. Eso, y que, para los afterpop, la época de generaciones y manifiestos es cosa de otro siglo. Asumen la atomización, la fragmentación y el acentuado individualismo del nuevo siglo, la cultura del «Hágaselo Usted Mismo». En estas aguas, la conciencia de grupo se disuelve. «Cada cual tiene su estética, […] cada cual tira por su lado, que cada cual entiende el proceso de creación como un acto de pura individualidad, y que además, esa individualidad se reivindica», dice Fernández Mallo, refiriéndose a los autores afines. Y en el mismo comentario del blog, unas líneas debajo de su negación a la existencia de la generación e incurriendo en una graciosa contradicción, propone dos nombres nuevos: «Generación Atómica (por lo de atomizados, individualistas)» y «Generación Nodal (porque cada uno es un “nodo” de una red horizontal)». Más allá de lo anecdótico de este sinsentido, la palabra red va apareciendo en numerosas ocasiones como sustituta del denostado marchamo de generación. Habría que hablar, por tanto, como dice Jorge Carrión de «red de amistades, red de interlocutores, red de cómplices, pero nada de grupos ni de generaciones, porque no hay ni puede haber nómina cerrada, al contrario, debe haber apertura, búsqueda incesante de nuevos links, dentro y fuera de “España” (sea eso lo que fuere)».

Si la rotundidad con la que se enfrentan a la etiqueta de generación ya es más o menos compartida, la energía con la que niegan aquello de la «Nocilla» no iba a ser menor. Fernández Mallo es claro: «A mí el cuño ‘Generación Nocilla’ no me parece adecuado. No creo que mi novela sea representativa de las otras estéticas de otros autores, ni mucho menos. Para empezar, porque todos los autores que se citan en el artículo de Azancot ya habían publicado antes de que yo publicara mi novela, ya que yo antes había hecho siempre poesía, ergo es imposible que Nocilla Dream les haya influido en algo». Fernández Porta escribe que ni siquiera había oído el membrete hasta entonces, y, a Vicente Luis Mora, la novela le parece demasiado particular y singular como para parecerse a cualquier otra obra, incluso del mismo autor. Para él, muchos de los aludidos en el artículo El Cultural, no tienen nada que ver con el estilo, las referencias o la estructura que Nocilla Dream propone.

Y a pesar de todo el esfuerzo por esclarecer, matizar y proponer alternativas, la prensa y la crítica ha ido aireando aquello de la Generación Nocilla hasta estos días. En cada entrevista, en cada reseña, aparece el rótulo insidioso, sin cesar. El desinterés o la comodidad podrían ser algunas de las causas que han llevado a la prensa a ignorar, casi por completo, aquellos dos centenares de comentarios en los que se desgranaba la esencia de la cuestión, pero no son las únicas. Es fácil encontrar referencias a los ensayos, a los artículos de prensa y, en general, a todo lo publicado en los medios convencionales, pero se ha obviado todo lo volcado en los blogs y en las redes sociales. El descrédito y el desdén con el que se miró –y aunque en menor medida, se sigue haciendo- el fundamental papel de estos nuevos medios y canales no hizo otra cosa que evidenciar la falta de interés por comprender este fenómeno en profundidad.

Diez años de Generación Nocilla

El vínculo con las pequeñas editoriales, rasgo que parecía esencial en los autores afterpop, comenzó a deteriorarse con cierta premura. Javier Calvo había escrito en el artículo, «La historia de la Nocilla», el 12 de septiembre de 2007, en el Cultura/s de La Vanguardia, que el fenómeno será «algo probablemente efímero, en la medida en que probablemente sus autores irán pasando de forma gradual al mainstream». Llevaba razón. Al menos así ocurrió con las figuras más visibles. El primero en dar el salto a las grandes editoriales fue Agustín Fernánez Mallo, publicando Nocilla Experience en Alfaguara, en 2008. El mismo año, Eloy Fernández Porta publica Homo Sampler en Anagrama y Vicente Luis Mora acabaría publicando sus próximas novelas en Seix Barral. El fenómeno Nocilla se había convertido en un fenómeno comercial, algo que estaba ya más allá de lo literario y que los departamentos de márquetin de las editoriales y la prensa, por interés o por descuido, se encargaron de perpetuar.

En enero de 2014, en la entrevista que le hicieron a Fernández Mallo en La voz de Galicia, se volvió a desenfundar el término. A la pregunta: «¿Y la generación Nocilla?», su respuesta fue: «Ni existe, ni existió nunca. Una generación es imposible que exista sin que sus miembros quieran que exista. Fue algo que la prensa cultural acuñó». Aún más curiosa resulta la entrevista que le hicieron a Jorge Carrión en Jot Down, en marzo de este mismo año, donde le preguntaron si se consideraba integrante de la «vilipendiada generación Nocilla». Carrión, como Mallo, respondió con contundencia: «La generación Nocilla nunca existió, porque nunca hubo un grupo cerrado y orgánico […] La ‘generación Nocilla’ como construcción mediática reunió todos los errores tontos que se puedan imaginar. Uno, solo se mencionaban prácticamente nombres de escritores y no de escritoras, cuando hay escritoras como Mercedes Cebrián o como Lolita Bosch cuya obra también tiene elementos afterpop o mutantes. Dos, solo se mencionaban autores españoles, cuando, en el siglo XXI, qué sentido tiene pensar en la literatura en términos nacionales. Podría seguir, pero creo que son argumentos sólidos para considerar todo aquello como un error de los medios de comunicación».

Este año se cumple una década desde que se publicara el reportaje de Nuria Azancot. En este tiempo, el fuego que hizo arder la polémica se ha ido extinguiendo. El último libro de la trilogía que dio nombre a la generación, Nocilla Lab se publicó en 2009, cerrando así el Proyecto Nocilla. Y, aunque ha seguido habiendo contacto entre los afterpop, como en el caso del spoken word Fernández&Fernández que ofrecían Fernández Porta y Fernández Mallo, la atomización, como era de esperar, se ha ido evidenciando y algunos puntos de encuentro, como lo fue Quimera en su día, han dejado de serlo. Ninguno de ellos publica ya allí. No hay generación hoy, ni la hubo nunca. Es más, lo que comenzó como una aproximación bienintencionada que pretendía sondear, clasificar y dar orden a un nuevo panorama literario, se ha convertido en una entelequia estéril que la pereza de la crítica cultural ha ido arrastrando por el suelo de los años.

Raúl E. Asencio Navarro

Estudié Periodismo en la UCM y, algún tiempo después, un Máster en Literatura Española.

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