La infancia soterrada: ‘República Luminosa’ (2017), de Andrés Barba

Hace cosa de tres años descubrí por casualidad una nueva traducción ilustrada de Moby Dick para la editorial Sexto Piso —últimamente se viene insistiendo en lo provechoso de su lectura recurrente—. El traductor, Andrés Barba, declaraba días después de la publicación que un clásico es aquel libro que soporta una mala traducción y sigue siendo un gran libro. No sabría decir si estoy de acuerdo, porque toda traducción, en el fondo, no deja de ser una reescritura más o menos guiada de una obra. Pero no conviene entrar ahí.

República Luminosa | Revista de poesía y crítica literaria TEMBLOR

Lo importante es que la traducción de Barba resulta, desde sus primeras líneas, a todas luces impecable. A partir de ahí comencé a leer algunas de sus obras para intentar rastrear eso que siempre se dice de que toda reescritura —sea una traducción, una crítica o una edición— imprime la huella del lector en ella. No lo conseguí, quizás por despiste, pero me conformé con la satisfacción de descubrir a un buen autor, de esos que se traducen bastante —en el caso de Barba, a diecisiete idiomas— y que mantiene al lector en vilo con sus publicaciones.

Algo así ocurre con República luminosa. La obra, ganadora del 35.º Premio Herralde de Novela concedido por la editorial Anagrama — resultó finalista La extinción de las especies, de Diego Vecchio— retoma uno de los temas insistentes de Barba: la desmitificación de las visiones idealizadoras de la infancia. Algo similar había llevado a cabo en Las manos pequeñas (2008), lo que le brinda la comodidad y la familiaridad necesarias para seguir ahondando en nuevas formas de expresión.

La sencillez de la trama contrasta con la complejidad del estilo. En San Cristóbal, una pequeña población selvática, un grupo de treinta y dos niños mueve a sus habitantes a la desesperación más absoluta al sembrar el caos entre ellos. El dominio del tempo narrativo es digno de elogio: de las descripciones más pausadas aumenta Barba paulatinamente el dinamismo de la acción, cuyo clímax llega con el asalto de los niños a un supermercado, dejando dos muertos y tres heridos. En este caso, opta Barba por un distanciamiento narrativo mayor que en la obra mencionada: el narrador hace las veces de cronista de un pasado ciertamente lejano —veintidós años— que rememora para poder extraer una explicación en mayor o menor medida satisfactoria. El uso de esta voz narrativa le permite evocar la situación antes de la llegada de los niños y reflejar el poso remanente en la conciencia tras la catástrofe.

La reconstrucción de los hechos la componen un conjunto variopinto y difuso de rumores, documentos directos e indirectos y algunas apreciaciones de varios testimonios, lo que coadyuva en la conformación del espacio incierto que venimos señalando. No obstante, a diferencia de otras visiones acerca de temas como este, no construye Barba un espacio distópico alejado de los referentes reales: la potencialidad humana del relato radica precisamente en la ubicación de la acción en un plano identificable con un pueblo real, confiriéndole cotas de universalidad.

Integran los niños una suerte de grupo sectario paralelo a la sociedad civilizada y adulta de San Cristóbal. Son comparados en numerosas ocasiones con insectos, símbolos de la otredad alojados bajo tierra, en la selva o en otros lugares —que no desvelamos por ser de crucial importancia para el desarrollo de la trama—. La vida subterránea, identificable con el subconsciente colectivo y cultural al que por lo general no nos enfrentamos, nos predispone al sentimiento de terror y zozobra emocional que en este caso es potenciado por la ubicación en el medio selvático.

Los niños, que desmitifican la figura del «buen salvaje», tienen entre nueve y trece años; es decir, son prepúberes, están en tierra de nadie, en un momento de transición personal cuyo desenlace puede entrañar resultados peligrosos. Hablan una especie de idioma inventado en el que solo existe el tiempo presente y la fonética, casi arbitraria —un lenguaje «parecido al de un trino, repleto de expresiones absurdas» (p. 161)—, impide la comprensión de los adultos. La falta de comunicación obstaculiza el conocimiento del universo cultural de los niños —recordemos las tesis de Sapir-Whorf—, de su realidad, forzando el choque entre ambas dimensiones. Solo hay dos puentes entre ellas: el diario de Teresa Ontaño —niña que, ociosamente, descodifica el lenguaje de los treinta y dos niños— y el testimonio de Jerónimo Valdés —joven arrestado en una de las capturas organizadas por el ayuntamiento de San Cristóbal—.

La ausencia de comunicación mueve a la sociedad adulta a cuestionarse algunos principios esenciales, evidenciando el choque entre lo políticamente correcto y la realidad acuciante del momento. La locura se instala progresivamente en cada uno de los adultos, generalizando al enemigo común: «No es de extrañar […] que miremos a nuestros hijos de otro modo, como si nos hubiésemos vuelto enemigos» (p. 77). Por su parte, los treinta y dos niños comienzan a llevar a cabo un ritual sectario de captación con «la invocación de los 32», una suerte de ascética por la que entrar en comunión con los otros miembros del grupo y que sin duda confiere al relato una impronta psicológicamente inquietante.

Poco a poco, Barba nos introduce en una atmósfera de locura colectiva que estalla con el logradísimo final. Amén de las descripciones preciosistas del espacio en el que vivían los niños —y que sin duda constituyen el punto más alto en lo relativo al estilo del autor en esta obra—, preciosismo no exento de tintes grotescos e inquietantes, el uso alegórico del río Eré evidencia la deuda del autor con Joseph Conrad —Barba ha traducido recientemente sus Cuentos completos para Páginas de Espuma—. Como el Congo en Heart of Darkness (1902), el Eré es la fuente de terror posible, pero también el manto de olvido que arrastra los crímenes cometidos —como la nieve en The Wastle Land (1922), de T. S. Eliot—.

La huella de William Golding y su The Lord of the Flies (1954) y el realismo ambiguo de Conrad están presentes en buena parte del libro, en el que Barba demuestra un sabio uso del misterio y la sugerencia, dos elementos esenciales a la hora de tratar temas delicados o escabrosos como la omnipresencia del mal y la violencia incluso, según la cita de Gaugin que abre la novela, en esas «dos cosas que no pueden ser ridículas: un salvaje y un niño».

Alain Iñiguez Egido

Cepa perdida del 94, nota al pie pasada de líneas y retrato de un filólogo inmaduro. Por aquí escribo sobre novela sin desprecintar.

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