Reseña de ‘Trífero’ de Ray Loriga

¿Quién es Trífero? Un nombre intrigante, un conjunto de signos cabalísticos que envuelve tanto misterio como pronunciar Pedro Páramo o Ripley. Trífero proviene de antepasados aristócratas, tiene un regusto de vetustez, de haber recorrido los siglos entre claudicaciones. Lo que quiero decir lo sintetiza a la perfección una cita de Alejo Carpentier que aparece al principio del libro: venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos, y como tal, el protagonista ha de contarse entre los derrotados. Ray Loriga ha inventado uno de esos personajes marcados por la fatalidad que, por más que intenten lo contrario, terminan por asumir el pesado fardo del destino sobre sus vértebras.

El lector poco acostumbrado a los cambios vertiginosos de espacio en una ficción tan breve (apenas supera las 200 páginas) puede llegar a abrumarse un poco. El libro se caracteriza por un sinfín de viajes por Europa (Berlín, Leipzig, Múnich, Núremberg, Frankfurt, Colonia, Aschaffenburg…) y América, lo que nos evoca a algunos asteroides de nuestra literatura como El libro de Apolonio, que bebe de la novela bizantina, o el siempre entrañable Estebanillo González, con cuyas travesías jadeantes uno tiene la oportunidad de refrescar la geografía. Esta actitud nómada, que muchos personajes de Loriga llevan como marchamo, ya en los noventa hizo que asociaran rápidamente su figura con la generación beat; así como el uso de iconos hodiernistas como, por ejemplo, la divertida equivocación de Trífero al contestar a la llamada de un tal Hagenbazt, en representación del profesor Tauloski, a quien confunde con la marca de helados Häagen-Dazs.

Como toda la literatura postnacional, se concibe un mundo sin fronteras, como un inmenso imperio que invita a ser peregrinado para no caer en la asfixia cotidiana. Incluso la noche en que se cruzan las vidas de Trífero y Jesusalem viene determinada por el hastío de vivir en una gran ciudad carente de aspiraciones: coinciden en un peep show en un momento de evasión. Ahí es cuando Trífero revela a Jerusalem su proyecto sobre universos sombra, una teoría que promete ser más revolucionaria que la de la relatividad.

Tras sufrir un accidente automovilístico, la mente matemática de Jerusalem se iluminará y desarrollará la idea en estado embrionario de su reciente amigo. La teoría alcanzará en poco tiempo un éxito desorbitado (valga la feliz dilogía), aunque entre los investigadores serios serán vistos como dos charlatanes que se dedican a vender humo a los pánfilos. Nótese, con lo del siniestro, un guiño paródico a las prodigiosas transformaciones de
los superhéroes del cómic.

Si Borges se muestra ingenioso al presentar la filosofía como una materia susceptible de volverse ficción, Ray Loriga eleva la ciencia a la categoría de literatura, sin renunciar a la claridad expositiva, de igual modo que uno puede leer Moby Dick sin estar familiarizado con los tecnicismos del mundo de la marina. En esa franja neutral, Loriga erige su
construcción narrativa.

Nos encontramos ante dos antihéroes a los que la fortuna jamás ha sonreído; un dúo quijotesco, alimentado por los delirios del doctor Trífero, que saca de su integrismo científico a Jerusalem, un matemático que creía en el carácter sagrado de los números, para conducirlo al terreno de la heterodoxia. Desde entonces, Jerusalem comenzará a desarrollar su personalidad, dejará su insulsa vida de restricciones, convirtiéndose en un libertino y en un idealista. Jesusalem, un hombre ninguneado en el pasado por sus compañeros de profesión, se vio expulsado de una cátedra de mecánica cuántica de la Universidad de Nueva York, y convive con una esposa que tampoco es que haga su existencia llevadera.

Trífero es un impostor que se cuela en fiestas glamurosas de la sociedad científica neoyorquina para seducir a señoritas ingenuas, modelando su discurso a medida que escucha conversaciones de verdaderos científicos. Lo mismo ocurre en Sólo habla de amor, novela en que el protagonista es un intruso dentro de una fiesta, que tiene que leer un discurso que no ha escrito. El hilo conductor de esta clase de novelas, que engarzan en cierto modo con Tokio ya no nos quiere, es la suplantación y la duda sobre la identidad. Trífero es un maestro del sofisma, sabe decir lo que su auditorio quiere oír en el momento preciso, a despecho de su insiceridad.

De ese modo, él consigue enamorar por medio de las apariencias a Lotte Happensauer, nieta de una campeona de patinaje artístico. Lotte es una mujer enérgica, de constitución recia, perteneciente a una familia nórdica acaudalada, y la fuerza demoledora de sus actos arrastra consigo a Trífero hasta la enervación: su capacidad de tomar decisiones queda reducida al mínimo.

Ray Loriga destina varios capítulos del libro a las fases del enamoramiento, con bastantes dosis de sexo y de actividad deportiva. La descripción de la boda entre Lotte y Trífero es subjetiva, contaminada de las opiniones de un narrador muy involucrado, que hemos de distinguir como un personaje más aparte, que enriquece las intervenciones con una ironía en ocasiones ácida, y se interesa sobre todo en elementos vertiginosos: el ruido, el exceso, la ridiculez…,como quien pasa una escena entera a cámara rápida para encontrarse con algo enjundioso al otro lado: la luna de miel. Sin embargo, a veces el narrador importuna con burdas analogías que chirrían a un lector con un mínimo de
criterio, como la siguiente, revestida de sentencia, si bien abominable: Si el matrimonio es una mesa de al menos cuatro patas, las otras tres pueden mandarse al carajo cuando la pata del sexo es lo suficientemente gorda. Loriga parece ambientar con heavy metal las escenas íntimas de sus personajes cuando afirma que follaron y volvieron a follar como dos bestias salidas del infierno. Esa forma de arremeter contra lo erótico quizá sea aplaudida o abucheada, depende. El símil puede tener gracia o bien ser motivo de aborrecimiento. Por lo demás, en este intercambio de gustos y afinidades que definen la personalidad de los enamorados, no podían faltar las referencias al séptimo arte y a la música, lo que refleja claramente la melomanía del autor y su condición de cineasta. Así, Lotte y Trífero hablan sobre la Garbo, Gary Cooper, Dirk Bogarde, o bien deleitan sus oídos con artistas como John Coltrane, algunas muestras bien diseminadas como centellas que ponen a la vista la naturaleza pasional de los personajes. Esto no es una novedad en la literatura de
Loriga, que se mantiene en la línea de sus anteriores libros, Héroes, en homenaje al disco de David Bowie, o Caídos del cielo.

Un trágico accidente acaba con la vida de Lotte a poco de haber nacido el bebé, del que Trífero no se hace cargo y deja en manos de la familia Happensauer. Como sustituta a Lotte, ocupa su lugar una patinadora sudamericana, Albita. Una figura que, al lado del doctor Trífero impostor, produce un efecto inevitable de extrañamiento, una impresión de que la vida que llevamos (ya sea como individuo, como pareja o como colectivo) la ha suplantado otro , otro nosotros u otro ellos. Esta breve relación aporta detalles interesantes al relato. La sobreactuación de Albita dota a la novela de cierta comicidad a raíz de situaciones incómodas. La falta de la seriedad con que debería ser tomada por Trífero, en episodios disparatados de discusiones y celos, logra un efecto cómico, de ningún modo desvinculado de la realidad: todos los días es posible dar fe de la opinión débil de tantas jóvenes soñadoras, que idealizan a los hombres que pasan por sus vidas como príncipes azules sacados de un cuento de hadas. En una palabra, Albita representa el conflicto o el sinsentido de algunas convenciones subyacentes en las relaciones sentimentales, alambicadas en la ficción de consumo masivo, productos de la subcultura como la telenovela, más peligrosa de lo que imaginamos, de donde Albita se inspira para la imitación de sus modelos. Una emulación que en un ambiente picaresco (Trífero sólo quiere a Albita para lo más carnal y material que pueda imaginarse) sólo deriva en una degeneración emocional y comportamental. El Trífero que desprecia a Albita no tiene ni punto de comparación con el Trífero considerado que endulzaba la vida de Lotte con cada palabra o con cada gesto.

La praxis de este personaje polifacético, radicalmente distinto en varios mundos posibles, se basa ni más ni menos que en su teoría de los universos sombra. De ese modo, Loriga extrapola a su cocina narrativa el sistema que idea su protagonista, cosa que me parece el planteamiento más brillante de la novela. La tengo por una de las más experimentales de Ray Loriga; no sólo por su pulcro manejo de la elipsis, sino también por una curiosa dispositio, con una trama comenzada por el final de la historia, con un capítulo titulado “Silencio” en que presenta un Trífero solitario y reflexivo, retirado de la vida social y asediado por los remordimientos.

Aunque por esta vez Loriga no echa mano de la narración autodiegética, considero picaresca un calificativo adecuado, porque hay en este libro ingredientes morbosos como porrazos sangrientos, la amistad acompañada del reverso de la traición, infidelidades, alcohol y desenfreno, toda una pasarela de caras nuevas, el lado turbio de los desconocidos con los que Trífero cierra tratos, mentiras y más mentiras, huida tras huida, pero ¿de qué? ¿Es una pérdida concreta lo que le hace errar de lado a lado? ¿Acaso es la muerte de Lotte? No se sabe con certeza. Quién puede dar nombre a una desazón de fácil contagio y aun así, cuando se intenta definir, no satisfacen las palabras. Tal vez leyendo Trífero alcanzamos a intuir, viendo más allá del texto y de su retablo eventual, de qué se trata.

Francisco Sánchez

Nacido en Almería en 1992, cursó el Bachillerato en Santo Domingo (El Ejido, ojalá se tratase de América). De adolescente, recorrió las tediosas e inacabables carreteras de Marruecos, impelido por el embrujo de las chabolas de sus poblados y la aridez delirante del clima. Beneficiario de una beca para estudiar un año en Varsovia. Después del frío, volvió a Almería a terminar de graduarse en Filología Hispánica (2015). A menudo su vida es equiparable a un paseo a caballo por La Rambla de Tabernas: aunque no ocurra nada espectacular en ella, el paisaje dignifica el pedregoso camino. Madrid ha sido el último paradero: un Máster de Literatura Española. el futuro está por escribir, sólo se puede imaginar; el pasado, también.

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