Roger Bacon en las escuelas

El empeño de Bacon por erigir en astro o faro cierto (¡parhelia!) en torno al cual completan sus revoluciones todas las esferas del conocimiento, no fue baldío. Hoy nos ocuparemos del asunto, a ver si es posible arañar controversia alguna de parte de los lectores. Para dar un paso firme, el Caballo Andante del Conocimiento, Epistemoldán de Mileto, gracioso sabidor del cálculo infinitesimal de luces y sombras, no puede prescindir de su horda de unidades, de fórmulas e incógnitas, de fracciones y figuras de la celeste geometría, que, a buen seguro, hacían del enemigo de mayor feridad el peor pusilánime batiéndose cobardemente en retirada.

Así pues, la estética de Bacon está basada en principios numéricos y musicales. No vamos a objetarle a Mister Bacon que la música es necesaria para que un poema funcione: está en la esencia misma de la poesía. Pero ¿es suficiente? Si me remango los pantalones y decido ponerme pitagórico, me daré cuenta de que, sin el número, no existiría la música, y quizá ni siquiera podríamos hablar de ella, como tampoco sin proporciones numéricas percibiríamos el dolce fenómeno de la armonía. Matemáticas, música, poesía, armonía; cifras y letras en una lucha por la denominación exacta de las cosas dentro de un conglomerado donde el éxtasis, la pasión, las emociones y el misterio tienen cabida.

¿Sorprende? No debiera. Pues, a fin de cuentas, ¿quién no se ha estremecido con un poema intenso o con las palabras intrépidas de un amigo que escribe como los ángeles, y después, al someterlos al rigor métrico de las formas, ha corroborado su perfección? ¿Cielo y métrica? ¿Multiplicaciones y milagros? Bacon se apoyaba en la literatura de Grecia y Roma, modelos de culto que, debido a la distancia espacio-temporal, aspiran a la objetividad. Las formas grecolatinas permitieron a Bacon señalar la primacía de la métrica y el ritmo entre todos los factores estéticos. El científico se apodera delo que considera más interesante de su objeto de estudio y lo eleva a la máxima categoría. ¿Y vosotros qué creéis?

Ese süave golpeteo, los puentes curvos de las sinalefas, ocupando nuestro tiempo hasta que sonaba el timbre del recreo; era el endecasílabo un grave mareo, producido por el cruce de cuarteto a terceto; rimas abrazadas o entrelazadas, sin asueto, agotaban nuestra vida y la del alfabeto. ¿Te acuerdas, niño mártir, te acuerdas? ¿Te acuerdas de mi casa con ventanas y mi padre con la cinta métrica estirando la tarde hasta el tedioso infinito, sin tregua ni cuartel a la hora de amueblarla?

Bacon entendía que, para amueblar las habitaciones del saber, la sabrosa medicina a cucharada limpia tenía que ser la poesía, puesta al servicio de la virtud, y en última instancia de la educación moral. En otras palabras, el filósofo logrará la transmisión de sus verdades e ideales a través del placentero vehículo del verso, calculando la potencia de sus caballos para llegar sano y salvo a la autopista de la boeciana Dama Filosofía. Así, la astuta proporcionalidad del mensaje facilitará al cerebro del estudiante la tarea de retener y asentar preceptos y rudimentos. ¡Toma ya! ¡Más práctico, imposible! De lo sonoro a lo excelso, de lo material a lo inteligible, de lo empírico a la moral. ¡Por fin nos ha sido revelada la utilidad de la poiesis en la República de los Seres Civilizados! ¡Gracias, Dios mío, gracias! “Chicos, sacad la regla: hoy traigo alejandrinos”.

Francisco Sánchez

Nacido en Almería en 1992, cursó el Bachillerato en Santo Domingo (El Ejido, ojalá se tratase de América). De adolescente, recorrió las tediosas e inacabables carreteras de Marruecos, impelido por el embrujo de las chabolas de sus poblados y la aridez delirante del clima. Beneficiario de una beca para estudiar un año en Varsovia. Después del frío, volvió a Almería a terminar de graduarse en Filología Hispánica (2015). A menudo su vida es equiparable a un paseo a caballo por La Rambla de Tabernas: aunque no ocurra nada espectacular en ella, el paisaje dignifica el pedregoso camino. Madrid ha sido el último paradero: un Máster de Literatura Española. el futuro está por escribir, sólo se puede imaginar; el pasado, también.

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