Sobre el oficio de redactor (I): ¿de qué hablo cuando hablo de redactar?

Esto no es un desahogo sino más bien las notas o apuntes de alguien que lleva un tiempo –poco, todo hay que decirlo- en el gremio del copywriting. No tengo la intención de llevar a cabo un ensayo sistemático. Con  esta serie de artículos tan solo espero poner en orden ciertas ideas para así, quizá comprender mejor la labor con la que puedo pagar las facturas. Procedamos.

Cuando estudiaba Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid miraba con cierto desprecio todas las vías que me pudieran llevar a conseguir un trabajo en el gabinete de comunicación de cualquier empresa. No sé si aún se le seguirá llamando así en la facultad, pero entonces, a todo aquello que quedara fuera de los medios de comunicación convencionales, es decir, de la prensa, la tele o la radio, recibía el nombre de ‘lado oscuro’. No se veía con muy buenos ojos aquello de poner la pluma propia al servicio de intereses empresariales. Había de todo, pero la mayoría preferíamos trabajar por la justicia informativa y la trasparencia. Dadas estas expectativas heroicas, la vocación periodística quizá sea de las más difíciles de sostener en el tiempo. Poco o nada le acompañan al periodista y a su vocación de la mano: la formación universitaria es pésima; el mercado laboral, estrecho y precarizado; los medios, polarizados; la percepción de la profesión por parte de la sociedad, irrisoria debido al tono idiotizante de las tertulias y los juicios paralelos… y, sin embargo, hay quienes salvan los escollos y acaban ejerciendo como periodistas.

Los otros, los que teníamos una vocación menos férrea, menos resolución o intereses más dispersos hemos acabado en gabinetes de comunicación o haciendo lo que medicoremente sabíamos hacer. Aun así, reconozco que sentí cierta alegría cuando me cogieron para trabajar como copywriter. Es cierto, ahora engroso las hordas del ‘lado oscuro’, pero entonces, cuando recibí la noticia brotaron en mi pecho unas trazas de satisfacción: iba a vivir de mi pluma. Y he de aclarar que esto de la pluma no es metafórico. Acostumbro a escribir con pluma y no salgo de casa sin una Parker Jotter de acero inoxidable que me regaló mi padre.

Pero, como toda ilusión que se precie, se desvaneció rápido. Era materialmente imposible escribir como venía escribiendo hasta entonces. No había tiempo para tomar notas con la pluma en el cuaderno salvo las directrices que algún superior daba; la calidad del texto no era tanto un fin sino un aliciente y la finalidad del resultado nunca era el propio texto sino convencer, informar, vender. A pesar de que era obvio, pensé que aun con todo ello era posible crear textos corporativos con ínfulas literarias. Yo quise escribir y lo cierto era que me pagaban por redactar. Éste fue el primer conflicto al que tuve que hacer frente. Y aún anda irresuelto. Sigo preguntándome cuál es la diferencia entre una y otra.

La escritura frente a la redacción

Desde el principio tenía la firme intuición de que lo que yo hacía no era escribir. Escribir debía ser otra cosa: yo escribo cuando cuento los versos de un poema, cuando pienso la estructura de una novela, esbozo un personaje o cuando me enfrento al abismo blanco de la tesis doctoral. En todos estos casos hay un combate feroz con el texto. Quizá tenga la percepción de que esto es escritura por una concepción romantizada y deformada del acto de poner palabras la una detrás de la otra, pero, si lo pienso bien hay algo en lo que estos tres casos coinciden. En todas hay que documentarse, planificar, ordenar, corregir, dejar dormir y reescribir. La escritura tiene como vocación la depuración y el cuidado del texto. La escritura trabaja con la herramienta de la palabra el abismo que hay entre el fondo y la forma. Y para ello es necesario el tiempo y algo de vocación -o compromiso, en su defecto. La redacción es otra historia.

La labor de un copywriter está marcada por la misma inercia productiva que afecta a un fabricante de suelas de zapatos. Hay que producir textos y hay que producirlos según ciertos estándares. En la mayoría de los casos, éstos obedecen a la lógica de Google y sus algoritmos de búsqueda. La redacción, hasta donde sé, tiene otros procesos de composición distintos a la escritura; unos procesos condicionados por el poco tiempo que se disponible y la imperante necesidad de avanzar, de seguir creando, de generar un texto nuevo. La redacción crea textos eficientes, fáciles, legibles, accesibles y, si el tema lo permite, atractivos. La redacción crea textos correctos porque la perfección sale cara y, de nuevo, requiere tiempo.

Dichas estas cosas, debería ir buscando el final de este artículo con alguna que otra definición o por lo menos, con alguna aproximación por vaga que sea. Es difícil y, sobre todo lo que pueda decir, sobrevuela la duda. Pero teniendo que hacerlo, diré que la redacción, al menos entendida en el contexto de un gabinete de comunicación, puede definirse como una suerte de mecanización de la escritura o, mas bien, de una escritura que no crea, que no alumbra nuevas realidades con la imaginación si no que produce, que ordena y reproduce ejemplos, ideas y discursos ajenos porque no tiene tiempo para elaborar los propios.

Raúl E. Asencio Navarro

Estudié Periodismo en la UCM y, algún tiempo después, un Máster en Literatura Española.

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