Subversión y estética en ‘El mudejarillo’, de José Jiménez Lozano

Titular El mudejarillo una novela sobre San Juan de la Cruz publicada en 1992, año de los fastos por el centenario del descubrimiento de América, es toda una declaración de intenciones. Frente al boato y la grandilocuencia de la España imperial, Jiménez Lozano construyó una biografía humilde de un fraile modesto para iluminar las zonas más oscuras, por olvidadas, de la Historia española y recuperar así la memoria de los personajes marginados en su sociedad.

Historias pequeñas contra la gran Historia

La defensa de la marginalidad en sus diferentes formas —conversos, místicos, heterodoxos, pobres— es central en El mudejarillo y responde a una inclinación general en toda la obra de Jiménez Lozano de dar voz a los olvidados por la Historia oficial. En el mundo los humillados y ofendidos son tratados con desprecio y desconsideración, cuando no crueldad, como por ejemplo el enano que sirve, suponemos que como bufón, a los señores del castillo de Medina, que “para eso era un enanillo: para que se rieran de él, porque un enanillo es siempre la irrisión de todos, ¿no?” (p. 55); el papel de los humildes, de los diferentes, en el discurso hegemónico es lateral y subordinado al de los poderosos, auténticos protagonistas y narradores de la gran Historia. Jiménez Lozano pretende, mediante la literatura, dar voz a las pequeñas historias de los personajes pequeños, pobres o heterodoxos. Para ello es condición ineludible convertirles por una vez en protagonistas —e incluso en narradores: no es casual que en El mudejarillo el narrador sea un morisco perseguido por la Inquisición—, dándoles por tanto la palabra que la sociedad les ha negado sistemáticamente.

Se trata, pues, de algo en sí mismo subversivo, ya que la simple narración de la injusticia es una amenaza para quien la comete:

…me propongo serlo [escritor público] para vergüenza y confusión de la raza de los destructores del recordatorio de los pobrecillos y carne de pollo [es decir, los mudéjares], que es raza de poderosos que siempre temen que se escriban otras historias que las suyas, relucientes e ilustres, que luego publican con encuadernaciones de seda y dedican a los príncipes (p. 74),

dice el narrador de El mudejarillo, repitiendo casi una idea de la poética de Jiménez Lozano:

…los pequeños y humildes relatos están ahí no sólo ni principalmente para nuestro refugio […] sino como iluminación y puerta de conocimiento; y el recuerdo alza su débil verdad como una peligrosa subversión contra la Gran Historia, y nos asoma a las historias y memorias de sufrimiento y alegría” [1].

Que son, se entiende, las verdaderamente importantes, ya que únicamente en ellas podemos apoyarnos para hacer frente a la Historia que consiste en violencia, alienación, sufrimiento y, en una palabra, barbarie. La escritura debe tener, por tanto, un metafórico valor curativo, que Jiménez Lozano ilustra acudiendo a una anécdota que contaba Walter Benjamín en la que un anciano paralítico relata cómo un santo saltaba y bailaba mientras rezaba y se implica de tal modo en su narración que, para mostrar mejor cómo rezaba el santo, comienza él mismo a saltar y bailar, y queda curado desde ese momento [2]. Y en esto reside la grandeza, si la tiene, del escritor, “que incluso si fuera un genio no levanta un codo sobre l’idiot de village, sino que su más alta medida estaría precisamente en ser capaz de expresar la desgracia de este” [3]. La literatura, y el arte en general, solo tienen entonces valor si responden a este compromiso ético; si no, comete una “injusticia […] contra los muertos, contra el dolor acumulado y sin palabra” [4] porque no se enfrenta, y por tanto contribuye a perpetuarlo, al relato construido por los poderosos que olvida, silencia o incluso culpabiliza a los débiles, marginados u oprimidos: “Las Meninas mismas sin María Bárbola y Nicolasillo Pertusato [los dos enanos que aparecen en el cuadro] serían eso: un Gran Relato prestigioso más” [5].

La actitud, en conclusión, que guía al narrador de la novela y, en última instancia, a su autor, es la misma que guió a Cervantes y don Quijote, “un hombre inocente […] que quería dejar el mundo limpio de injusticia y bellaquerías con el esfuerzo de su brazo” (pp. 167-168). Ese es el propósito del escritor en la poética de Jiménez Lozano: “contar todo como era y había sido verdaderamente” (p. 168), denunciando con la mera verdad la injusticia que los más débiles han sufrido de parte de los poderosos.

Es importante señalar que esta forma de entender la narración no lleva necesariamente a narrar otras historias, sino a narrar las historias desde otro punto de vista, prestando atención a otras zonas y valores. Sin ir más lejos, es evidente que San Juan de la Cruz no es precisamente un personaje olvidado por la Historia oficial, pero aquí se relata la historia íntima y silenciada, oponiendo los valores que esta revela a los que reinaban en su sociedad y aun en la nuestra, que siempre desea olvidar las “historias memorables” —es decir, las dignas de recordar pero olvidadas— para que “todo resulte como si no existiesen” [6]. Son estos valores, en el caso de San Juan de la Cruz, los olvidados y silenciados por la Historia oficial: la defensa de la espiritualidad interior y austera en cuanto a lo exterior, las costumbres y usos de raigambre oriental y mestiza, la simpatía y el cuidado de los pobres, enfermos y perseguidos…

El mejor ejemplo de este interés por las zonas menos conocidas, más silenciadas, de la Historia es probablemente el tratamiento de la relación de San Juan de la Cruz con los carmelitas, que será cuando menos tormentosa después de que este emprenda junto con Santa Teresa de Jesús la reforma de la orden que dará lugar al nacimiento de la rama de los descalzos; las luchas intestinas de la orden terminarán con Juan encarcelado y la estancia en la cárcel será para él penosa. Curiosamente, este episodio fundamental en la vida de San Juan de la Cruz aparece muy difuminado y, podría decirse, silenciado en El mudejarillo. La narración del apresamiento se limita a una imagen bíblica a la que ya acudió el propio San Juan: “a fray Juan se le tragó la ballena” (p. 88), para enseguida centrarse en la búsqueda de la nada que caracteriza para Jiménez Lozano la mística de San Juan; la estancia en prisión se narra en tres capítulos, de los cuales uno solo tiene título (“Ni rastro de nada”, p. 90, que está en blanco), otro se centra en la tortura a la que es sometido fray Juan y la resistencia alegre de este (“Lima sorda”, pp. 91-93), y el tercero trata un pequeño episodio amoroso que oye San Juan por la ventana de su celda (“El enamorado”, pp. 94-95); por último, la célebre huida descolgándose por la ventana se reduce en la novela a que “la ballena le vomitó” (p. 96). De las luchas teológicas y de poder no se dice absolutamente nada y no aparece ni se nombra a ningún superior de la orden. Interesa aquí el perdedor, la víctima, de este episodio, mientras que se silencia el papel de los poderosos.

Como se puede deducir, esta opción ético-estética responde a un cierto sentido educativo —en un sentido amplio de esta palabra— que busca hacer al lector más tolerante y misericordioso; hacerle, podría decirse, más cristiano, en el sentido bondadoso y subversivo en que entiende el cristianismo Jiménez Lozano. De ahí la importancia capital de los valores verdaderamente cristianos en este ejercicio de recuperación de la memoria; valores que tienden a representar en El mudejarillo los personajes sospechosos de malos cristianos a ojos de la oficialidad como los conversos, los personajes, en definitiva, humillados, silenciados, olvidados. Y es que en El mudejarillo son precisamente los pobres, los cristianos nuevos, los perseguidos, los que en verdad merecen el nombre de “cristianos”. De hecho, el mismo acto de recuperar la memoria de los personajes olvidados por la Historia es en sí mismo cristiano para nuestro autor, que lo encuentra en la Biblia por primera vez en la historia de la literatura: en el Éxodo, dice, el narrador se olvida de los faraones y toda la majestuosidad arquitectónica y ceremonial que les acompaña para centrarse en “la pequeña historia de dos humildes mujeres […] que tuvieron compasión de los niños recién nacidos que el faraón había ordenado dar muerte” [7]. La misma elección que toma en El mudejarillo, donde no tienen apenas cabida, como no sea para ser criticados, los nobles, el alto clero y los poderosos en general, sino que narra la historia de un “frailecillo”, de “un mudejarillo solamente” (p. 171).

"La fuente que mana y corre" | Revista de poesía TEMBLOR

Una estética de lo pobre y lo pequeño

Como en toda gran obra, el contenido tiene consecuencias formales. En El mudejarillo, la atención que merecen los personajes marginales, la reivindicación de la pobreza y de una religión más espiritual, interior y pobre en el sentido material, el despojamiento que caracteriza el misticismo de San Juan de la Cruz se expresan estilísticamente mediante lo que podemos llamar una estética de lo pobre y lo pequeño.

De igual modo que el narrador rechaza el ornato que rodea en el primer capítulo al Visitador o que fray Juan desecha las jugosísimas viandas cuando le invitan a cocinar, Jiménez Lozano rechaza la grandilocuencia y prefiere la sencillez y la pequeñez, porque, si entre dos posibles protagonistas es de justicia elegir al débil y no al poderoso, “de dos palabras, la más humilde es la más justa y verdadera” [8], es decir, la más adecuada para narrar la historia del débil. Así se explica la llamativa abundancia de diminutivos que pueblan la novela y que aúnan en una forma coloquial y en cierto modo pobre, la expresión de lo menudo y su valoración afectiva. Gran parte de ellos se aplican al propio protagonista, que es él mismo pequeño: Santa Teresa, por ejemplo, “no acertaba a llamarle padre […] porque la parecía casi un mozalbete, tan delgadillo, tan poquita cosa” (p. 70); varios otros como el “mudejarillo” que da título al libro, pero especialmente “frailecillo”, aparecen con enorme frecuencia para describir a Juan de la Cruz, “un frailecillo enfermo y de cristal” (p. 99) que sintetiza en su figura todas las características temáticas y estéticas que son nucleares en El mudejarillo: mestizaje, espiritualidad, despojamiento, caridad, pobreza, sencillez, pequeñez, marginalidad.

Resultan muy significativas, por coincidentes con el contenido temático de la obra, las influencias de las que se nutre esta estética de lo pobre. En primer lugar, es importantísima la estética mística, en especial, como resulta previsible, de San Juan de la Cruz, algo que ya ha sido señalado a propósito del simbolismo místico. Más allá del plano estrictamente espiritual —aunque desde luego ligado a él—, Jiménez Lozano cree compartir esta estética de lo pobre con San Juan y Santa Teresa, a quienes imagina hablando y pintando en su conversación “casas de eremitas” —demasiado grandes, por cierto, para el gusto de San Juan— “blancas, con una esterilla en el suelo, una cruz de madera en la pared y un cántaro” (p. 71); o incluso con otras tradiciones cristianas como el arte cisterciense, “que siempre [busca] lo más humilde y sencillo” [9].

La influencia de Santa Teresa también es grande en El mudejarillo, cuyo estilo, como el de esta, es eminentemente oral y huye de toda afectación. Son muy numerosos los rasgos orales del estilo de El mudejarillo, como la abundancia de los diminutivos, el uso de frases hechas como “qué se yo”, que se repite frecuentísimamente en la novela, la proliferación de la conjunción que o cierta preponderancia de la coordinación en algunos pasajes:

…sólo había un hilillo de agua de un manantial pequeño que había allí cerca; pero de repente se vio venir río abajo como un animal que no se sabía lo que era, pero era grande, más grande que un buey, aunque también de andares lentos, y cuando estuvo cerca vieron que era un monstruo terrible con una boca abierta y colmillos descomunales, y el monstruo fue derecho al niño pero éste echó a correr y corría más que el monstruo, y así pudo salvarse de él… (p. 43)

La oralidad del estilo cumple una función que excede la puramente estética. Lo justo es no falsear o construir un estilo típicamente literario sino, por el contrario, narrar como lo harían quienes nunca han podido. El autor se hace a un lado para que hablen los personajes.

Al tiempo, esta estética de lo pobre o de lo pequeño tiene, como en la mística o en la Biblia, un sentido más trascendente que el meramente estilístico. Se trata de nuevo de despojar la realidad de todo lo accesorio buscando lo estrictamente esencial, ya que fray Juan, y con él Jiménez Lozano, “no anda[…] por ver, sino por no ver” (p. 137). El ejemplo acaso más logrado de esta búsqueda estética de lo esencial, lo constituye el capítulo titulado “Paisaje”, una enumeración de todas las cosas que el niño Juan recuerda de su infancia en Fontiveros y que funciona como descripción del pueblo. Lo curioso es que en casi dos páginas de enumeración —es decir, de acumulación de nombres— no aparece ni un solo adjetivo: se trata de nombrar, de decir la realidad ateniéndose a su ser, no a sus ornamentos. Además, la elección de las instantáneas, por así decir, que componen la recreación de Fontiveros es también de lo más significativa, ya que vuelve a incidir en lo pobre, pequeño y sencillo dejando de lado todo lo grande o poderoso; citemos solamente unos pocos de los nombres que llenan ese capítulo para comprobarlo: las campanas y la cigüeña, los huertos, los arrabales, los mochuelos, los lirios, los trabajadores, los zagales, las lavanderas, los caños, el rocío (pp. 31-33). Se trata, como en el Éxodo, de una estética que selecciona “la hermosura de lo humano y de lo que significa vida frente a lo que está construido, y, aunque resulte hermoso, es algo mineral y muerto” [10]; una estética, en conclusión, de lo humano, lo pobre y lo pequeño para expresar una ética del sufrimiento los pobres y socialmente pequeños frente a los poderosos.

 

[1] José Jiménez Lozano: El narrador y sus historias, p. 70.

[2] Ibíd., pp. 87-88.

[3] Ibíd., p. 46.

[4] Ibíd., pp. 89-90.

[5] Ibíd., p. 90.

[6] Ibíd., p. 154.

[7] Ibíd., p. 157.

[8] Ibíd., pp. 182-183.

[9] José Jiménez Lozano: Guía espiritual de Castilla, p. 55.

[10] José Jiménez Lozano: El narrador y sus historias, p. 158.

Luis Fernández Mosquera

Madrileño o segoviano según el momento, estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense. Animal pacífico y de buenas costumbres.

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