Taylor Swift es incognoscible: sobre Reputation (Parte 2)

Continúa. La Parte 1 puede leerse AQUÍ.

 

III

En la plaza del mercado amontonan ramas secas.

Un matorral de sombras es un abrigo pobre. Habito

una imagen de cera de mí misma, el cuerpo de una muñeca.

El malestar comienza aquí: soy una diana para brujas.

Solo el diablo puede con el diablo.

Sylvia Plath, “Witch Burning”

Están quemando a todas las brujas

Incluso sin no eres una de ellas

Tienen sus horcas y sus pruebas

Sus recibos y sus razones

Están quemando a todas las brujas

Incluso si no eres una de ellas

Así que préndeme, préndeme

Préndeme, vamos, préndeme

Taylor Swift, “I Did Something Bad”

 

Look What You Made Me Do, a.k.a. “El Triunfo de la Muerte”

Abandonar el escenario, tomar distancia. Recopilar y asimilar los estereotipos, parodias, rumores, pretensiones, críticas, mentiras, bulos, imágenes distorsionadas que sobre ella se han vertido y proyectado. Crear con ellos una nueva armadura o armaduras, una nueva máscara o máscaras con las que enfrentarlos. Una que lo que en realidad ofrezca sea el reflejo de las máscaras de los demás, sus rostros torcidos, sus trampas y deseos ocultos. Que ponga al desnudo las reglas del juego, y en beneficio propio. Volver, y triunfar.

Una estrategia parecida es la que parece desplegar Taylor Swift en el tablero de Reputation. Taylor miente, traiciona, roba, secuestra y asalta corazones con premeditación y alevosía para después escapar del escenario como quien escenifica el atraco perfecto (“Getaway Car”). Ellos, al fin y al cabo, se lo han buscado: No confío en nadie/ Y nadie confía en mí/ Voy a ser la actriz/ que protagonice tus pesadillas (“L.W.Y.M.M.D.”). Ella siempre es quien da el golpe final, adoptando las estratagemas de su adversario, yendo un paso más allá de sus trucos: si el mago la corta en pedazos en su espectáculo, ella acaba realizando un número con él (“So It Goes…”); si él es un fantasma y un ladrón, ella se convertirá en un espectro y en una atracadora que lo mantendrá como rehén (“…Ready for It?”). En Reputation, la gama de disfraces incluye lo sobrenatural (fantasma, bruja) pero sobre todo hace predominar el noir: de la femme fatale que anuncia cínicamente la muerte de sus anteriores yoes a Bonnie Parker y otras variaciones criminales.

Este léxico criminal conforma buena parte del código romántico-erótico del disco, que equipara en numerosas ocasiones al amante y al enemigo. En el lado amoroso, el robo y el secuestro se subliman, y la villana Swift no cesa de buscar a su cómplice criminal; un concepto amoroso que en palabras de la propia Swift quiere entroncar…con Crimen y Castigo (!). Retomaremos a continuación el tema, pero volvamos de nuevo a la imagen de Swift en Reputation aislada de sus interlocutores y destinatarios, aunque la cosa no sea tan fácil, pues los guiños a la galería, mezclados con las indirectas personales, resultan tan perceptibles como difíciles de desencriptar que nunca.

Si ella misma trae a colación a Dostoievski, y ciertamente de una forma algo libre, bien podemos nosotros aventurarnos con otro referente literario como el de Sylvia Plath. Aunque en esta ocasión el factor de riesgo sea casi nulo, pues además no se trata de nada nuevo: recordemos que su admiradora y amiga Lena Dunham ya emparentó a Taylor con la estirpe de la poeta bostoniana; y, en todo caso, Swift es una buena lectora. Ha sido la profesora Eleanor Spencer-Reagan quien primero ha señalado el acercamiento (“autoconsciente”) de la Swift de “Look What You Made Me Do” a la Plath del genial “Lady Lazarus” en su reinvención/rebelión como mujer fatal frente a la imagen impuesta, inspirándose y apoyándose en las “ideas e imágenes de dualidad, muerte, renacimiento y reinvención” del poema [5]. A modo de paráfrasis del personaje poético de Plath, el personaje Swift domina el “arte de morir”: renacer de entre los muertos es algo que hace todo el tiempo. Resurrección en pos de una venganza que ya se halla plenamente integrada como tema central dentro del canon swiftiano, desde las épicas “Dear John” y “Mean” (el “Like a Rolling Stone” particular de la cantante: como para Dylan, la venganza de Swift, cuyo sentimiento muchas ocasiones proviene de sus tiempos como marginada en el instituto, es un plato que se sirve frío) hasta “Bad Blood”.

Beware/ Beware /Out of the ash/ I rise with my red hair/ And I eat men like air. (“Lady Lazarus” & “Bad Blood”)

Podemos detectar incluso otras equivalencias con la poesía de Sylvia Plath, como la reelaboración de “Witch Burning” en “I Did Something Bad” con la que abríamos el apartado. En su sobreexposición frente a “la multitud mascacacahuetes” de la que nos habla Lady Lazarus, Taylor Swift se vale de forma legítima del arte de las máscaras poéticas para, según  Taffy Brodesser-Ackner, “cumplir el sueño del escritor: devolvérsela a aquellos que nos han hecho daño y poder luego ser capaces de proclamar nuestra inocencia y de asegurar que nuestras intenciones eran puramente poéticas” [6]. En un nivel más profundo, las canciones de Swift se emparentan con la naturaleza de la poética de Plath y otros ejemplos de poesía confesional femenina, en su momento, como bien explica Rachel Greenhaus, criticados con doble rasero, tanto por su contenido biográfico (modo de minusvaloración de su contenido literario) como por las demandas de veracidad que los lectores les pedían. Consciente de ello, Swift complica perversamente la lectura/escucha en Reputation para, como quiere Greenhaus, provocar una lectura del arte confesional no como producto de los deseos del autor de ser leído de forma autobiográfico, sino desde los deseos de autenticidad por parte del lector/oyente [7].

Por otro parte, los temas del juego, el artificio y la personalidad proteica que actúan como ejes del concepto del disco tienen su correlato formal, musical. La deriva pop de 1989 multiplica las marchas. Poco (pero, adelantamos, significativo) espacio queda para la balada swiftiana. Taylor Swift quiere que Reputation suene como su momento, de forma masiva. Así, junto con dos tótems como Max Martin y Jack Antonoff como Ying-Yang de la producción, se pretende una tarea de aglutinación e integración de los sonidos de su tiempo, de todo tipo de estilos ajenos al cosmos swiftiano; así, el híbrido synthpop de 1989 sufre una auténtica invasión, y abre las puertas todavía más a la electrónica, pero también al hip-hop (“End Game”), el R&B (“Don’t Blame Me”), el trap (“So It Goes”)… Algo chocante a la primera escucha que a la postre se revela como una apropiación exitosa, en la que el espacio musical Swift amplía y altera sus contornos pero consigue mantenerse distintivo. En cualquier caso, como ha escrito Carrie Battan en The New Yorker, el álbum no puede dejar de reflejar las fracturas de un pop cada vez más desplazado como sonido central del mainstream, difuminado en su esencia por los pujantes sonidos de sus márgenes: precisamente por la pretensión del disco de Swift de ser genuinamente pop. Suscribimos plenamente el pronóstico de Battam: “En el futuro, cuando se cuente la historia de la muerte del pop y sus últimos días como entidad monolítica, se señalará a Reputation como uno de sus últimos capítulos” [8].

 

IV

Solo quiero conocerte mejor

Taylor Swift & Ed Sheeran, “Everything Has Changed” (2012)

Como decíamos antes, la asunción de sonidos ajenos, su manejo artificioso, se hallan en sintonía con el concepto del álbum. El recitado grandilocuente de Swift en muchas canciones se entrega a lo declamatorio y es prácticamente teatral: así en la excesiva “Look What You Made Me Do”, cuyo tono desatado, melodramático, es digno de un musical. En un ejercicio de intencionada exuberancia, la voz de Swift se envuelve en capas y capas sonoras, pasa por múltiples filtros y se multiplica en voces distintas que (como en la excelente “Don’t Blame Me”) a su vez se repiten como ecos y buscan el altibajo constante. Finalmente, la teatralidad se manifiesta explícitamente mediante la ruptura de la cuarta pared, con la carcajada que como comentario irónico desde fuera de escena («I can’t say this with a straight face»), rompe de repente las costuras de “This is Why We Can’t Have Nice Things”. Esta, pista 13 de 15, abre la puerta al tramo final del álbum con un significativo cambio de tono.

“This is Why…” supone el culmen de la vendetta, una (gozosa) fiesta del reproche que funciona como un apoteósico brindis final, no exento de tristeza (al contrario: puede que estemos ante una de las canciones más melancólicas del álbum). Después viene la resaca: el retiro por voluntad propia de “Call It What You Want” (Mi castillo se desmoronó anoche […] / Se llevaron la corona, pero no pasa nada) y el afterparty y nuevo comienzo de “New Year’s Day”. Es un movimiento de lo público a lo privado, del escenario a lo íntimo. También en lo musical: “Call It…” vuelve a la calma, e inicia una progresiva desnudez que termina en “New Year’s Day”, desembarazada prácticamente de toda la maquinaria anterior, en lo más parecido a escuchar la voz de Swift en paz y soledad acústica. Las dos últimas canciones se dirigen a un amante con el que parece haber hallado la paz. ¿Es la retirada de la máscara?

Por supuesto, junto a la venganza el otro gran y más predominante tema de las canciones de Taylor Swift es el amor. La casi invariable segunda persona del singular a la que se dirigen las letras de Swift es un sujeto amoroso, presente y, sobre todo, pasado, en el que se proyectan diversos sentimientos, recuerdos, vivencias compartidas…El amor es la esperanza y fin permanente de Swift; el amante, por consiguiente, el depósito perpetuo de esa confianza. En el “Prólogo” de Red (probablemente el mejor de sus discos) la cantante y letrista establece una distinción entre amores de índole cromática: el amor rojo es (¡con cita incluida del Neruda de Veinte poemas de amor y una canción desesperada: “Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”) el amor “traicionero, triste, hermoso y mágico”, pero finalmente olvidable y fallido. El amor “verdadero” es, sin embargo, el amor dorado: este “brilla como la luz de las estrellas, y no se borra ni consume espontáneamente”.

Un parámetro cromático que se confirma en Reputation. El amor dorado supone entrega y confianza total: así, la limitación impuesta por los otros, antes furibundamente rechazada, se contrapone con el abrazo del encierro en la jaula dorada, rehén de mis sentimientos (“So It Goes…”). El amado puede ser su carcelero, mientras que la Swift amante puede poseer su corazón y llevárselo secuestrado a una isla (“…Ready For It?”). El amor dorado la pinta de su color (my love had been frozen/ Deep blue, but you painted me golden [“Dancing With Our Hands Tied”]), y se simboliza por joyas y marcas: en “Dress” le pide que ponga su marca en ella, un tatuaje dorado, mientras que en “Call It What You Want” Taylor presume de llevar colgada de su cuello una cadena con la inicial de su amante no porque me posea, sino porque él me conoce de verdad.

Style (Kyle Newman, 2015)

[El videoclip de “Style”, tercera canción de 1989, ya recoge/adelanta cierta iconografía y temática de Reputation: el espejo roto, la identidad múltiple de la imagen, la búsqueda del otro y su percepción fragmentada…]

Desde sus primeras canciones, el amor en la obra de Taylor Swift es conocimiento: Well you drive me crazy all the time/ The other half I’m only trying to let you know that what I feel is true/ And I’m only me when I’m with You (“I’m Only Me When I’m With You”, de Taylor Swift [2006]). El amor es una cuestión de verdad: de sinceridad y comprensión, o, como sucede en “Dear John” de mentira, traición e impresiones falsas. En cualquier caso, el autoconocimiento en las canciones de Swift se forma por el espejo del otro. La persona amada nos permite ofrecer la verdad sobre nosotros mismos. Frente a mis típicos trucos, a la verdad/ de mis labios rojos (“End Game”) que todos los demás conocen, el que la ama incluso en mis peores mentiras, ve la verdad de mí (“Dress”).

En la mascarada incognoscible de Reputation, este amor es sinónimo de ocultación, secretismo y fingimiento. Dentro del tour internacional en los que se desarrolla el recorrido del álbum (plasmado en el clip de End Game [Joseph Kahn, 2018]), cuyas canciones nos asoman a un mundo de viajes, focos, clubs y fiestas espectaculares en el que, como diría Ayn Rand, la única aristocracia que queda es la del dinero, el amor se desarrolla en la clandestinidad cómplice de un pequeño oscuro paraíso (“Don’t Blame Me”), en las noches de un tercer piso del West Side (“Delicate”), a las que el amante llega vestido de negro (“So It Goes”). Aún a plena luz, el amor es un secreto: un código oculto dentro de una sala atestada (“Dress”), a veces incluso para el que es amado (“Gorgeous”, “Dancing With Our Hands Tied”).

La mención a las fiestas de Gatsby en “This is Why We Can’t Have Nice Things” nos confirma en nuestras sospechas de que Taylor Swift es una personalidad fitzgeraldiana, siempre nadando sin pausa hacia el pasado. La conclusión de “New Year’s Day” añade argumentos: la redención queda anunciada, pero la apelación a las memorias, el ruego insistente (Por favor nunca te conviertas en un extraño/ cuya risa podría reconocer en cualquier parte: líneas que asegura haberse reservado desde hace años), la dejan en la incertidumbre.

El final, aún no lo conocemos.

 ***

 “I’m not that complicated. My complications come out of my songs. All you have to do to be my friend is like me…and listen” 

Colofón del libreto de Taylor Swift [2006], primer álbum de estudio de Taylor Alison Swift [Reading, Pensilvania, 1989]

 

Notas:

 [5] SPENCER-REGAN, Eleanor, «How Taylor Swift became a femme fatale…with a little help from Sylvia Plath», en The Conversation (September 20, 2017): https://theconversation.com/how-taylor-swift-became-a-femme-fatale-with-a-little-help-from-sylvia-plath-83993.

[6] BRODESSER-AKNER, Taffy, «Revenge of the Nerds», en The PARIS REVIEW (June 22, 2015): https://www.theparisreview.org/blog/2015/06/22/revenge-of-the-nerds/.

[7] GREENHAUS, Rachel, «Taylor Swift: 1989’s Confessional Poet», en JSTOR Daily, (September 23, 2015): https://daily.jstor.org/taylor-swift-confessional-poet/.

[8] BATTAN, Carrie, «Taylor Swift’s Confessions on “Reputation”», en The New Yorker, (November 27, 2017 Issue):

https://www.newyorker.com/magazine/2017/11/27/taylor-swifts-confessions-on-reputation.

 

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