Tres poemas de Fermín Herrero, más un inédito

Nació en 1963, en el pueblo soriano de Ausejo de la Sierra. Se licencció en Filología Hispánica y trabajó como agricultor hasta que obtuvo plaza de profesor. Comenzó dando clases en el mismo instituto que Antonio Machado. Ha publicado trece poemarios, de los cuales siete han obtenido importantes premios como el Hiperión en 1997 por Echarse al monte; el Premio de la Crítica de Castilla y León en 2015 por La gratitud; y el Premio Nacional de la Crítica en 2016 por Sin ir más lejos. A día de hoy, vive en Valladolid y colabora en el suplemento cultural de El Norte de Castilla.

POÉTICA

Creo que no hay empeño literario más engorroso para el que lo acomete, así como prescindible para quien lo sufre como lector, amén de cansino y, con frecuencia, cargante, que una poética. Y, sin embargo, me temo que todo aquel que perpetra un texto lírico con afán, como método de conocimiento, y qué menos, persigue en el fondo dar con la naturaleza última e inefable de lo que, con bastante temeridad, nombramos como poesía: el “secreto manifiesto” de Goethe, la “ley suave” de Stifter. Cada uno ha de buscarla a su manera, contra todos los poetas que le precedieron y los de su tiempo. Y una vez lograda una voz personal, no conformarse, no repetirse, modularla a fin de encontrar la verdad propia, sin conformarse nunca, falsificándola lo menos posible.
Así que, en fin, el movimiento se demuestra andando, en los poemas, y el resto es literatura. Con objeto de espantarla y de que la poesía no se note pero inequívocamente esté en el verso, toda sobriedad en la dicción, toda renuncia es poca. “El estilo está hecho de renuncias”, sintetizó en un apotegma, que no parece muy de su escuela, el impar Rafael Sánchez Mazas. Esta reducción a lo elemental supone, claro, tomar la dirección contraria a la emprendida por la inflación de imágenes que pusieron en marcha las vanguardias, que ya venía, sin tantas ínfulas, desde el romanticismo. Máxime ahora, cuando se ha generalizado el todo virtual y el atracón de informaciones baladíes.

Canta el mirlo en el arce, vuela,
y, mientras atardece, estoy leyendo
de nuevo “El grano de mostaza” del maestro
Eckhart. No tengo caridad ni templanza alguna,
nada de nada, ni modestia, ni honradez,
ni amor siquiera. Da vueltas y más vueltas
un murciélago, está también perdido.
En el momento en que renuncio
me arrepiento, me puede la codicia,
la soberbia, el apego. Hay días sucios,
mucho. Y muchos. Que a duras penas.
Ahora el mirlo va por el sendero,
picoteando aquí y allá, distraído,
calibra bayas, mueve piedrecillas.
Qué no sabrá de lo que ignora. Y cómo
olvida. Ha oscurecido. Apenas si se ven
las letras del maestro, que no podré decir.
Aunque cada mañana vuelve el mundo
y su celebración. Espero que me encuentre
tan impropio de mí mismo como pueda.
Que no puedo, que no. Y aun así.

(Poema Inédito)

 

ACANTILADO

La claridad en el acantilado, un mar
de luz la luz del mar en el aire
de junio. Cómo voy a morir después
de haberte amado al límite, a cielo
abierto, a mar abierto, en esta luz
sin desmayo. Semilla al viento, entrando
en las olas, la sombra desprendida de una higuera
nuestros cuerpos esclarecidos. El mar
y el cielo. El cielo, el mar. La línea
del horizonte. Espuma y piel, al desnudo.

 

Era el otoño. Ayer. Era el otoño sin consuelo
en el rigor de los límites, muriendo
bien a las claras por los chopos, la tarde
adentro. Sabía a destrucción. Ahora me levanta
al aire de la sierra, se cimbrea, me desnuda
por las ramas pues no hay más raíz
que la pupila. Ahora, al fin, la mirada no es de nadie
y es suficiente —el tiempo a mi favor, sin sombra
alguna los caminos—. Acaso todo sea igual
que siempre. Y sin embargo cambia: lo que puedo
decir, lo que no puedo. Ahora me levanta
lo que declina —la desnudez está madura—. La raíz
busca el sueño. Me alegra, me yergue, me va
tomando, en crecida. Las tardes altas, dejarlas
fermentar. Porque no son de nadie. Ni tampoco la hoja
es el árbol, ni hace octubre. Cuando puedo decir
del musgo y las ciudades. Es suficiente: lo demás
es barbecho. Qué alto por el árbol que me piensa
y qué puro y qué frágil este otoño que busca
el sueño, su evidencia. Y era el otoño sin consuelo
cuando la luna huera barruntaba que iba
a cambiar el astro. Era el otoño. Se fue.

-Wurzlen-

 

QUE TODO ES REGALADO, ACUÉRDATE

Que todo es regalado, acuérdate,
que en mucho has de tener, más allá
de ti, cualquier amor, cualquier indicio
de amistad, de misterio compartido.
Vivimos de milagro y eso es suficiente.
Es cierta la belleza aunque lacere,
sobrecoja, remanse y niegue el tiempo.
Que es de admirar por junto, de parte
a parte, lo pasado y lo por venir,
de plenitud en plenitud. Si bien
una sola constancia bastaría. Una sola.
Que de tanto contento no se te acaben
estos días si deja de alumbrar el sol,
que dejará. Actúa como si no lo supieses
y, ante lo inevitable, como fuere razón.

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