Un brindis por la palabra precisa. Con un pie en el preposromanticismo y otro en el protomodernismo tardío

Las cosas claras: soy fan acérrimo de los Siglos de Oro. Concretamente, me tatuaría la cara del severo don Luis de Góngora en el brazo, con una estética warholiana y aquel “Era del año la estación florida” en Arial 12 con versales. Y, a pesar de mi amor hacia el Renacimiento y el Barroco, no puedo sino sentir una entrañable sensación de agradecimiento hacia las antípodas de esta literatura: las decadencias, o épocas oscuras, o períodos que, por pereza académica, se ven determinados por un “pre” o un “post” que, cual grapas filológicas o clips literarios, los emparejan con un Barroco glorioso, un Romanticismo notable a nuestro estilo o un Realismo muy, muy galdosiano.

Desempolvo las armas para defender cada “pre” y cada “pos”, desde el Prerrenacimiento al Posbarroco, y del Prerromanticismo a la Posmodernidad. ¿Qué nos ha sucedido? ¿No caben ya los nombres propios para bautizar la estética, la moda y los gustos formales o temáticos de una época? Puestos a etiquetar, etiquetemos cada cosa por su nombre. Sin su nombre, nada de todo ello existirá: sus autores serán percibidos como rezagados o visionarios, y sus obras se encontrarán tan descontextualizadas que no las veremos como productos de una situación determinada. Antes bien, tendremos que observarlas ciclópicamente, en tanto que pondremos un ojo en ellas y el otro (los que lo tuvieren) en el contexto precedente o en el que le sigue en el tiempo. ¡Cuánto nos gusta ordenarlo todo, y qué poco tiempo le dedicamos a revisarlo!

Iba el otro día tranquilamente por la playa y fui testigo de la mayor disputa dialéctica (y bofetáctica) que unos ojos jamás han contemplado. Esto eran tres sabios: “¡Os insisto en que el posPrerrenacimiento es más relevante que el posbarroco prefeijooista!”, vociferaba uno. “Madre mía, ¿y qué me dices del posPosromanticismo? Da mil vueltas a la mística preteresiana, como afirman los pospidalianos”, sabiamente defendía el segundo. “Te digo yo a ti que la posmodernidad y el posmodernismo son tan pospositivistas como el prePresente”, afirmaba un tercero, no sé si tartamudo o más sabio que los otros dos.

En este punto de la historia dudé de si el complejo vitamínico que tomo cada mañana es en realidad un cóctel de opiáceos tóxico.

Silenzio-Alba, ópera futurista de Emma Marpillero (1916) TEMBLOR Revisa de poesía
“Silenzio-Alba”, ópera futurista de Emma Marpillero (1916)

¡Oh, Dios!, ¿por qué dijiste “hágase la luz”, y no nos dijiste “Pues mirad, en mi humilde opinión, yo al Renacimiento le llamaba [El momento en el que tuvisteis la brillante idea de pensar quién puso esas piedras allí]”. Te las quedaste, ¡Ay infelices de nosotros, estas tan necesarias palabras te quedaste (y el portavozas, que hemos tardado eones en descubrir, y que es motivo del unánime regocijo de la raza nuestra y de la de los topos)!

Dejando a un lado el problema de la palabra (qué antiguo es este problema, y qué malas soluciones le hemos ido encontrando), volvamos a los hechos, y para ello adopto ya la seriedad y compostura de alguien más normal. Dudo de que, por ejemplo, Diego de San Pedro fuera consciente de que ya no estaba escribiendo en la órbita medieval, sino que era todo un prerrenacentista. De la misma forma, a Bécquer creo que le importaba muy poco si se le consideraba un poeta del Romanticismo tardío, del Posromanticismo, del Simbolismo o del poco explorado Realismo poético. Nótese cómo el lector de estas líneas siente un hormigueo diferente en las yemas de los dedos dependiendo de cada término: ¡Oh, Bécquer no tenía ni idea, escribiendo como se escribía años atrás con el Romanticismo!; ¡Oh, Bécquer escribió después del Romanticismo, pues porque no nació antes!; ¡Oh, Bécquer nos retrataba el mundo de forma realista y objetiva! Y en estos matices radican algunos de los problemas que pretendo poner de relieve en este artículo: debemos ser muy cuidadosos con las palabras que utilizamos (máxime si desempeñamos la noble labor socrática) y no contribuir a desprestigiar nuestros “pres” y nuestros “post”.

Concretamente, y como futuro doctorando (sabe Dios cuándo se dará este futuro) especializado en nuestro hermoso “PosBarroco”, reivindico un nombre propio para esta literatura, escrita entre finales del siglo XVII y la primera mitad del XVIII. ¿O es que vamos a bautizar un siglo entero de nuestra literatura con un nombre tan aséptico como “PosBarroco”? Bastante tiene ya el pobre con el silencio absoluto al que se le somete (silencio que, en muchos casos, llega hasta la mismísima carrera universitaria). De acuerdo que ninguno de sus autores podrá jamás compararse con un Lope, un Cervantes o un Quevedo (aunque don Diego de Torres Villarroel fuera un dignísimo discípulo de este último más allá de la muerte); de acuerdo también que es un momento de transición (aquel académico Gabriel Álvarez de Toledo vivió gran parte del siglo XVII y fue un profundo poeta barroco; hay quienes dicen que Alonso Verdugo, conde de Torrepalma, nacido en plena Guerra de Sucesión, tiene tintes hasta prerromáticos). Y, no obstante, reitero mi desacuerdo por si alguien se ha perdido en esta selva que estoy plantando. Este Posbarroco, que coincide en el tiempo con la obra de los novatores, recibe también el nombre de Preilustración. ¿Pero se puede saber en qué quedamos?

Tendremos que entrecerrar un poco los ojos para ver la realidad con todos los matices que se nos presenta, y que irán quedándose jugueteando en nuestras pestañas: ¡todo es una sucesión de pres y posts! ¿O qué es el Renacimiento sino un prebarroco, y el realismo sino un posposromanticismo, e incluso la Edad Media sino una premodernidad? ¿Por qué manierismo y no posrenacimiento o prebarroco? Qué injustos somos con determinados márgenes de nuestra literatura…

Las cosas por su nombre, y los nombres para usarlos con cabeza. Para jugar ya estuvieron los futuristas-posdecadentistas-prehermetistas. Pero, ante todo, disfrutemos de lo que leamos, que es más importante que la más macarrónica terminología académica.

 

Andrés Rosselló

Aunque pudiera haberse estado un tiempo más, le hicieron nacer el año 1994 en Mallorca. Cursó en ella, con premio de excelencia, la carrera de Lengua y Literatura Españolas, y después sumó el Máster de Literatura Española de la Complutense. Ya de regreso a su isla está en proceso de formación para lidiar con los adolescentes en una clase de lengua (y, ¡por favor!, literatura). Tiene no sabe cuántos microrrelatos esparcidos por sabe Dios cuántas antologías, aunque de momento no tiene suerte en la poesía, que es, de lejos, la que le insufla el aire que respira.

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