Más crítica literaria y menos literatura del ‘yo’. Apuntes de lectura sobre ‘La huida de la imaginación’ de Vicente Luis Mora

Vicente Luis Mora es autor de La huida de la imaginación, obra con la que ha ganado el Premio de Ensayo Celia Amorós, editado por Pre-Textos. En ella acusa a cierta literatura española contemporánea de exhibir un ego hipertrofiado y de haber renunciado a la complejidad, a la sugerencia y la honda capacidad de la ficción para crear mundos. Si tal cosa ha ocurrido es, en parte, por el debilitamiento de la figura del crítico literario.

Para Vicente Luis Mora, el crítico no solo ha de ser escuchado, sino que, además, tiene hoy en día un papel especial. Su función sería la de señalar lo excelso entre lo mediocre; la de facilitarle la tarea al consumidor de elegir su próxima obra. Jerarquizar, a fin de cuentas, para que aquel lector que no tiene el tiempo de adentrarse en el territorio ignoto de las novedades editoriales y que ha de lidiar con otras tantas y voluptuosas ofertas culturales y pseudoculturales, no tenga que tragar más bazofia de la recomendable. Si el crítico no jerarquiza y señala qué es lo más valioso, el mercado lo hará por él: el capitalismo asalvajado lo integra casi todo en sus dinámicas. Si la figura de quien ha de crear canon no existe, el mercado elaborará el suyo propio, donde estará más arriba lo más fácil de leer y de entender y, por tanto, lo más fácil de vender.

Hagamos un brevísimo ejercicio comprobatorio. Pensemos en las formas con las que el mercado nos ofrece su recomendación. O sea, a través de las listas de los más vendidos, de los premios otorgados por la propia industria y de las críticas que aparecen publicadas en suplementos pertenecientes a los pocos grupos editoriales que acaparan lo mainstream. Pensemos ahora en qué tipo de libros aparecen recomendados. Al margen de lo malos o menos malos que puedan ser, raramente amenazan el statu quo y si lo hacen, rápidamente son integrados y asimilados. Todo lo incendiario que había en ellos termina impreso en una bolsa de algodón o en una taza para el desayuno. Por ello, y de veras que espero equivocarme, este ensayo ni siquiera venderá su primera edición.

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Un amigo me cuenta que un antiguo compañero de clase ha montado un pequeño negocio a través de Telegram. La idea es muy sencilla: él se encarga de ofrecer resultados fiables de diferentes deportes para que sus seguidores pueden apostar y ganar un dinero. Él a su vez consulta las predicciones de otros recomendadores y se pasa el día viendo partidos y leyendo la prensa deportiva. Es, en cierto modo, un prescriptor y como él hay miles. Y a estos miles les escuchan otros tantos con un fervor casi religioso. La prescripción tiene en este caso un eco y una importancia porque lo que está en juego es sumamente valioso. ¿Por qué no ocurre de manera semejante con la crítica literaria? ¿La literatura ya no es algo valioso para la sociedad o es que el crítico no es capaz ya de recomendar una apuesta ganadora?

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De nuevo: si el crítico no hace su trabajo, el mercado se satura de literatura barata. Y digo barata en el más estricto sentido del término; en el sentido de que es menos trabajosa de producir, de que lleva menos esfuerzo, vamos. Porque no supone lo mismo contar algo que ya ha ocurrido o algo de lo que te acuerdas que elaborar un mundo nuevo en el que los personajes, los espacios y las tramas han sido trazadas con mayor o menor fortuna, pero no copiando torpemente lo real. Porque lo real pesa, o eso dice Mora en el ensayo. Lo real recae sobre el lomo de estas novelas de autoficción, aplastándolas contra el suelo de los hechos. Y, porque, «para contar una historia real, la ficción imaginativa es más eficaz que la no-ficción» (p. 100). O, dicho de otro modo: que la ficción imaginativa puede liberar a una narración del peso de los hechos. Personajes, espacios y tramas inventadas pueden extraer la esencia de lo real mejor que un texto que es mero testimonio traspuesto de la experiencia. Y me parece que hacer literatura consiste exactamente en eso, en quintaesenciar el perfume de lo real a través de una innumerable serie de procesos, de artificios y de extrañamientos. Consiste en —y que se me disculpe la insistencia en la metáfora — destilar lo real en el alambique del lenguaje y de la ficción.

Otro de los problemas que ve Vicente Luis Mora en estas literaturas de moda es el de la exhibición de un ego desmesurado. Quizá sea esta la herida más lacerante del panorama actual porque no es solo una cuestión de gustos, sino que tiene algo de estructural. Digamos que cuando el mercado exige a los autores un ritmo de publicación muy alto, cuando las editoriales imponen sacar obras cada dos años, los escritores han de construir un libro rápido y con los materiales que tienen a mano. O sea, las historias personales, el día a día y las batallitas de la mili. Y como escribía Jiménez Lozano en algún sitio: «No hay nada más insoportable en un escritor que lo que Saint-Cyran llamaba “el mal aliento”, el rastro o baba del yo […]. Porque una palabra escrita dura ¡hasta el fin del mundo! Aunque no la lea nadie, y, si lleva en ella el “mal aliento” del yo, infecta al mundo».

La huida de la imaginación es un ensayo atrevido, contundente y valioso en el que Mora no duda en aplicar su propia máxima —el crítico tiene que mojarse— cuando se refiere a vacas sagradas como Javier Cercas, Elvira Lindo o Karl Ove Knausgård. Aunque, todo hay que decirlo, en alguna que otra ocasión esconde la mano tras la pedrada. Y no me quejo por sed de morbo, sino porque esos pasos atrás hieren la coherencia del libro, sobre todo cuando trata de perfilar los vicios del sector editorial. Es comprensible que trate de no pegarse más tiros en el pie de los necesarios, no obstante, sin nombres y sin cifras, solo nos queda en confiar en que lo que nos dice sobre las tripas de la industria es cierto. Pero como digo, es comprensible, y pedir más es exigir al autor que se suicide culturalmente. Bastante molestos resultan ya los temas que aborda. Que no se enteren en Twitter de lo que piensa de las series como producto cultural.  

Raúl E. Asencio Navarro

Estudié Periodismo en la UCM y, algún tiempo después, un Máster en Literatura Española.

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